Como ha sucedido multitud de veces, gracias a la casualidad el papiro mágico de París fue encontrado en unas excavaciones cercanas a Tebas. Surgieron varios papiros de una vasija que se le rompió a un arqueólogo. Y entre aquellos, estaba el de un gnóstico egipcio llamado Pibequis.

Uno de los papiros, era una lámina de plomo con una inscripción en griego. Fue datado como perteneciente a los siglos III –IV a.C. y muy cerca del lugar en que fue encontrado, había también un vaso y una estatuilla de encantamiento femenina, traspasada por agujas.

Estos tres elementos simbólicos componen lo que los egiptólogos denominan el conjunto mágico del museo del Louvre. El misterio está servido. El texto contiene un maravilloso hechizo de amor y ligazón, que puede ser considerado de tradición y rito oral, mientras que la figurilla corresponde al rito manual.

Es posible imaginar que el mago manipulaba la estatuilla clavándole alfileres, mientras recitaba o salmodiaba el texto mágico. Los alfileres están clavados en varios lugares estratégicos de la figurilla representando una mujer. El sexo, el pecho, la boca y las orejas están perforados.

El papiro mágico de París

El papiro mágico de París no está en el museo del Louvre sino en la Biblioteca Nacional. Para poder ejecutar este rito, había que modelar dos figuras de cera o arcilla. Una masculina y otra femenina. Una de ellas venía a representar al dios Ares, blandiendo una espada en ademán de clavarla en el cuello de la mujer que estaría de rodillas con los brazos en la espalda.

El mago a continuación, debía escribir palabras mágicas en determinadas partes del cuerpo y traspasarla con trece agujas, al son de fórmulas mágicas.

Después debía tomar la lámina de plomo, inscribir en ella las palabras de poder adecuadas y colgarla del cuello de la figura. Todo el conjunto debía dejarse al sol, rodeado de flores, junto a la tumba de una persona muerta prematuramente o de forma violenta.

El exorcismo de Pibequis

Se cree que uno de los textos del papiro mágico de París, pudo estar depositado en una biblioteca de un gnóstico egipcio. En este intrigante texto, el mago realiza un conjuro en el que invoca a variadas y diversas divinidades de distintas culturas.

No se sabe en concreto qué religión profesaba el mago, pero queda evidente que deseaba potenciar sus fuerzas para activar su poder mágico de la manera más intensa posible.

Las concubinas del difunto

En la Dinastía XII, la existencia de las concubinas es mencionada en numerosos textos, sin embargo la esposa legal tenía ciertas prerrogativas que casi siempre eran salvaguardadas.

Se acostumbraba a pintar en primer plano a la señora y en un lugar más apartado a las concubinas.

De esta manera en las tumbas de gente con estrato social alto se solía dejar en el ajuar del difunto, una pequeña estatua de terracota pintada que tenía forma de una mujer desnuda con aparatoso peinado.

Al parecer en épocas anteriores a esta dinastía y en sepulturas menos ricas, se tenía la costumbre de colocar una estatuilla representando una mujer desnuda que podía tener las piernas cortadas ritualmente.

Con estas concubinas del difunto, se garantizaba al extinto, la plenitud de la potencia sexual del fallecido, y se escribían en las paredes de la tumba determinados textos mágicos.

Cartas a los muertos

Los egipcios consideraban que la vida y la muerte no estaban separadas por una muralla infranqueable. Para ellos, el espíritu de los muertos viajaba.

Y no eran inaccesibles a los vivos, por lo que podían ejercer beneficios y también atraer la desgracia. Había una costumbre ancestral de comunicarse con los seres del Más Allá, escribiéndoles cartas y depositándolas en su tumba.

La cosa que servía la mayoría de las veces de soporte a las cartas a los muertos, era un simple tazón de arcilla. Si la inscripción era muy larga, se empleaba tela o papiro que se introducía dentro del mismo. Si las peticiones eran cortas se escribían en el mismo tazón.

Se consideraba que los difuntos ante una carta de redacción bien argumentada, intervenían en el destino de los vivos de forma positiva o negativa.

Había determinadas reglas a cumplir. Quien desafiara a un muerto corría el riesgo de ser castigado por el tribunal divino. Quien entrara en una tumba y no estuviera en estado de pureza, se vería afligido por diversos males. También había una amenaza sobre el que se atreviera a profanar una sepultura, y era que se encontraría con el cuello partido como el de un pájaro.