Cuando una persona piensa en los vampiros, irremediablemente piensa que se trata de criaturas surgidas de las más aterradoras leyendas de la Europa del Este, sin embargo, en España, se han dado casos de personajes que fueron tomados por verdaderos chupadores de sangre.

Desapariciones de niños en la Ciudad Condal

En el año 1912, la ciudad de Barcelona aún no se había recuperado totalmente de los hechos que tres años atrás, habían desembocado en la Semana Trágica.

No obstante, los barceloneses andaban preocupados por la desaparición de una niña llamada Teresa Guitart que el 10 de febrero desapareció sin dejar ni rastro.

Aquel día, la madre de la pequeña se entretuvo charlando con una vecina dejando a la niña sola por un momento. Cuando terminó su charla, observó que Teresa no estaba, creyendo que había subido al piso. Cuando se dieron cuenta de que la niña no estaba en la casa, empezó así una frenética carrera para buscarla.

Durante los quince primeros años del siglo XX, las desapariciones de niños por toda España se había convertido en un hecho trágicamente real, por lo que Barcelona entera se volcó en intentar encontrar a la niña a la cual sólo la casualidad permitió que se encontrase.

Una mujer de nombre Claudina Elías, se dio cuenta de que de una ventana de la casa de su vecina, situada en el número 29 de la calle Ponent, se asomaba una niña con expresión aterrada.

Claudina sabía que su vecina vivía con otros niños, pero, al no conocer aquella niña que le miraba, comenzó a sospechar.

Puso el caso en conocimiento de las autoridades y, el 27 de febrero, con la excusa de una inspección sanitaria, la policía municipal irrumpió en aquella casa.

Final feliz para Teresita

Uno de los agentes penetró en la vivienda y se dio de bruces con dos niñas pequeñas. Le preguntó a una de ellas por su nombre a lo que la niña contestó que se llamaba Felicidad. El agente le preguntó si en realidad no se llamaba Teresa, “aquí me llaman Felicidad”, contestó la pequeña.

Se detuvo a esa mujer y la llevaron a la comisaría para interrogarla, se llamaba Enriqueta Martí.

Una vez realizadas todas las diligencias policiales y de recibir varios testimonios así como someter a interrogatorio a la detenida, se tomó declaración a las niñas encontradas en la casa. Fue entonces cuando se puso sobre aviso a las autoridades del horror que les esperaba.

Una auténtica casa del horror

La niña Felicidad resultó ser, en efecto, Teresa Guitart, pero fue la historia contada por la otra niña, Angelita, la que destapó todo el escándalo que se acumulaba en aquella casa.

En su declaración, contó que había conocido a otro niño con el cual llegó a convivir y que vio como la señora que la cuidaba, Enriqueta, lo asesinaba con un cuchillo.

Se ordenó registrar la casa y en la cocina se encontró un saco con un cuchillo, tal como contaba la niña. Sin embargo, en otras dependencias, se hallaron, también depositados en sacos, restos de huesos de pequeño tamaño que presentaban signos de haber sido quemados.

A medida que el registro avanzaba los agentes de la autoridad iban encontrándose con nuevos y macabros hallazgos. Cabelleras de niñas, tarros repletos de restos de lo que habían sido niños y varios libros y textos con recetas y pócimas de brujería se iban descubriendo a cada paso.

A partir de ese momento, comenzó a circular por toda Barcelona los escabrosos descubrimientos que confirmaban la creencia de la gente sobre la existencia de una vampira.

Biografía de una serial killer española

Enriqueta Martí Ripollés, nació en el año 1868. Se sabe que empezó a trabajar a la edad de quince años como sirvienta para varias familias hasta que a los veinte, decidió que ese trabajo no tenía futuro y se dedicó a la prostitución en varios burdeles de Barcelona.

Contrajo matrimonio con un pintor de poca monta llamado Juan Pujaló, pero no por ello dejó de acostarse con otros hombres.

La vida en los primeros años del siglo XX no era fácil para las clases trabajadoras así que, después de fracasar en su intento por llevar una vida honrada junto a su marido, Enriqueta decidió volver al mundo de la prostitución aunque, esta vez, como proxeneta.

Durante sus años como meretriz, Enriqueta había entablado ciertos contactos con círculos pertenecientes a la alta burguesía catalana. Sabía que esta gente gustaba de practicar aberraciones sexuales como la pederastia, así que se dedicó a proporcionar a sus clientes la materia prima para saciar sus viles deseos: los niños.

De este modo, monta un prostíbulo en la calle Ponent donde empiezan a desfilar sus adinerados amigos en busca de diversión. En un momento dado, empieza a ofrecer ungüentos curativos para enfermedades como la tuberculosis a cambio de grandes sumas de dinero, los cuales son aprendidos de las páginas de tratados sobre brujería que más tarde se encontrarían en la casa.

Y es así cuando, por las noches, esta vampira recorría las calles de Barcelona en busca de niños descuidados para raptarlos, bien para ofrecerlos a depravados sexuales o bien para intentar curar a enfermos adinerados.

Ajusticiada por sus compañeras

Después del juicio, Enriqueta Martín fue encarcelada, sin embargo, no llegó a cumplir la pena que se le había impuesto.

Durante una refriega, la vampira de Barcelona fue asesinada por las otras reclusas dejando un último misterio en torno a su muerte.

Y es que, dado el nivel y la posición de muchos de sus clientes, se piensa que alguien encargó la muerte de Enriqueta para evitar que ésta hablase.