En México desde la contienda electoral del año 2000, el termino voto útil cobró especial relevancia para la sociedad civil, pues se le conceptualizó como una estrategia política que, aunque pragmática, estaba perfectamente justificada, en tanto garantizara la victoria sobre el jurásico PRI; lo que terminaría con el autoritarismo y abriría las celestiales puertas de la democracia.

Independientemente del marketing político y la evidente inclinación de los medios de comunicación, el hecho es que la sociedad civil con gran determinación decidió echar mano de cuanto estuviera en sus posibilidades para lograr el objetivo, incluso votar por un partido que le fuera totalmente ajeno en cuanto a su posición política.

Cheque en blanco

El asunto no fue cosa menor, ya que en realidad quien firmó un compromiso fue la sociedad, pues al no reparar en el proyecto sino en la necesidad inmediata del cambio de gobierno, se comprometía a vigilar y ser parte activa de esa transformación, cosa que en realidad no sucedió. Lo que se buscó fue la rotación de la élite política y nada más; que el proceso rodara por sí mismo.

Lo importante es que, con ello, la sociedad mexicana firmaba también un cheque en blanco sin la mínima posibilidad de calcular las consecuencias en el corto, mediano, y mucho menos largo plazo.

Desilusión política

Hoy, después de un balance epidérmico, en el ambiente se respira la desilusión; el cambio pide a gritos otro cambio. El punto es que ese cambio se inclina por el regreso al estado anterior, es decir, a aquel del que salimos huyendo despavoridos.

Cerca de doce años después la estrategia vuelve a seducir a la sociedad mexicana. El espíritu de la época transpira pragmatismo y se llevan a cabo toda clase de cálculos estadísticos y de escenarios para determinar la "mejor" opción. Para muestra véase la consulta Mitofsky, GEA ISA, entre otras.

Pedirle peras al olmo

Nada más equivocado que esto, pues votar por "el menos peor" no garantiza que lo sea, todo lo contrario, si algo ha probado la experiencia es que el que sigue puede ser infinitamente peor.

Desde una perspectiva personal, el ineficiente desempeño de los gobiernos actuales depende mucho menos de las capacidades político estadísticas de quien asume los cargos, que de la ingenuidad e irresponsabilidad de la sociedad civil.

Al votar para castigar y sumar al enemigo de nuestro enemigo, lo que en realidad hacemos es ratificar el cheque en blanco, pues quien llega no tiene más compromiso que con su propio proyecto, el cual probablemente jamás nos importó conocer, ya que el objetivo era castigar al partido anterior, no ejercer la ciudadanía ni trabajar y/o exigir el cumplimiento de los compromisos constitutivos del proyecto ofertado, los cuales deben fundamentarse en la plataforma del partido en cuestión, en función de su ideología política particular y distintiva.

Si estamos en contra del aborto por qué votaríamos por un partido que abiertamente lo promueve; si pertenecemos a la comunidad gay, por qué votaríamos por un partido que ha buscado destruir las conquistas sociales y políticas del grupo, o, si creemos en el desarrollo integral, por qué votar por un partido al que no le interesa la soberanía alimenticia ni la reactivación del campo.

La coherencia es una estrategia

Es una cuestión de consistencia. No podemos seguir votando al azar, el voto útil puede ser más inútil de lo que nos imaginamos. La respuesta evidentemente no se encuentra en el castigo, sino en la adherencia a una posición política clara en consecuencia con nuestras necesidades y convicciones sociales y humanas.

Una vez hecho esto, tocará exigir a nuestros representantes cumplir con sus compromisos y, mejor aún, con aquellos que no hicieron pero que les corresponden por defecto: por pertenecer a una asociación política con una postura definida ya sea de izquierda, centro o derecha.

De otro modo seguiremos desperdiciando nuestro voto en detrimento del poder ciudadano. Es un hecho que ningún representante cubrirá nuestras expectativas y necesidades si le son simplemente indiferentes o contrarias de origen.

Finalmente, se lograría retomar la virtud democrática, pues si cada quien vota según su cosmovisión o visión específica del mundo, de cualquier manera se garantizaría una mayoría, salvo porque estaría nivelada por el mérito y mediada por la competitividad y no por la monopolización de las conciencias.