Con la crisis que desde el siglo III sufrió el Imperio Romano, comenzó en Europa un proceso de ruralización de la sociedad que afectó a toda la Alta Edad Media. El concepto del tiempo también se vio influido por ello y la sociedad campesina regía su vida por un calendario agrícola, basado en los ciclos naturales de las estaciones.

La venta de los excedentes agrarios y el aumento de la población facilitaron el desarrollo de núcleos urbanos que se consolidan gracias al éxodo de los habitantes del campo a la ciudad.

A partir del siglo X, comienzan aparecer en Europa nuevas ciudades y a revitalizarse otras que ya existían desde época romana, pero cuya vida urbana había permanecido latente durante siglos.

El tiempo de la Iglesia y el tiempo del trabajo en la ciudad medieval

En un primer momento, la medida del tiempo siguió ligada a la naturaleza. Los relojes de sol o de arena, la clepsidra, o las velas eran instrumentos muy rudimentarios para calcular el tiempo, que durante siglos estuvo en manos de la Iglesia. Ésta había fomentado el contraste que suponía el día y la noche, la luz y la oscuridad, identificándolos con el bien y el mal. La medida de tiempo a través de las horas canónicas y los toques de las campanas, hacía que todos los días parecieran iguales. No servía para la nueva sociedad urbana, que necesitaba más precisión para ciertas operaciones comerciales.

La aparición de una burguesía urbana, que basa su economía en el comercio, necesitaba controlar el tiempo de una forma más rigurosa. Para el mercader y, sobre todo para el prestamista, la medida del tiempo formaba parte de su trabajo, como una mercancía más. Las autoridades eclesiásticas les reprochan que intentaran controlar el tiempo, que pertenecía de Dios.

Comienza así, como nos dice Le Goff, una guerra no declarada entre la Iglesia y la burguesía que, con la ayuda de los progresos tecnológicos y la aparición del reloj en las ciudades, modifica el ritmo del tiempo. “El tiempo se hace laico, tiempo de los relojes de las torres o atalayas, que se consolida frente al tiempo clerical de las campanas de las iglesias” (“La civilización de Occidente medieval”, 2002, p. 155).

El reloj en la Edad Media

En el siglo XIII, el rey castellano Alfonso X el Sabio en su obra “Libros de los relogios” incluida en los “Libros del Saber de Astronomía” describe cinco tipos de relojes: el reloj de la piedra, que no era más que uno de sol; el reloj de agua o clepsidra; el reloj de candela, una simple vela de cera con una larga mecha que duraba toda una noche; el reloj de mercurio o relogio del argent vivo, en esencia una clepsidra con mercurio, plata viva, como se denominaba entonces; y por último el reloj de palacio de las horas, un sistema muy ingenioso de medida del tiempo, que seguramente nunca llegó a construirse y que consistía en un enorme reloj de sol del tamaño de un edificio circular con doce aberturas o ventanas por donde entraría sucesivamente la luz que incidiría reflejada en el suelo.

Todos ellos eran artefactos poco fiables a la hora calcular con precisión el tiempo en las ciudades, que no obstante seguía marcado allí por unas campanas que no sonaban para indicar los momentos de rezo, sino los tiempos de trabajo. Comenzaban su repicar al comienzo de la jornada y volvían a sonar a la hora de la comida y después del tiempo de descanso, para volver a tocar cuando el trabajo terminaba.

Esta campana de trabajo en las ciudades supuso un avance, pero los comerciantes y artesanos necesitaban una forma de medirlo con mayor exactitud.

El reloj en la ciudad en la Baja Edad Media

Se denominaba horologium a cualquier artefacto capaz de medir el tiempo, pero ello no fue posible con cierto rigor hasta el desarrollo del mecanismo de escape que dio paso a los primeros relojes mecánicos. Éste sistema se basaba en el bloqueo y liberación de la rueda del reloj que dirige el movimiento y que produce su peculiar sonido, el tic-tac.

Estos primeros relojes proporcionaban al trabajo un sentido matemático y un marco temporal. En amplias zonas de Europa se estableció la hora de 60 minutos que equivalía a la vigésimo cuarta parte de una jornada. Sin embargo aún no tenían la precisión exacta requerida, ya que la temperatura afectaba a la expansión y contracción de sus piezas metálicas y hacía que sufrieran variaciones de 15 a 30 minutos al día, por lo que era necesario regularlos diariamente.

Es imposible adjudicar a un reino o país el invento o instalación del primer reloj público. Los primeros relojes comunales debían ser mecanismos muy simples que carecían de esfera y seguían informando de la hora a través de las campanas.

Sabemos que durante los siglos XIV y XV aparecen relojes mecánicos en muchas ciudades de Alemania, Francia e Inglaterra. En Italia, fue Milán la primera en instalar uno en la torre del campanario de San Eustorgio en 1309.

Cincuenta años después, la torre del palacio de la Cité de París luce el primer reloj público de la ciudad gracias a la iniciativa del rey Carlos V de Francia. Este reloj aún se conserva, al igual que el de Praga, uno de los más famosos de Europa. Se trata de un reloj astronómico, denominado familiarmente “Orloj” por los checos, que fue realizado alrededor de 1486 por Nicholas de Kadan y Jan Sindel. Consta de un reloj que marca la hora e informa de la posición del sol y la luna en el cielo; un calendario circular con la representación de los meses de año y un sofisticado mecanismo que permite, desde el siglo XVII, la aparición de las figuras de los doce apóstoles cada mediodía.

El relojero medieval

La aparición de los relojes comunales en las ciudades dio paso al nacimiento de un nuevo oficio, el de relojero.

Era un artesano especializado que debía trabajar no sólo con materiales como madera, hierro, o latón, y hacerlo con exactitud, sino que también debía saber leer y escribir así como tener conocimientos astronómicos. Realizaba un trabajo de precisión para diseñar el diámetro de las ruedas dentadas y piñones que componían el mecanismo de los relojes y gozaba por ello de una posición ventajosa en relación a otros trabajadores que también participaban en la fabricación de un reloj, como los carpinteros, los herreros o los que fundían las campanas.

Como experto recibía un buen salario por su trabajo de hasta 2.000 maravedís. Es el caso del relojero que trabajaba para el ayuntamiento de Segovia a finales del siglo XV (M. Asenjo González, Segovia. “La ciudad y su tierra a fines del Medievo”, 1986,p. 454)

Algunos relojeros famosos a finales de la Edad Media fueron el italiano Giovanni Dondi, quien en 1364 construyó el primer reloj astronómico del mundo; el abad de Saint Albans, Ricardo de Wallingford que también fabricó uno para su monasterio en el siglo XIV, o el alemán Peter Henlein, quien en 1505 realizó relojes tan pequeños que podemos considerarlos los primeros mecanismos “de bolsillo”. Fueron llamaron “relojes de saco” pues se llevaban dentro de uno, siendo denominados también “huevos de Nuremberg” por su forma redondeada. Tenían poca precisión y tan sólo una autonomía de 40 horas.

A partir del siglo XVI, algunos personajes acaudalados y de la aristocracia presumían de tener un reloj en su domicilio, aunque no dejaba de ser una rareza y eran considerados más un juguete que un instrumento de precisión.

De hecho, el hombre del Renacimiento, a pesar de los avances técnicos en cuestión del cálculo temporal, sigue rigiendo su vida diaria por las campanas, no siendo hasta años después cuando desprenda su rutina del tiempo natural.