Para definir lo que es el sufrimiento es conveniente hacer una distinción entre este y el dolor. El dolor es la respuesta natural a algo que daña. Por ejemplo, al poner la mano en el fuego, es el dolor el que advierte de que hay que retirarla de inmediato, por el contrario, en la ausencia del dolor la mano quedaría calcinada en unos instantes. El sufrimiento, en cambio, es la proyección mental que se hace a raíz de una experiencia dolorosa, a la que se le añaden asociaciones con experiencias del pasado, construyendo así una visión irreal de lo que está sucediendo. Tanto el dolor como el sufrimiento son mecanismos biológicos que tienen como finalidad la toma de conciencia de circunstancias en las que no se debería permanecer.

Sin dolor no hay evolución

Pero el dolor forma parte de la experiencia humana y es necesario para su evolución. Si no se siente dolor no se puede aprender, es decir, debido a que toda acción tiene su reacción, serán los resultados catalogados como dolorosos los que indican que la acción que les precede no es acertada. Si no hay aprendizaje no hay adaptación, y si las personas no son capaces de adaptarse a lo que les rodea no hay desarrollo de la inteligencia. En contrapartida, aunque el dolor es necesario, las emociones que derivan del sufrimiento, y que no están relacionadas directamente con la experiencia presente, son inútiles. Dos ejemplos muy comunes son cuando la mente proyecta experiencias pasadas, haciéndolas servir de filtro para su interpretación del ahora, o cuando se vive en la irrealidad de las expectativas que suelen derivar en frustración.

La atención libera

Al analizar los momentos de felicidad es fácil darse cuenta de que todos tienen un componente en común, y es el estado de presencia. Al tener la atención en lo que se hace aquí y ahora, sin imaginar ni recordar, se genera un estado interno que se define como estar alineado. Por lo tanto, la atención nos ancla a la realidad y nos libera de los vaivenes de la mente. Aunque explicado parece sencillo, no es la actitud que suele gobernar a la mayoría, el estado más común es estar haciendo algo sin implicación emocional y pensando en otra situación o experiencia, por ejemplo, alguien que se encuentre en el trabajo, sin ganas de estar allí y pensando en lo que hará luego.

Para empezar a gobernar la atención es necesario convertirse en el testigo de los propios pensamientos, simplemente observándolos sin juicios, de esta manera se toma conciencia de uno mismo y de lo que el propio hacer genera en el entorno. Existen muchos métodos para ejercitar y entrenar nuestra capacidad de gobernar la atención. La meditación, es uno de ellos, y consiste, en líneas generales, en observar los pensamientos dejándolos ir sin que estos sean pensados; de esta manera se entrena a la mente para permanecer concentrada, sin que la atención se vaya detrás de ideas y estímulos.

"Debemos examinar nuestra vida sin idealismo, sin exageración ni sentimentalismo.

¿Nuestras elecciones reflejan nuestros valores más profundos?" Jack Kornfield.