
- Cruz marrón - Luigi Diamanti
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua define de la siguiente manera beatería; "comportamiento religioso exagerado o falso".
Si nos remontamos a los siglos XVII y XVIII incluso bien entrado el XIX, comprobaremos que esta forma de entrega a Dios, (emparedamiento), era exclusivo de mujeres. Con frecuencia, viudas de cierta independencia económica o chicas jóvenes, (a veces, de muy corta edad) que ante la necesidad de protección y sustento decidían recluirse al amparo de la Iglesia, en dependencias anexas a los templos, oratorios y parroquias, construídas para ello.
Orígenes del emparedamiento
El fenómeno del emparedamiento o la reclusión voluntaria tiene estrecha relación con el ascetismo contemplativo y eremitismo. En el Cristianismo antiguo durante el proceso de formación del monacato en la Tebaida del siglo III a. C.
En Siria muchos lo practicaron aunque no de una manera tan sofisticada, como las pequeñas habitaciones anexas a los templos e iglesias que referiremos a lo largo del artículo; sino cavando un hueco en la roca o bajo tierra, procurando un mejor contacto con la divinidad a través del aislamiento de otros seres humanos. Famosos son los ejemplos de María Magdalena o Santa María Egipcíaca.
Emparedamiento o Cenobitismo
Aunque el nombre sea sinónimo al del castigo conocido como emparedamiento, el asunto que nos trae es más místico y de entrega a Dios, que de tortura y muerte lenta.
Las mujeres que decidían emparedarse lo hacían en pequeñas habitaciones anexas a los templos, oratorios y parroquias de las ciudades y pueblos; estas pequeñas celdas estaban compuesta por una reja que daba a la calle, a través de la que atendían los encargos que la gente le hacía a cambio de limosna. Estos encargos eran normalmente de oración para que el paso de sus almas y las de sus difuntos por el purgatorio, fuese más rápido, además de trabajos de hilado y pequeñas artesanías.
Por lo general vivían de la limosna y la caridad de la gente. Además practicaban rigurosos ayunos penitenciales.
El segundo hueco era más pequeño, en ocasiones cubierto por celosías o rejillas al modo de los confesionarios y estaban conectados directamente con la iglesia, desde ahí asistían a los oficios diarios, rendían culto a la divinidad y recibían el sacramento de la Eucaristía (comunión).
Abandono del emparedamiento
Normalmente, la reclusión se abandonaba tras la muerte o de manera voluntaria. Este segundo caso era más frecuente de lo que pueda pensarse, ya que, en los siglos XVII y XVIII había una gran cantidad de templos por toda la geografía española, y no era extraño que muchos por ser menos importante o por la pobreza de los feligreses acabasen derrumbándose; en ese caso las beatas abandonaban su reclusión.
Hay documentados casos de emparedamiento en otras ciudades de Europa como los de Francia, Inglaterra e Italia. Por ello, no puede considerarse un fenómeno exclusivo de la religiosidad española.
Protección frente a la Inquisición
Como ocurre con muchos fenómenos de religiosidad popular, a las emparedadas se les atribuyó poderes de sanación, que de no ser por su consagración a la Iglesia y que lo hacían por intercesión de Dios, hubieran cargado con una acusación de herejes o brujas, con la consecuente condena por parte de los tribunales inquisitoriales.
De todas maneras las beatas emparedadas, tuvieron ciertas cotas de poder e influencia en las decisiones de las autoridades eclesiásticas. Hay casos documentados como el de Don Alonso de Madrigal obispo de Ávila que dejó escrito:
“Dejo y mando que den a todas las emparedadas de la ciudad de Ávila, a cada una diez maravedíes por una vez con tal de que sean tenidas por mí para que encamine mi alma al cielo”.
Lo que nos da una idea del poder que se creía que tenían las oraciones de estas mujeres, para acelerar el paso al cielo.
Para concluir al autor le gustaría mencionar que hay investigadores que atribuyen el fenómeno de la reclusión voluntaria, a las ideas de independencia y autosuficiencia de ciertas mujeres. Ya que el emparedarse de manera voluntaria les ofrecía protección frente a la sociedad de aquellos tiempos.
También es digno de destacar en esta línea, que muchas de las mujeres que tomaban la decisión de la reclusión, eran huérfanas o viudas que de otra manera no habrían podido deshacerse del yugo machista de la época, y podrían haber acabado mal viviendo y sometidas a la voluntad de sus maridos o protectores.
