Al principio, el único referente que tiene el niño para conocerse son los adultos que le rodean y que, a través de los mensajes que le transmiten, contribuyen a que empiece a formarse su autoconcepto. Es de vital importancia que esos mensajes que recibe sean positivos y que lo sigan siendo a lo largo de su infancia.

Esto no significa que no haya que corregirles ni decirles las cosas que hacen mal, lo cual es imprescindible, pero esto se puede hacer de muchas formas diferentes. Hay que evitar referencias a su persona y cambiarlas por otras que aludan a su comportamiento (te has portado mal, en lugar de eres malo, por ejemplo).

Los niños necesitan percibir que los adultos que les rodean esperan cosas positivas de ellos. Si esas expectativas hacia ellos son bajas, el niño cada vez se sentirá más incapaz de afrontar los distintos obstáculos que se le plantean cada día. Esto es lo que se conoce como la profecía autocumplida o el efecto Pigmalión.

El efecto Pigmalión

Se llama profecía autorrealizada o autocumplida a una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad. El efecto Pigmalión, llamado así en honor a Pigmalión -Rey legendario de Chipre y reputado escultor que se enamoró de una estatua femenina de su creación-, es el proceso mediante el cual las creencias y expectativas de un grupo respecto a alguien afectan su conducta hasta tal punto que se provoca en el grupo la confirmación de dichas expectativas (es decir, que ambas nomenclaturas responden a similar teoría, ya sea ésta psicológica o sociológica).

Esto es lo que sucede cuando continuamente se dice “este niño es muy malo, es un pegón…” El resultado final es que interioriza este mensaje como un rasgo de su personalidad, algo casi inamovible. Si, por el contrario, los mensajes aludieran exclusivamente a la conducta, probablemente la percepción del niño no sería de algo inmutable ni sentiría la “obligación” de cumplir con ese rol que el adulto espera de él, sino de un comportamiento que se puede cambiar.

Autoconfianza

Otro de los aspectos que favorecen una personalidad emocionalmente equilibrada es la confianza en uno mismo. Para llegar a ella, hay que pasar por unos primeros estadios en los que esa confianza es extrínseca, es decir, proviene de los demás, de que confíen en esas posibilidades y en esa capacidad de hacer cosas. ¿Cómo se llega a la confianza intrínseca? Obviamente proporcionándole experiencias ajustadas a sus posibilidades donde la probabilidad de éxito sea patente.

Además, a través de estas situaciones, se dota al niño de cierta independencia y autonomía. No se trata de encargarles grandes responsabilidades sino de las cosas cotidianas (elegir su ropa, decidir acerca de su tiempo libre…). Son pequeñas decisiones que, aunque tengan cierta supervisión del adulto, le procuran satisfacción y les hace ser cada día más responsables de sus actos.

No podemos obviar el tema de la autoestima. Es necesario diferenciar este término de otro que a veces se confunde con este: el autoconcepto. Este último se refiere a la idea que tiene cada uno de sí mismo, a su conocimiento personal (conocer lo que es capaz de hacer, sus posibilidades, sus habilidades, sus limitaciones, etc.). Por su parte, la autoestima hace referencia al aprecio que cada uno se tiene a sí mismo.

Es fundamental que el autoconcepto sea lo más ajustado posible, es decir, conocer bien tanto las cualidades como los defectos y limitaciones. Si dicho autoconcepto es adecuado, aumentan las posibilidades de tener una autoestima positiva y esto es lo que hay que procurar.

Desarrollo de la autoestima

El desarrollo de la autoestima se favorece a través de tres áreas básicas:

  1. La formación de la identidad.
  2. El sentido de pertenencia.
  3. La capacidad para influir sobre las situaciones.
Según se recoge en el programa de prevención de la violencia de género editado por el Instituto de la Mujer de Castilla La Mancha, entre las cosas que se pueden hacer para que aprendan a quererse a sí mismos están las siguientes:

  • Demostrar interés por su desarrollo.
  • Estimularles a enfocar sus logros.
  • Hacer que se sientan capaces.
  • Respetar su ritmo de crecimiento.
  • Esforzarse por comprender sus sentimientos.
  • No regañarles constantemente.
  • Mentalizarse de que si se equivocan es porque no saben hacerlo aún de otro modo.
  • Aprender a ignorar pequeños errores.
  • Evitar chantajes y amenazas.
  • Alabar pero no todo.
  • No criticar su forma de ser.
  • No valorar sólo los resultados.
  • Enseñarles a confiar en sí mismos.
  • Estimular la independencia y la capacidad de decisión.
  • Cuidar de ellos pero sin sobreprotección.
  • Enseñarles a ser asertivos.
Todos estos procedimientos ayudan a la educación de las emociones. Por su puesto, debe hacerse de manera global e interdisciplinar. Todos los ámbitos de la vida deben ser coherentes para que los esquemas de los niños tengan cierta consistencia.