Cuando nacen, los niños y las niñas son aparentemente iguales y para distinguirlos es preciso mirar debajo de los pañales. A las niñas las suelen vestir de rosa y a los niños de azul. Pero ese es también el comienzo de una serie de roles sexuales arbitrarios que se les van a imponer a lo largo de su vida.

Y no sólo los padres aplicarán el arquetipo masculino/femenino a sus hijos, sino que igualmente lo harán los demás amigos y parientes, por ejemplo, cuando acuden a la clínica a conocer al bebé. Si es niño, dirán: ¡qué chicazo!, ¡qué niño más fuerte! Si es niña, exclamarán: ¡qué preciosa!, ¡es una monada!

La sociedad refuerza las diferencias entre sexos

A partir de aquí, los niños bajan por un tobogán y las niñas lo hacen por otro diferente. Cuando son un poco mayorcitos, si se caen y lloran, a los niños se les dice que los hombres no lloran; en cambio, a las niñas se les mima, se les consuela, se les acaricia más. Si las niñas adoptan algún comportamiento típico de niños, se les tildará de chicazos.

Si los niños se muestran delicados en sus modales, serán unas nenazas. Por tanto, desde la más tierna infancia, los niños varones se verán obligados a inhibir su sensibilidad y sus emociones, en tanto que las niñas tenderán a desarrollarlas, porque con nuestra actitud estamos reforzando las diferencias previamente existentes entre ambos sexos y alimentando el sexismo.

En los Kibutz se realizaron experimentos sobre el sexismo

No obstante, para empezar, es preciso aceptar la existencia de diferencias pre-culturales, de carácter adaptativo, entre los dos sexos, como se comprobó a través de varios experimentos en los kibutz israelitas, comunidades en las que los niños se educaban colectivamente, sin padres definidos, ni patrones de género. Tratando de evitar el sexismo en la educación, a los niños los pusieron a jugar con muñecas y a las niñas las incitaron a participar en juegos físicos.

Pero el experimento fracasó, porque los niños, en contra de las indicaciones de sus maestros, se separaban de las niñas para jugar a la guerra y competir con su destreza física y su fuerza bruta y las niñas elegían actividades más comunicativas y adoptaban el papel de madres en los juegos.

Al mismo tiempo, otros investigadores también presentaron pruebas de que en dichos kibutz los niños y las niñas no mostraban, en cambio, diferencias intelectuales relevantes, por ejemplo, al evaluar sus aptitudes lectoras, las cuales, sin embargo, tradicionalmente, están más desarrolladas en las niñas por el tipo de educación sexista que reciben.

Las respuestas hereditarias adaptativas no son patrimonio exclusivo de los humanos

Las respuestas sociales adaptativas heredadas, no propiamente intelectuales, son, pues, las que presentan más diferencias entre los dos sexos, siguiendo, además, los mismos patrones de comportamiento que exhiben otras especies animales. Así, los primates o los leones machos son los que compiten por el liderazgo, lo que les facilita la preservación de su código genético, mientras que las hembras son más empáticas y comprensivas y más hábiles en labores cooperativas.

Para Daniel Goleman, padre de la psicología emocional, "las niñas suelen organizar sus juegos en grupos reducidos y cohesionados, minimizando las discrepancias y maximizando la coalición. Los niños varones, por su parte, tienden a organizarse en grupos más numerosos y a valorar los aspectos más competitivos".

La dicotomía sexista es limitadora

La realidad es que seguimos promocionando el sexismo y acentuando aún más las diferencias pre-culturales ya existentes y los estereotipos impuestos. Solo si nos diéramos cuenta de los errores que nos hacen caer continuamente en este sexismo exagerado, podríamos hacer algo para mejorar la sociedad en la que vivimos.

Y, para ello, habría que comprender que, pese a los diferentes comportamientos sociales heredados por mujeres y hombres, unos y otros podemos y debemos abrirnos a experimentar actividades, y a potenciar capacidades, que han venido siendo artificialmente reservadas a uno o al otro sexo. En primer lugar, se necesita educar a la persona como ser humano en sentido holístico y, después, instruirla en función de lo que dicha persona quiera ser.

La sociedad actual necesita hacer cambios en la educación

Porque hemos de reconocer que muchas de las capacidades adaptativas diferenciales heredadas por ambos sexos ya no son válidas para las necesidades de una sociedad moderna y global como la nuestra, que requiere visualizar al individuo como un ser total y completo e inculcarle la conciencia de la igualdad de derechos, abandonando la estéril dicotomía masculino/femenino de las actuales prácticas educativas.

Pero para tener éxito en este nuevo concepto de educación, hay que admitir, antes de nada, la existencia del fenómeno adaptativo universal, no específicamente humano, con objeto de poder llegar a superarlo. Y, aunque esta nueva educación exige grandes esfuerzos, por la resistencia que habitualmente mostramos ante los cambios, la mayoría de los especialistas están convencidos de que es posible re-programar a ambos sexos para que lleven a cabo con éxito cualquier actividad que se propongan, con el único límite de sus propias capacidades físicas.