Pensamos en la esclavitud como en algo del pasado, nuestras imágenes suelen estar ambientadas en el siglo XIX con braceros negros cargados de cadenas, pero hoy día las personas mas vulnerables son abocadas a la esclavitud del endeudamiento con la engañosa expectativa de una vida mejor.

Las imágenes del esclavismo contemporáneo, están ahí: trabajos forzados en el África occidental, niños pakistaníes de cinco y seis años que trabajan de jockeys de camellos de carreras en el Golfo Pérsic o, niñas prostitutas de Tailandia.

La compraventa de personas es un negocio rentable porque, quienes no pueden emigrar legalmente o pagar por adelantado para cruzar clandestinamente la frontera acaban en manos de mafias.

Esclavas sexuales

Cada día son mayores las posibilidades de que los inmigrantes ilegales acaben endeudándose con los traficantes que los han trasladado del país, y no tienen mas remedio que satisfacer la deuda contraída trabajando como esclavos.

Hay que distinguir entre pequeña banda de traficantes y una red a gran escala, que dispone de Internet y cuentas bancarias. En Grecia cualquier propietario de un local de alterne puede enviar a alguien al sur de Bulgaria para comprar mujeres en metálico.

El coste de una chica es de, aproximadamente, 1.200 euros; si se negocia bien, pueden conseguirse dos por esa cantidad. Los contratantes ni siquiera tienen que conocerse.

En la última década del siglo XX, las mafias introdujeron a 35.000 personas al año en Europa occidental a través de la provincia de Trieste, pasándolas por las montañas y bosques que bordean la frontera con Eslovenia. Pero este es solo uno de los múltiples corredores que existen.

Los propietarios de los burdeles israelíes, pueden comprar a una chica de Moldavia o de Ucrania por unos 4.000 euros. Con solo diez prostitutas, ganan en torno a un millón de euros anuales.

Los traficantes encuentran a sus víctimas en las ciudades pobres de Europa del Este y las engatusan con promesas de buenos trabajos. Cuando llegan a su destino -Israel, Alemania, Suiza, Japón o Estados Unidos- son entregadas a unos dueños sin escrúpulos que generalmente las maltratan, violan y aterrorizan hasta doblegar su voluntad.

Aunque la compraventa de mujeres sea una de la esclavitud más conocida, existen otras no menos impactantes.

Niños esclavos

Un ejemplo son los niños del norte de la India que trabajan en un cuarto oscuro y mal ventilado durante 10 horas diarias, todos los días de la semana, encorvados sobre unos quemadores de gas para hacer unas pulseras que se venderán a 40 céntimos de euro la docena. Estos pequeños de entre nueve y catorce años han sido vendidos por sus padres al dueño del taller a cambio de 35 euros.

Encontramos también a madres e hijas en el sudeste de la India acarreando ladrillos, mientras los hombres atizan el fuego en hornos que reclutan a sus trabajadores entre las familias humildes, a las que prestan dinero para asistencia médica o para la celebración de un funeral. Los intereses desorbitados de los prestamos perpetuan la deuda, que pasa de padres a hijos. Casi dos terceras partes de los obreros cautivos del planeta son esclavos por endeudamiento en la India, Pakistán, Bangladesh y Nepal.

En cualquier caso, en todo el mundo este tipo de cautivos se encuentran indefensos, son amenazados; viven con el temor a la deportación; carecen de cualquier respaldo porque su aislamiento les impide comunicarse con el mundo exterior. Y persiste el hecho terrible de que ese mundo puede ser un lugar fructífero donde hacer este tipo de negocios.