
- Milan Kundera, en la actualidad. - The Telegraph
Resulta complicado (y abrumador) pensar en todo lo que puede llegar a leer un ser humano. Se puede pensar en ello, tranquilamente, cuando se entra en una biblioteca y los ojos se pierden entre un abecedario de columnas. También se puede pensar en ello mientras se lee “El Telón”, el último libro de Milan Kundera, un checo que, además de escribir muy bien ha leído todo lo que se debe leer en esta vida. Por eso, cuenta en un libro bueno, pequeño y barato qué es la novela, de donde viene y qué es lo que ha leído.
Una historia aún por escribir
Kundera, que antes de ganarse la vida con las letras impresas se la ganaba con las notas musicales, se ha parado a pensar en “la novela”. Como género. Como idea. Como modo de vida. Y, aunque parezca un anuncio, es todo un manifiesto vital sobre la literatura, sobre el arte de la literatura. En “El Telón” se repasa la historia de un arte joven que, según Kundera, nació con Cervantes y Rebelais. De la muerte de la novela no se habla pero, aún así, el escritor checo le da un valor antropológico, un pasado y un presente. Una presentación y un nudo; sin desenlace.
Y así, siguiendo su planteamiento, el lector asiste al nacimiento de la novela en el mismo día en que Cervantes le pone el punto y final a su Quijote. Kundera lo describe como el momento en que se descubrió “la prosa de la vida”. Algo así como dejar lo abstracto y buscar en lo concreto. Como dejar de buscar la aguja para centrase en la paja.
Kundera y su obra
Desde ese momento se crea un género nuevo, un modo diferente de ver las cosas, de escribir la vida. Cada autor tiene su propio lenguaje y sus propias fijaciones. Las opciones se multiplican y el escritor se convierte en “su obra”. Una unión que termina por convertir cada lectura en una visión tan personal como arriesgada.
De ahí que Kundera se plantee nada más comenzar su obra cómo se escribe la “historia” del arte (y de la novela más concretamente). Cómo se marcan los años. Dónde están las “eras”, los siglos y las décadas. Pero no existen. Y no existen, dice Kundera, porqué en el arte los elementos no se solapan. Se completan. Cada gran obra completa a la anterior. Cada gran autor engrandece la obra de su antepasado.
Waterloo y los "pequeños" escritores
Aún así, Kundera reconoce que en la historia del arte también hay unos pequeños ladrillitos que terminan por construir todo un edificio. Unos ladrillitos que dejan un pensamiento amargo, casi triste, cuando reconoce qué “Sin Waterloo la historia de Francia sería incomprensible. Pero los Waterloo de los escritores menores, e incluso los de los grandes, no tienen otro lugar que el olvido”.
Antes de cerrar las puertas de la historia al fracaso, Kundera encuentra una definición de la novela mientras bucea (que es lo que hace con los libros; bucearlos) en el Tom Jones de Henry Fielding: la novela es “penetrar, rápida y sagazmente en la verdadera esencia de todo lo que es objeto de nuestra contemplación”. Antes, eso sí, nos deja su peculiar visión cuando dice que el novelista debe conservar su propio lenguaje y huir “como la peste de la jerga de los eruditos”.
De García Marquez a Flaubert
Y de ahí, del más hondo de los comienzos, Milan Kundera repasa varios (muchos, muchísimos) de los grandes totems de la literatura. De “Madame Bovary” a “Cien años de soledad”. De “En busca del tiempo perdido” a “El castillo”. Y de paso, como quien no quiere la cosa, como en todo buen ensayo, las reflexiones se deslizan para terminar en políticas, naciones, músicas y actualidades. Por que, al final, la prosa de la vida no es más que fijarse en los pequeños detalles y, de paso, contarlos. Como hace Kundera.
