La ilusión de los pequeños por escuchar cuentos ya es un indicio para creer que, antes o después, todos terminarán escribiendo algo. Es un proceso lento pero ininterrumpido; se comienza por el aprendizaje de la lectura con el apoyo de los dibujos y poco a poco la desbordante imaginación infantil ya se encargará de ir perfilando la escritura de palabras y frases, hasta llegar al deseado "diario", ese álbum de tanto misterio como privacidad, coto exclusivo de su pequeño autor, sin duda el primer fruto de sus infantiles conocimientos. Ya nació su primer libro, la temprana redacción de sus pensamientos y la manifestación orgullosa de su creatividad.

Nadie nace sabiendo escribir

Por supuesto no nos referimos al aprendizaje de las primeras letras, sino al hecho posterior, pocos años después, de coger un lápiz y un papel y empezar a redactar un escrito que puede ser sobre una película vista, anécdota vivida o libro leido, sin tener miedo a cometer errores gramaticales o faltas de ortografía, que ya se irán corrigiendo con el tiempo como fruto del tesón y afán de superación. Lo importante es el comienzo ayudándose siempre del diccionario que, en acertado consejo del escritor Antonio Gala, se debe tener siempre a mano tanto para leer como para escribir.

De esta forma, los temas escolares resultarán más fáciles y la práctica de su manejo hará memorizar el orden de las letras de nuestro abecedario con la misma eficacia que aprendimos la tabla de multiplicar. Perder el miedo, también en esta ocasión, resultará provechoso y sobre todo muy entretenido.

Premios como aliciente para escribir

En cualquier hogar siempre habrá alguien que anime a los pequeños a que redacten un cuento, escriban una carta o inventen una fantasía. Existe una hermosa libertad sobre temas, escritos, extensión, cosas reales o ficticias y, como sólo hay que empezar, es muy bueno crear el incentivo de un premio que puede ser sencillo, de poco precio, pero de suficiente valor estimulante y competitivo para animar al que comienza. Como el de aquel joven que, estando en Madrid, consiguió que su hermano pequeño desde un lejano pueblo malacitano le enviara por carta algún que otro ejercicio de redacción, muy breve, pero merecedor de las cinco pesetas que, a vuelta de correo, le mandaba con una nota dentro del mismo sobre alabando el escrito y animándole a que continuara haciéndolo. ¡Qué bonito ejemplo y qué enriquecedoras experiencias para ambos hermanos!.

Todo lo bueno empieza en el colegio

En España existen instituciones que anteponen a su nombre el precioso apelativo de "benemérita" por sus reconocidos y respetados méritos. Hay, no obstante, quien al día de hoy aún no está en tan señalado grupo y no será por falta de motivos. Se trata de la institución docente, del conjunto de todos los maestros nacionales y profesores de enseñanza, con su labor diaria y admirable en todos los rincones españoles. Nos enseñaron a leer y a escribir, a redactar, a entusiasmarnos con sus consejos y conocimientos y a comprender que lo mejor está en nosostros mismos, lejos de aquellas humildes escuelas rurales, donde niños de distintas edades compartían juntos las enseñanzas impartidas por un único profesor y en una sola y rudimentaria clase, como tan admirablemente describe Ivan Doig en su libro "Una temporada para silbar", invitándonos en él a respetarlos y quererlos siempre, a lo largo de nuestra vida por su buen hacer e infatigable trabajo que, en algunas ocasiones, es injustamente olvidado.

Lo escrito, escrito queda para siempre

Al escribir dejamos un recuerdo que perdurará en el tiempo al margen de la divulgación e importancia que tenga el escrito pues alguien encontrará, en un momento dado, un estímulo para su trabajo, una posible ayuda a sus inquietudes o sinsabores, una alegría al poder recordar cosas pasadas, una sorpresa al comprobar la evolución de nuestra vida, una admiración compartida en cualquier lugar y, en especial, una completa justificación al desvelo y gastos de los padres, esas personas que, tal vez, ya ausentes para siempre, supieron infundirnos desde sus lejanos cuentos la bonita magia de la escritura y su entrañable deseo de que recordemos, en todo momento, que la inspiración acude ante la insistencia de su búsqueda, sin la menor duda. Así nos lo enseñaron y, para honrar su memoria, así debemos proclamarlo, de generación en generación, continuamente ¡Sólo un lápiz y un papel!.