
- Romeo y Julieta - Morguefile
Hay padres que, cuando descubren que alguno de sus hijos se ha enamorado perdidamente de alguien que no les parece bien para él/ella, deciden oponerse a la relación, prohibiendo que se vean y actuando, a veces, como auténticos detectives para tratar de romper dicha relación. De esta manera se quedan tranquilos y evitan la preocupación de que, según ellos, sus hijos se vean perjudicados.
Lo prohibido acrecienta el deseo
Este comportamiento de los padres es completamente erróneo, porque los jóvenes que están en el período del enamoramiento viven en un estado emocional intenso y creen que dicho estado es lo mejor que les ha pasado nunca. De modo que no van a permitir que nadie destruya eso que sienten y el que lo intente se convertirá en su peor enemigo.
Por tanto, el enamoramiento entre ambos se acrecentará, e intentarán defender su amor por encima de todo, sin escuchar consejos, ni palabras disuasorias, acerca de su relación.
El amor que sienten se convierte en el eje de sus vidas
Los jóvenes que sufren tal oposición de los padres, en lugar de vivir un amor tranquilo y placentero, sin otros sobresaltos que los ajustes normales necesarios en una pareja, hacen de ese amor que sienten lo único importante en sus vidas, dedicándose exclusivamente a defenderlo.
Esta situación se convierte en una auténtica lucha que les hace estar siempre en tensión, dificultando sus estudios o trabajos y su rendimiento baja a mínimos, porque la energía la están poniendo en salvar su relación, que para ellos es lo más importante del mundo.
El síndrome de Romeo y Julieta y la diferencia de estatus
Algunos padres se oponen a la relación de sus hijos, porque la persona que estos eligen no pertenece a su estatus social, la consideran de clase inferior y no lo consienten. No se dan cuenta de que los hijos cuando se enamoran no piensan en la capacidad adquisitiva, ni el nivel de la persona que les enamora; en realidad, son dos seres que se encuentran, surge el amor, se quieren y deciden luchar por su relación por encima de todo.
Muchas veces, es tal la presión que se ejerce sobre los jóvenes, que deciden huir de casa para salvar su amor, convencidos de la incomprensión de sus padres.
Los padres tienen que dejar que los hijos se equivoquen
Los padres deben reconocer que no son los dueños de sus hijos, que estos sólo vienen al mundo a través de ellos y que tienen el privilegio de quererles, educarles y orientarles, pero que no pueden vivir su vida.
El amor que surge entre jóvenes es normal y necesario, porque supone un aprendizaje emocional y una autoafirmación de la autoestima. Las personas cuando se sienten admiradas y queridas crecen como personas y son más felices. Además, generalmente, entre los primeros amores no está el definitivo. Por tanto, que no cunda la alarma.
La comunicación con los hijos es fundamental
Es muy importante tener confianza con los hijos, ya que entonces la comunicación será más fluida. La confianza se obtiene cuando también se da; no se puede pretender que los hijos confíen en los padres, si los padres no confían en ellos.
Otro ingrediente básico es la comprensión. Cuando los padres se enfrentan a una relación no deseada, con diálogo y sin intransigencias, tratando de entender y de respetar el punto de vista de los hijos, ellos no se sentirán tan agobiados, vivirán la relación con normalidad y se sentirán orgullosos de unos padres comprensivos y razonables. Los padres se mantendrán al margen, pero sabiendo, en todo momento, la situación que viven sus hijos.
Es saludable respetar su decisión
A la hora de elegir pareja, la mayoría de los padres quieren lo mejor para sus hijos, desean que sean felices y que nadie les haga sufrir, pero, con frecuencia, el instinto de protección les hace comportarse de modo desafortunado, insistiendo en hacerles ver lo equivocados que están con la elección que han hecho. Los hijos, por su parte, se sienten invadidos, atacados y no respetados ante su propia decisión.
William Shakespeare escribió, en 1597, la tragedia Romeo y Julieta, en la que denunciaba precisamente esto, la falta de comprensión, de respeto y de confianza de los padres.
Lo curioso es que, en la actualidad, después de tantos años, los jóvenes siguen viviendo en sus carnes el desafortunado síndrome de Romeo y Julieta.
