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No representa para nadie ningún secreto que el matrimonio trae envuelto cambios importantes en la vida de las dos personas que conforman una pareja. Con el noviazgo, y la boda, ambos se convierten en uno y como tal, deben actuar a lo largo del camino que van a emprender juntos.
Matrimoniarse
La palabra matrimonio proviene del latín matrimonium, implicando esto la unión de un hombre y una mujer desde la óptica tradicional, decimos esto porque en los momentos actuales esta ya no es una premisa válida. Este se concreta a través de determinados ritos y trámites legales, porque de lo que se trata es de un convenio que nos da un nuevo estatus social, que se sustenta en normas jurídicas y costumbres. Por consecuencia al contraer matrimonio, los cónyuges adquieren diversos derechos y obligaciones.
El significado del matrimonio
El matrimonio significa dejar el hogar donde nos desarrollamos, salvo algunas ex secciones para formar uno nuevo. Es una etapa en la que relación con los padres y hermanos cambia radicalmente para decirlo de alguna manera. Llegando así la hora de sentirnos plenos sin nuestra familia de origen. Claro; esta libertad emocional no se alcanza fácilmente, puesto que se trata de un proceso paulatino que se desarrolla en la medida que se van jerarquizando los efectos naturales en el matrimonio.
Recordando que luego de habernos casado nuestra primera obligación es con el cónyuge y no con los padres. Iniciar esta nueva experiencia en la vida de cualquier ser humano, es más que un proceso de cambio de casa, pues implica una etapa de ajustes que sacará a colación las cualidades y los defectos de los miembros de la pareja a través de la vida en convivencia. La regla principal para que la transición del noviazgo al matrimonio no resulte traumática es no cambiar esas actitudes que sabemos nos hicieron conquistar a nuestra pareja.
La esencia personal y el encanto
Esa esencia personal es la base del encanto que nuestra relación y nuestra cara mitad necesitan para mantenerse sólidas a pesar del tiempo y las circunstancias que nos irán afectando a lo largo del camino. Cuando una pareja introduce en su léxico las palabras “mi marido” o “mi mujer”, según sea el caso, pareciera producirse un cambio radical que acaba con las maravillas vividas durante el noviazgo. La verdad es que ninguno de los dos ha cambiado, pero sus actitudes sí, ahora se sienten más cómodos con su compañero y dejan de tener pequeños gestos que tenían para hacer sentir al otro deseado y valorado.
A cada quien su espacio
El dar todo por sentado nos vuelve complacientes. Otra cosa, olvidamos que tener un marido o una mujer no significa que uno sea dueño de la otra persona. Hay que compartir mucho como pareja, pero permitir ese espacio que todo individuo necesita para desarrollarse sanamente, nada peor para una pareja que recién comienza el camino de la dependencia emocional. Una pareja lo será a lo largo de la vida si mantiene como premisas el deseo y la posesión, ambas bien entendidas, porque casarse, formar una familia y crecer en equipo es una aventura.
¿Para toda la vida?
Hay que tener siempre presente que esa persona a la que amas con sus virtudes y sus defectos es, sencillamente, la que escogiste para asumir el compromiso público de amarse en privado por encima de cualquier circunstancia y, quizá, para toda la vida.
