El descubrimiento del vino fue probablemente, como suele suceder en los grandes descubrimientos de la humanidad, un hecho casual. De hecho, no es difícil imaginar que una vez recogidas las uvas y pasada la época estival, se olvidase en la casa algún depósito con uvas. Y fue durante el invierno, en ese descuido fortuito, cuando se produjo la fermentación de esa materia prima convirtiéndose en vino. Fue en ese momento, cuando el hombre probó ese zumo fermentado comprobando sus agradables efectos.

No se puede afirmar con precisión dónde está el origen del vino. Aunque si bien se suele situar su lugar de nacimiento en el Cáucaso meridional, entre Turquía, Armenia e Irán. Es en este último país, Irán, donde se ha encontrado el documento arqueológico más antiguo que se conoce de la historia del vino. En las montañas de Zagros, en Irán, se ha hallado un jarrón de barro, de 5.500 años de antigüedad en cuyo fondo hay restos de vino.

Una vez descubierto el vino, el simbolismo de este líquido se ha impuesto sin descanso desde su origen, hace miles de años. Así, de ser el brebaje de la inmortalidad en la mitología griega y la comunión con la sangre de Cristo en la liturgia cristiana, ha llegado a nuestros días como símbolo del humor, de la alegría y de la amistad en las actuales costumbres contemporáneas.

Mediterráneo, cuna de la vid

Egipto fue el primer país de la cuenca mediterránea en desarrollar la viña. Sin embargo, parece que su consumo fue limitado debido a su carácter sagrado. El vino era utilizado principalmente en las ceremonias religiosas. De aquí paso a Grecia, cuyo consumo se convirtió en habitual entre sus habitantes. Como ejemplo, diremos que el desayuno en la antigua Grecia estaba compuesto por pan de cebada remojado en vino puro. En la comida griega, en la que solo se servía agua para comer, había una segunda parte en la que apenas se comía, salvo algunos panecillos y frutos secos, pero en la que se bebía vino.

La simbología del vino en Grecia se expresaba a través de Dionisio, hijo de Zeus. Así pues, las fiestas en honor a Dionisio se hacían bajo el signo del renacimiento por medio del vino, brebaje de la inmortalidad, pero también bajo el signo de la fuerza sexual y la fecundidad de la naturaleza. Además, los griegos fabricaban distintos vinos, especialmente aromatizados, a la miel, al tomillo, a la menta o a la canela.

El vino de los romanos

Los romanos, por su parte, contribuyeron activamente a perfeccionar las técnicas de vinificación, logrando envejecer los vinos durante veinte años y más, por medio del almacenaje del vino en ánforas de 26 litros sobre las que inscribían la fecha de la puesta en vasija y el lugar de procedencia.

Es en Roma donde encontramos las famosas bacanales, fiesta relacionada, sobre todo, con la embriaguez, la lujuria y el desorden social. La tradición de esta antigua fiesta continuó a través de los siglos en el carnaval. En el mundo judeo-cristiano las referencias al vino son asiduas. Así, la simbología del vino, sangre de vida, ya está presente en el Antiguo Testamento, el libro del Génesis insiste en la “sangre de las uvas” y el Deuteronomio en la “sangre de los racimos”. El libro de los Proverbios afirma, por su parte, que “el vino es la vida para el hombre, cuando lo bebe moderadamente”.

Los libros sagrados y el alcohol

Encontramos pues en la Biblia un doble lenguaje a propósito del vino, por un lado, la apología de una bebida sagrada, y por otro, la advertencia muy clara contra los riesgos de su abuso. Pero sin lugar a dudas, es durante la Santa Cena, cuando toda la mística del vino adquiere su significación.

En el Islam, hoy en día, está prohibido el consumo de cualquier bebida alcohólica. En los países de religión islámica se considera que el hombre no es lo suficientemente sabio para saber obtener los beneficios del vino y evitar sus excesos. El Corán, aunque sí alude al peligro de los excesos del consumo de vino, jamás prohíbe su uso. En un párrafo del Corán se dice: “Comed y bebed, pero no seáis excesivos (...) Podéis beber, pero no os embriaguéis en absoluto”. Parece que es más el temor a la borrachera lo que está en el origen de la abstinencia de los musulmanes, antes que en una prohibición coránica expresa.

De hecho, en el siglo XI, el cultivo de la viña era particularmente floreciente en los países musulmanes. El célebre médico iraní Avicena decía que “el vino es el amigo del sabio y el enemigo del borracho. Está permitido a la gente de espíritu y prohibido a los imbéciles”.

Como se ha podido comprobar, se sabe que el vino desde el principio de la humanidad es beneficioso para la salud, tomado siempre con moderación. Escritos médicos antiguos y libros sagrados están repletos de citas elogiando las propiedades sanitarias del vino. Así, Hipócrates afirmaba que “el vino es cosa admirablemente apropiada para el hombre, tanto en el estado de salud como en el de enfermedad, si se administra oportunamente y con su justa medida, según la constitución individual”.

Pero sin embargo, fue a finales del siglo XIX cuando se comenzaron a analizar científicamente los elementos que contenían los distintos alimentos, incluido el vino. Estudios e investigaciones de un siglo para acá, desvelan ya algunas propiedades de este líquido tremendamente favorables para el organismo.