El proyecto era ambicioso y había fracasado en otras pequeñas localidades del imperio de Stalin: recoger hijos de revolucionarios comunistas dispersos por el mundo, salvarlos de la persecución fascista y de las opresiones “de clase”, haciéndolos crecer y estudiar en un centro de excelencia para construir la “futura humanidad”.

Los niños llegaban a la escuela generalmente con nombres falsos. Provenían de una Polonia invadida por Hitler, de una Francia ocupada, de la Italia fascista y de una España golpeada por la guerra civil. La escuela-internado de Ivánovo se convirtió en el segundo hogar para niños de 65 países del mundo.

Cómo era la Interdom

El edificio era moderno, de dos pisos, uno para varones y otro para mujeres. Cada habitación tenía lugar para ocho niños y como la nacionalidad no podía ser un vínculo para un integrante del mundo socialista, los grupos se formaban por edad.

Mucha retórica y disciplina, pocos castigos y nunca corporales. Un motivo de sanción era “el residuo del capitalismo”, por ejemplo no compartir un chocolate, o los paquetes que enviaban algunos padres.

Los mismos niños limpiaban, acomodaban las mesas del comedor y servían la comida; siempre tareas con turnos rotativos.

Qué se aprendía en el hogar de niños de Ivánovo

El ruso era enseñado a todos y en forma intensiva, sin pasar por la lengua de origen. Por la mañana se asistía a la escuela pública de la ciudad con los niños soviéticos; se estudiaba matemáticas, geografía e historia.

En la Interdom había talleres de varios tipos: desde fotografía hasta carpintería. Se podía aprender tanto a construir un molino, como un aparato de radio; siempre bajo la mirada de Stalin que vigilaba desde las innumerables fotos de las paredes. La escuela contaba con un campo deportivo y se podía aprender a cantar o recitar. Había clases de costura, ámbito reservado a las niñas, que con la “igualdad revolucionaria” debían ser frecuentadas también por los niños. La biblioteca era una de las joyas del hogar, aunque a los libros de historia generalmente les faltaban páginas, solo los manuales del partido bolchevique estaban completos. Los más leídos eran los libros de Marx, la Constitución rusa y el Conde de Montecristo.

La escuela de Ivánovo aún existe y recuerda a sus exalumnos

Durante la Gran Guerra Patria (nombre dado por los rusos a la guerra contra la Alemania de Hitler), más de 50 exalumnos de la Escuela internacional de Ivánovo lucharon en el Ejército Rojo, 17 de ellos murieron defendiendo a la Unión Soviética como su segunda patria.

Con motivo del 70 aniversario de la Casa internacional del niño, en el 2003, alumnos, maestros y exalumnos plantaron serbales (Sorbus aria) jóvenes frente al edificio. Todos los años, una fotografía de los alumnos caídos en la guerra es colocada en cada uno de los árboles. Frente a estos jóvenes árboles, separados por un sendero, se encuentran los serbales plantados en 1934, cuando la escuela recién había sido inaugurada.

La escuela de Ivánovo existe en la actualidad, la propiedad pasó a la Cruz Roja y los estudiantes son casi todos rusos.

Una vez por año se realiza una reunión de exalumnos y maestros, autodenominados “interdomovtsy”, mujeres y hombres que habitan en distintos países y que conservan un profundo sentimiento de amistad internacional y agradecimiento a la Unión Soviética.