La palabra “espada” deriva del término latino spatha y designa “un arma blanca, larga, recta, aguda y cortante”, según la definición de la RAE, con empuñadura y guarnición, que es la pieza que defiende la mano.

La espada es una de las armas más primitivas fabricadas por el hombre. Los ejemplares más antiguos son de la Edad del Bronce y su efectividad dentro del armamento militar se perfeccionó durante la del Hierro.

La llegada de los celtas a la península ibérica introdujo el uso de la espada de antenas, que se desarrolló en época ibérica hasta llegar a la falcata, el arma más utilizada antes de la conquista romana de Hispania.

La espada en la Edad Media hispana

Durante la Edad Media su fabricación se perfeccionó, llegando a convertirse en un arma común no sólo para la guerra y el combate, sino también como objeto ceremonial. Su desarrollo en los años siguientes permitió el nacimiento de una importante industria que tuvo en la ciudad castellana de Toledo su reflejo más importante.

La espada dejó entonces de ser sólo un arma blanca para convertirse en una verdadera obra de arte. Se decoraba con inscripciones las hojas o se incrustaban piedras preciosas en la empuñadura.

En una época en la que primaba la lucha cuerpo a cuerpo, el caballero medieval no podía prescindir de ella. La llevaba la lado izquierdo y colgando de la cintura. Era un bien de lujo sólo al alcance de unos pocos, pero junto a su caballo, se convirtió en indispensable en la batalla, pues de ambos dependía muchas veces conservar la vida. En ocasiones, como ocurría con el caballo, la espada recibía un nombre propio que personalizaba el objeto.

La Colada, la espada de El Cid

La tradición y la leyenda han convertido a D. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, en prototipo del caballero medieval hispano.

Los versos épicos de su cantar de gesta, “El Cantar del Mío Cid”, son un tesoro de la literatura castellana medieval que ha llegado hasta nosotros casi completo. Según este escrito anónimo, a él pertenecían las famosas espadas Colada y Tizona, así como su caballo Babieca, que según la leyenda está enterrado en el monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos.

Cundo el héroe castellano venció en combate al conde de Barcelona Berenguer Ramón II en el pinar de Tévar, entre las actuales provincias de Teruel y Castellón, ganó la Colada que más vale de mill marcos”, según el Cantar, y cuyo nombre se debe a estar fabricada con un acero colado, es decir, sin impurezas.

Era uno de sus bienes más querido que regaló más tarde a sus yernos, los Infantes de Carrión. Tras las disputas con éstos por la conocida como “afrenta de Corpes”, el Cid exige la devolución de la espada que posteriormente regala a su caballero, Martín Antolinez, "mi vasallo de pro…., por esso vos la dó, que la bien curiedes vós", le dice el mismo Rodrigo Díaz de Vivar.

La Tizona, la espada favorita de El Cid

La otra espada atribuida al Cid Campeador es la Tizona. Su nombre deriva del término latino titio (brasa, o leño ardiente) y es un arma muy especial, con una hoja de acero templado. Según el Cantar, el caballero castellano se la arrebató a un general almorávide, Abu-Beker, que atacó Valencia.

Como la Colada, la espada Tizona fue regalada a los Infantes de Carrión, que debieron devolverla tras las disputas con el héroe castellano. Éste se la dio después a su sobrino, Pedro Bermúdez.

Ya en vida del Cid, se le atribuyeron a esta espada poderes especiales, que la leyenda del caballero castellano no hizo más que aumentar. A su muerte, el rey Alfonso VI la integrará en el tesoro real, en cuyo inventario se encuentra durante el reinado de los Reyes Católicos.

Con ellos comenzó la espada una nueva vida, más como arma ceremonial que de combate. Durante la entronización, la Tizona estuvo presente en el juramento de los monarcas hasta la llegada el trono español de los Borbones. Tras su desaparición durante la Guerra Civil y su hallazgo en el castillo de Figueras, esta emblemática espada pasó a formar parte del Museo del Ejército en 1944.

Ha sido objeto de numerosos y controvertidos análisis, ya que para algunos es una falsa reliquia y no perteneció a D. Rodrigo de Vivar, siendo una espada del siglo XV con añadidos en la empuñadura del XIX. El Ministerio de Cultura rechazó su autenticidad y hoy se encuentra expuesta en el Museo de Burgos a la espera de su traslado a la catedral de esta misma ciudad junto a los restos del héroe castellano y su esposa, Jimena.

La espada “Lobera” de Fernando III el Santo

Una de las espadas atribuida a Fernando, apodado el Santo, es la Lobera, que actualmente se encuentra expuesta en la Capilla Real de la catedral de Sevilla.

Se trata de una espada de las llamadas de “arriaz recto” -término derivado del árabe “ar-riyas”, el puño de la espada- realizado en plata dorada y decorado con atauriques y lacerías.

Según la leyenda perteneció al primer conde de Castilla, Fernán González (910-970), de cuya tumba en el monasterio de San Pedro de Cardeña (Burgos) la retiró el rey santo.

Al igual que a las espadas anteriores, se le atribuyen poderes especiales, casi sagrados. Su leyenda nació a raíz de las victorias de Fernando III sobre los musulmanes del Sur de la Península.

Su nombre aparece por primera vez en “El libro de Armas”, escrita por el noble y escritor del siglo XIV, D. Juan Manuel. Según esta obra, Fernando III la regaló a su hijo, D. Manuel: “non vos puedo dar heredad ninguna, mas dovos la mi espada Lobera, que es cosa de muy grand virtud et con que me fizo Dios a mi mucho bien e dovos estas armas que son señales de alas e de leones” (BAE, T. LI, p. 263). No le dejaba tierras ni riqueza, pero si el emblema del poder, la espada. Con ella el infante D. Manuel se convertía en el heredero espiritual del rey santo y a quien correspondía seguir su labor reconquistadora.

Los análisis revelan que la Lobera es una espada del siglo XIII con adiciones posteriores de los siglos XV al XVIII. Parece ser que nunca se utilizó en una batalla, siendo más un arma ceremonial, que otorgaba honor a su portador.

Fernando III aparece representado, en varias ocasiones, con ella en la mano derecha en lugar del cetro, símbolo del poder real y habitual en otros retratos de monarcas. En la mano izquierda lleva el globo celeste con una cruz, alegoría del universo cristiano.

Existen otras espadas emblemáticas, como la atribuida también a Fernando III el Santo, custodiada por Patrimonio Nacional en la Armería de Palacio Real de Madrid; la de Sancho IV el Bravo, en la Catedral de Toledo o la de D. Fernando de la Cerda, también del siglo XIII, que conserva aún la vaina que la protege y que podemos contemplar en el Museo de Telas Medievales del Monasterio de Santa María La Real de las Huelgas en Burgos.