La seguridad en los vuelos no suele ser una de las preocupaciones del viajero o el turista que ha de tomar un avión para un viaje de negocios o de placer; da por hecho que el transporte aéreo es una de las formas más seguras de viajar y tiene razón, pero para que esto sea así ha de sufrir algunos pequeños inconvenientes que muchas veces le ponen de mal humor o amargan el inicio de unas vacaciones.

La seguridad en el transporte aéreo

Habitualmente se habla de dos tipos de seguridad que afectan al transporte aéreo y se las suele nombrar en inglés: safety y security, una hace referencia a la operacional y la otra al ámbito policial y de orden público, la primera tiene que ver más con los procedimientos de vuelo y la segunda con evitar las interferencias ilícitas que puedan poner en peligro las vidas y los bienes implicados en el transporte, una suele pasar desapercibida para el viajero pero la otra le genera molestias que se pueden ver con un ejemplo.

Un turista ante el filtro de la sala de embarque

Tómese un turista típico (y tópico,) que sale de su casa cargado hacia el aeropuerto dispuesto a pasar unas maravillosas vacaciones de playa en un hotel de todo incluido que compró por Internet. Él ya sabe qué puede poner en la maleta para facturarla y qué no, así como lo que puede llevar en el bolso de mano de forma que, con las prisas y los nervios del momento de la salida ha llegado a la facturación donde se ha descargado de la mayor parte del equipaje y ahora está delante del filtro, acaba de poner en la cinta del escáner todo lo que llevaba consigo para pasar al vuelo y que el viaje se le haga más entretenido.

Qué suena en el arco detector de metales

Porque el personal auxiliar se lo ha dicho, se ha quitado la gorra de visera, las gafas de sol y el cinturón de los pantalones, ha vaciado lo que llevaba en los bolsillos delanteros que, en resumen venía a ser: un juego de llaves de la casa, el móvil, la cartera y la tarjeta de embarque y, sujetándose los pantalones para que no se le caigan, y a la señal del personal de seguridad que está detrás del arco pasa, inseguro y dubitativo, pensando en que no hay derecho a que lo traten como si fuera un delincuente.

Pasa y el aparato empieza a pitar con su sonido metálico de alarma de fin del mundo y el vigilante, con un gesto que el pobre turista no puede interpretar sino como amenazante, le para: “Quítese los zapatos y páselos por el escáner” le dice, mientras el hombre ve cómo la bandeja con su reloj, su cartera y su cámara de fotos se amontona junto a otras en el extremo de la cinta por donde van pasando extraños retirando las suyas.

Regresa, se descalza, con las botas en la mano (ahora se ha dado cuenta que estaban llenas de remaches metálicos) y volviendo a sujetarse los pantalones para que no se le caigan, las deja sobre la cinta y se dirige al arco, pasa ya seguro que ha conjurado el último peligro y, “¡tate ahí!” aquello vuelve a sonar.

La inspección manual en el filtro

Es el momento en el que el vigilante, malencarado porque esa mañana le está doliendo un cordal y no hay manera que se le pase el dolor, le dice: “Ponga los brazos en cruz que le voy a cachear”. La realidad es que lo que hace es pedirle permiso para realizarle un control manual, pero el hombre con los nervios solamente ve a un tipo de uniforme que se le viene encima y empieza a tocarle mientras siguen pasando pasajeros que le rozan o le empujan y ve su bandeja en el confín de la cinta cada vez más lejos y más abandonada mientras otros vigilantes observan pantallas escondidas.

“¿Qué lleva en el bolsillo trasero?” – Le dice el segurita. – “Nada, me lo he sacado todo”. Responde empezando a dudar. “Algo tiene, sáquelo”. Baja la mano lentamente, temiendo que el del uniforme piense que ha tratado de colarle una navaja o una bomba y lo deje detenido y pierda el vuelo y palpa el bulto que no había notado cuando se vació los bolsillos: ¡un paquete de chicles a medio usar!

“¿Ve usted cómo llevaba algo?” Le reprocha el vigilante cansado ya de ver casos parecidos. “¿Pero?” dice el hombre. “Está envuelto en papel metálico, entre eso y la cremallera de los vaqueros ya tiene suficiente para que dé la alarma”.

Se podría resumir el paso del control diciendo que es molesto para el pasajero y engorroso, pero imprescindible para la seguridad de los vuelos. A nadie se le escapa que el delincuente, el terrorista trata de ir siempre unos pasos por delante de la policía y es la obligación del personal que cuida de que el viaje aéreo sea la buena experiencia que tiene que ser, impedir que este se convierta en una pesadilla.