Como constante que nos acompañará a cualquier edad y etapas de nuestro desarrollo, el recuerdo, aparte del sentido práctico que representa, es a veces a juicio de Víctor Hugo, "vecino del remordimiento", naturalmente si unido a él hubo dichos o acciones poco gratas. El respeto permanente a los demás descartará esta faceta para abrigar la acepción más amable de la palabra.

Travesuras infantiles, andanzas de jóvenes o reuniones de personas de edades diversas darán sobrados motivos para traer a nuestra memoria tiernos y perdurables recuerdos, esos que dejan sentimientos profundos a los que el paso del tiempo no hace mella y afloran, casi sin pensar, en épocas determinadas y repetidas de nuestra existencia.

El recuerdo, acertada función del cerebro

En el libro instructivo y a la vez ameno de título "El cerebro y la mente", su autor Gordon Rattray Taylor hace incisos a base de recuerdos personales de fácil comprensión y, desde luego, aleccionadores teniendo en cuenta la complejidad y perfección del funcionamiento cerebral, no del todo conocido. Por eso, se muestra prudente al escribir que " podemos tener casi la certeza de que los recuerdos no se registran con la sencillez de una cinta magnetofónica, sino que lo hacen como si fuera un vasto cañamazo o patrón en el que anidan patrones más pequeños cada vez, es decir, bajo una estructura jerárquica". Esa funcionalidad comprometida entre recuerdos remotos y recientes, en todo momento a nuestra disposición, convierte al cerebro en uno de nuestros mejores aliados.

Los recuerdos de la infancia son perdurables

La vivencias infantiles siempre nos acompañarán como aliento en nuestro vivir, formando un sólido escudo en muchos momentos con independencia de la situación social o económica de la lejanía.

Se trataba de nuestra niñez en compañía de los padres y hermanos y, por ello, dejó una huella profunda en nuestros sentimientos que tan repetidamente aflora con agrado al paso de los años. Rememorar, una y otra vez, aquellas inolvidables escenas es una bendición del cielo, un constante agradecimiento a nuestras facultades vitales y, sobre todo, el mejor tributo como homenaje a los seres queridos que las compartieron con nosotros y que, ya fallecidos, debemos comentarlas con nuestros hijos para que la tradición familiar se perpetúe en aras de la mejor convivencia y el más profundo respeto a los demás, porque la armonía siempre será la mejor forma de vivir, el tesoro de más valor que poseemos los humanos.

La memoria como baúl de los recuerdos

De forma similar se expresa Pablo Neruda en "Confieso que he vivido", contándonos cómo le apasionó el descubrimiento de centenares de tarjetas postales, maravillosas, que estaban precisamente en un viejo baúl de su casa o el tierno recuerdo de un nido de pájaros que, en una ocasión, le mostraron dos muchachos o el otro de la oveja de lana desteñida, sin olvidar la piña de pino entreabierta, olorosa y balsámica que él adoraba. Fui creciendo, añade, y "me comenzaron a interesar los libros y en las hazañas de Buffalo Bill, en los viajes de Salgari, se fue extendiendo mi espíritu por las regiones del sueño".

Tanta fuerza creativa imborrable como la de aquella familia malagueña, recordando siempre, en el campo, a sus queridas cabras "Orista" y "Golondrina", madre e hija, o a sus inseparables perritas "Katia" y "Linda" con igual parentesco que, en plena libertad, intentaban acosar con sus ladridos la imperturbable serenidad , por sus muchos años, de la vieja burra que atendía por "Pastora". Todo un bagaje de entrañables recuerdos que quedaron muy bien almacenados para toda la vida.

Al final ... también recuerdos

Todo acaba y, en ocasiones, la ilusión se desvanece ... ¿Por qué volvéis a la memoria mía, tristes recuerdos del placer perdido? Sentido lamento de José de Espronceda que nos hace recordar que sólo cuando hemos envejecido en compañía de otro, conocemos la fuerza del amor, ya que es cierto el pensamiento cervantino sobre la confianza que debemos tener en el tiempo que, aunque suele dar amargas dificultades, también nos obsequia frecuentemente con dulces salidas.

Así lo expresa, con nostalgia, Carmen ante su difunto marido en el estupendo monólogo que , con tanta destreza, nos relata Miguel Delibes en su conocida obra "Cinco horas con Mario". La viuda vela el cadáver de su esposo y, en su soledad, le viene una oleada de recuerdos, desgranados de una forma desordenada pero, en definitiva, no dejan de ser el fruto de una vida compartida que siempre es bonito y agradable conservar.