Generalmente, en muchas de estas personas existe la necesidad de escribir, quieren expresar lo que les bulle por dentro, tienen que manifestarlo de alguna manera y eligen escribirlo, porque no deja de ser una liberación el hecho de expresar opiniones, ideas, pensamientos o sentimientos.

En numerosas ocasiones, lo que se escribe se ve desde puntos de vista diferentes de los que se tenían cuando aún estaba solo en mente. Al escribir se amplía el campo de la percepción y del análisis.

Escribir requiere aislamiento y tranquilidad

Escribir es una actividad solitaria en la que fluye la inspiración y el tiempo no parece transcurrir. Es lo que en Norteamérica se denomina flow. Se produce tal ensimismamiento que pueden pasar 3 o 4 horas sin sentirlas.

Pero es preciso, también, tener tranquilidad. Si la persona, por algún motivo, está preocupada o alterada, con síntomas de ansiedad, le es mucho más difícil escribir, o le resulta completamente imposible, debido al bloqueo mental que se produce.

El concepto de “flow” en el escritor

Flow, en castellano, significa fluir o flujo. Este concepto fue desarrollado por el psicólogo Mihalyi Csikszentmihalyi, que lo definió como aquel estado en el que la persona se encuentra completamente absorta en una tarea que le produce placer y disfrute, durante la cual el tiempo vuela y las acciones, pensamientos y movimientos se suceden unos a otros, sin pausa.

Todo su ser está envuelto por su labor y el escritor, entonces, utiliza sus destrezas y habilidades llevándolas hasta el extremo. Por tanto, la persona está en flow cuando se encuentra complemente absorbida por una actividad durante la cual pierde la noción del tiempo y experimenta una enorme satisfacción. Es el estado de flow de los escritores.

El placer de escribir

Las personas a las que les gusta escribir convierten esta ocupación en un auténtico placer, que muchas no cambian por nada. A veces, es tan intenso, que se vuelve una adicción, en este caso, sana, y desean tener el tiempo necesario, en el lugar elegido, para explayar todas sus ideas a gusto sin que nadie les moleste.

Pero, a veces, los cambios de lugar son inevitables y el escritor de verdad se acopla al lugar que toque, e intenta seguir haciendo lo que más le gusta, que es escribir, porque para él es vital.

Se ha demostrado que escribir libera dopamina (neurotransmisor relacionado con la euforia y la felicidad). Su activación mejora el sueño y la memoria, reduce la carga viral e incrementa la actividad cerebral.

Escribir también es terapéutico

Un grupo de científicos británicos ha demostrado que escribir un diario aumenta la capacidad de respuesta del organismo. Ya se sabía que, quienes escriben un diario habitualmente, se benefician del efecto terapéutico de la escritura, pero lo que no se sabía es que, a nivel físico, esas personas se curan de las heridas y de los procesos infecciosos mucho antes de lo normal.

Cuando alguien escribe sobre sus preocupaciones, sobre los acontecimientos del día a día, esto le ayuda a reflexionar y a meditar y, al mismo tiempo, le permite a madurar emocionalmente y crecer como persona, pues, a la vez que le relaja, le sirve de desahogo.

Escribir mejora la ansiedad y la depresión

Los miedos, las frustraciones, o los sucesos negativos, se corrigen con la escritura. En la actualidad, cada vez menos personas escriben en papel. Son los últimos románticos. La mayoría se han decidido por los blogs, en los que escriben sobre sus experiencias, o sobre sus vidas, y lo hacen como si se tratara de un auténtico diario que todos podemos ver en Internet.

Por tanto, se pierde la intimidad del diario convencional clásico. Pero lo cierto es que a nivel terapéutico funciona igual. Lo importante es escribir sobre las vivencias de uno.

Atreverse a escribir, ahora o nunca

Hay muchos a los que les gusta escribir, pero no se atreven a hacerlo público, por inseguridad o por miedo al rechazo, porque escribir es como desnudar el alma y se resisten a ello.

Pero, algunos, a una edad determinada, dejan de lado sus miedos y se deciden a ello, haciéndolo con ganas y con la máxima ilusión y entusiasmo. Un ejemplo típico lo tenemos en José Saramago, que, si no se hubiera decidido a escribir a partir de los 60 años, no hubiera llegado a ser premio Nobel.

Él mismo dijo: “En un tiempo como el de ahora, en el que fácilmente se desprecia a los mayores, creo que yo soy un ejemplo muy bueno. Entre los 60 y los 84 años he hecho una obra. ¡Por tanto, ojo con los viejos!”

Y también apuntó: “Yo no escribo para agradar, ni tampoco para desagradar. Escribo para desasosegar”.