En los tiempos en que Vlad Tepes guerreaba para recuperar su trono de Valaquia, tuvo como aliado a otro guerrero transilvano llamado Esteban Báthory.

Sin embargo, las andanzas militares de este guerrero han quedado en un segundo plano, eclipsadas por los espeluznantes relatos que, más de cien años después, protagonizó una pariente suya, la cual ha llegado hasta nuestros días convertida en una de las más sanguinarias asesinas en serie de la Historia.

Una niña con un curioso árbol genealógico

En 1560 en Nyícbátor, Hungría, nació Gabriela Erzébet (Elizabeth) Báthory, en el seno de una familia emparentada con el Rey de Polonia.

Desde mucho antes de este alumbramiento, ya eran conocidas las leyendas que aseguraban que varios de integrantes de esta familia practicaban diversas artes oscuras como la magia negra o practicaban todo tipo de aberraciones sexuales.

Pese a la fama negra que rodeaba a esta familia, la pequeña recibió una educación amplia y exquisita en un tiempo en el que el analfabetismo, incluso entre la nobleza, estaba más que asumida y aceptada, pese a lo cual Elizabeth se comportaba de forma cruel, sobre todo con sus criadas.

Entregada a placeres ocultos y prohibidos

Casada con el Conde Ferencz a la edad de 15 años, durante el tiempo que duró su matrimonio se vio muchas ocasiones sola ya que su marido se dedicaba más a guerrear contra sus enemigos que a atender a los deseos de su joven esposa, la cual encontró otro tipo de diversiones.

Aparte de varios amantes masculinos, la joven condesa sentía una fuerte atracción hacia las mujeres, con muchas de las cuales mantuvo relaciones sexuales. Sin embargo, tanto la promiscuidad sexual como sus gustos no fueron nada comparados con otra de sus grandes aficiones: el sadismo.

Torturas como depositar monedas al rojo vivo en las manos de sus criadas o sentarse a contemplar como morían de congelación después de haberlas dejado durante días en la nieve, constituían placeres impagables para ella.

El poder de la sangre

A Elizabeth Báthory se le considera como a una verdadera vampiro, incluso más que a Drácula, debido a la fascinación que desarrolló por la sangre.

Probablemente esa afición nació el día en que una de sus sirvientas le pinchara sin querer. Se cuenta que la condesa quedó embelesada viendo brotar su propia sangre y dicho éxtasis aumentó cuando obligó a su criada a lamerle la herida.

A partir de ese momento comenzó a acechar a sus doncellas para pincharles con afiladas agujas con el objeto de beber su sangre.

Pero, aquello no fue nada comparado con lo que habría de venir después.

En el año 1604, murió el conde Ferencz dejando el camino libre a Elizabeth para poder maquinar sus atrocidades con total libertad.

A la ingesta de sangre se le unió otro uso. En una ocasión una criada que estaba peinándola, cometió la imprudencia de estirarle el cabello, recibiendo una bofetada que le reventó la nariz. Elizabeth observó que, en la piel de su mano donde había caído la sangre de la desgraciada, parecía rejuvenecerse.

Una corte de brujas a su servicio

La condesa estaba obsesionada con mantener su belleza y, tras ese suceso, la corte de hechiceras que le acompañaban le incitó a creer que la sangre de muchachas le ayudaría a mantenerse joven. Una de ellas, de nombre Darvulia, le mostró los poderes de la llamada Magia roja que consistía en tomar baños de sangre.

A partir de aquel momento varios colaboradores se encargarían de atraer mediante ofertas de trabajo, a las jóvenes hacia el tenebroso castillo de la condesa.

El método para aplicar este tratamiento de belleza consistía en una jaula cilíndrica en cuyo interior sobresalían puntas afiladas. Las chicas eran introducidas en esa jaula y lentamente se iban desangrando, cayendo la sangre hasta una bañera situada justo debajo donde Elizabeth recibía su baño.

Demasiadas desapariciones

Según el diario de la propia condesa, unas 600 jóvenes perdieron la vida para saciar a su señora.

Las gentes de sus tierras, alarmadas ante las desapariciones, comenzaron a quejarse y el caso llegó hasta el Rey Matías II de Hungría, el cual encomendó una investigación a cargo de Jaraj Thurzó, primo de la condesa, el cual halló restos de las muchachas por todo el castillo.

Final digno de película de terror

Ante la evidencia de los hechos, la condesa fue juzgada junto a sus compinches el año 1611. A diferencia de éstos, que fueron ejecutados, la posición de Elizabeth la libró de la pena de muerte.

En vez de eso, se la emparedó viva para que pasase sus últimos años aislada del mundo con la única salvedad de unas pocas visitas de clérigos que le ofrecían consejo espiritual.

En el año 1614, varios años después del emparedamiento, Elizabeth Báthory fue hallada muerta en su lugar de confinamiento.