No se pretende abordar de manera sistemática el fenómeno histórico-cultural del vampiro en su implicación con las distintas manifestaciones del arte, ni ofrecer una lectura de sus categorías estéticas y de las obras predilectas de este género. La intención de este trabajo es autorizar al vampiro como concepto, como símbolo que nos permita entender la realidad social del novecientos.

El mito de Delmira Agustini, "La Nena"

Delmira Agustini fue considerada la “niña” prodigio de la poesía uruguaya del novecientos. Desde muy joven empezó a escribir poemas y este temprano inicio en la escritura se convirtió en la imagen con que la crítica de la época se refirió a ella. El carácter erótico de la poesía lírica de la poeta, junto a su precoz ingreso al mundo de la literatura, llevó a la crítica del momento a negar la sexualidad de su obra a través de diferentes estrategias discursivas, por ejemplo los periodistas del novecientos la llamaron "la Nena".

Por lo anteriormente dicho, el lector va a poder comprender lo que Carlos Vaz Ferrreira le escribió a la poeta en una de sus cartas: "No debería ser capaz, no precisamente de escribir, sino de "entender" su libro. Cómo ha llegado usted, sea a sentir lo que ha puesto en ciertas poesías suyas".

La difícil inserción de la obra de Delmira en la literatura masculina del novecientos

La obra de Delmira Agustini se insertó en un mundo de símbolos en el que la mujer era el objeto pasivo de la admiración masculina. Agustini siguiendo esta dualidad madre/madrastra, ángel/demonio, que caracterizó a la literatura europea , recurrió a estos símbolos con los que se expresó el deber ser femenino.

La poeta subvirtió los esquemas de los poetas del siglo XIX, le dio nuevos significados al símbolo del vampiro y lo usó para comunicar su mensaje sobre la sexualidad de la mujer. El yo lírico de la mujer asumió el rol de observadora y el hombre se instaló en la posición de objeto observado. Al usar los modelos masculinos para expresar su deseo sexual, Agustini le otorgó al hombre atributos femeninos, lo convirtió en el objeto del deseo en los mismos términos que en que éste plantea a la mujer en la literatura del Modernismo y por ende ella se representa a si misma como una mujer-vampiro a la que temieron los hombres del siglo XIX.

En sus obras Agustini utilizó símbolos como el vampiro, Lucifer, la medusa, Satán, los fantasmas y las ánimas, además de recursos expresivos que nos remiten al campo semántico de la noche y el mal, como las ruinas y la sangre para expresar un cuestionamiento de las ideas que constituyeron el paradigma cultural de la sociedad del novecientos. Estos símbolos se entrelazan con lo que Cáceres denominó el concepto de “raza”. A través de las palabras “raza” y “estirpe” la poeta abordó la necesidad de un cuestionamiento al plano simbólico:

En el regazo de la tarde triste/ Yo invoqué tu dolor/ Sentirlo era/ Sentirte el corazón!

Palideciste/ Hasta la voz, tus párpados de cera/ Bajaron…y callaste…Pareciste

Oír pasar la Muerte…Yo que abriera / Tu herida mordí en ella -¿me sentiste?-

Como en el oro de un panal mordiera/ Y exprimí más, traidora, dulcemente

Tu corazón herido mortalmente/ Por la cruel daga rara y exquisita

De un mal sin nombre, hasta sangrarlo en llanto/ Y las mil bocas de mi sed maldita

Tendía a esa fuente a esa fuente abierta en tu quebranto

¿Por qué fui tu vampiro de amargura?/ ¿Soy flor o estirpe de una especie oscura

Que come llagas y que bebe el llanto?

La visión especial de Delmira

Agustini se situó del lado del vampiro y expresó su sexualidad sin inhibiciones. Los modelos literarios oficiales impuestos por los poetas modernistas le permitieron a la poeta reclamar un espacio de igualdad literaria para la mujer. Delmira se apropió de elementos culturales de la época para crear uno nuevo y complejo sujeto femenino, un sujeto que posee por si mismo un erotismo personal y distinto al impuesto por la tradición masculina del novecientos.

Girón Alvarado sostiene que la poeta uruguaya reinterpreta y corrige los esteriotipos sexuales de su época, ya que ella asumió la voz de la mujer fatal, pero lo hizo usando improntas humanistas y sensibles. En su obra ella cuestionó el discurso patriarcal y creó su obra en el espacio de conflicto entre dos discursos en disputa, el discurso misógino y machista y el femenista.

Cuando la poeta adoptó las figuras sobrenaturales que han caracterizado la femineidad como oposición al raciocinio, virtud exclusiva del hombre, le dio un nuevo valor y abrió una ventana a la visión de la sexualidad desde la perspectiva de una mujer capaz de cuestionar las bases de la sociedad burguesa a través del mismo imaginario que le dio forma a través del miedo y la negación.