La Noche Triste

Se llama Noche Triste a la noche de lucha sin cuartel entre los españoles y sus aliados tlaxcaltecas, que huían de Tenochtitlán, la capital del imperio mexica en la que se hallaban sitiados, y la población local. El episodio se saldó con la muerte de la mitad de los invasores extranjeros, siendo heridos otros muchos y perdiéndose gran parte del botín obtenido hasta entonces. Es verosímil que Cortés se quedara momentáneamente atrás para hacer recuento. Sería en ese momento, al constatar la magnitud del desastre, cuando lloraría bajo el ahuehuete, tal como relatan numerosas fuentes.

El sueño de Cortés

Lo había tenido tan cerca... Lo había acariciado con la punta de los dedos. Un fin de fama y fortuna como tantas veces había fantaseado de muchacho en Extremadura y ya hombre en América, ennoblecido, fabulosamente rico, virrey de las vastas tierras conquistadas, a la altura de los más encumbrados magnates de la corte y aun del mundo. Hidalgo pobre en Medellín, breve estudiante en Salamanca, escribano en La Española, protegido del gobernador de Cuba, hacendado y armador acaudalado, primer alcalde de Santiago... Todo había sido una lenta preparación para el gran momento.

Al sueño que se desmoronaba con cada soldado reventado que pasaba frente a él no le había escatimado nada: su fortuna, la lealtad a su valedor, el amor de su mujer, una vida cómoda y resuelta. Le había dedicado lo mejor de su capacidad diplomática y -para sorpresa de muchos- militar. Había sorteado un obstáculo tras otro antes incluso de partir: conspiraciones, desánimo, motín, el desafío de incontables enemigos en un país jamás hallado por hombres de su mundo. Había navegado de Cuba a Yucatán y de allí a Veracruz, y luego recorrido por tierra, día a día, paso a paso, el largo camino hasta Tenochtitlán, la ciudad en la laguna cuya magnificencia enmudecía incluso a los que habían visto Nápoles y Constantinopla.

Con apenas cuatro centenares de hombes, sin sangre, había ganado la capital de un imperio gigantesco, en un alarde de audacia y mano izquierda que en su sueño los poetas narrarían en romances mucho después de su muerte. Mas su sueño se desvanecía allí, ante sus ojos, en la retaguardia de una hueste no ya derrotada, sino absolutamente aterrada.

La puñalada por la espalda de Alvarado

No era culpa suya. Había dejado todo bien atado cuando salió a cortarle el paso a Narváez. Fueron sólo unos días, pero cuando regresó, victorioso, su cuidadoso montaje se había venido abajo. Los tlaxcaltecas le habían calentado las orejas a Alvarado con el cuento de un complot para exterminarlos. El capitán en funciones se había puesto nervioso y, sin más, había pasado a cuchillo centenares de nobles mexicas en medio de una ceremonia.

Alvarado era así. Cruelmente expeditivo. Quizás delegar el mando en él fue la única decisión equivocada de Cortés hasta entonces. Probablemente esta idea le pasó por la cabeza mil veces, y también en aquel preciso momento, detrás del gran árbol. Por desgracia, la cosa no tenía vuelta de hoja. Moctezuma, el escudo que los protegía, había muerto. Cercados por todas partes, sin víveres ni agua, lo único sensato era huir del palacio de Axayacatl. Habían salido con extremo sigilo al amparo de la noche, sin hablar, sin tintineo de armas, sin ruido de cascos. Una vieja insomne había dado un grito. Luego, el horror, aquella noche de pesadilla que ninguno olvidaría.

Ahogados por el peso de la conquista

Manos invisibles agarraban a los invasores para tirarlos al agua. Surgían de la oscuridad a millares. Los cogían de las piernas, de los brazos, de la cintura. Los empujaban, los golpeaban, los arrastraban al líquido. No había sitio para revolverse, no se veía al enemigo, no se sabía en quién se clavaba la daga. El pánico comprimía a todos los fugitivos en el centro de la larga pasarela de tablas.

Los mexicas retiraron las esclusas móviles que permitían desplazarse en bote por la laguna, creando huecos en la pasarela por los que los españoles y sus aliados, avanzando a ciegas en la oscuridad, caían al agua. El peso de la coraza, de las armas, del botín, hacía a los soldados españoles presa fácil. Algunos se ahogaron. Los que lograban encaramarse de nuevo a las tablas encontraban nuevas manos palpando el aire, buscando asirse.

Una noche interminable

Así pasaron la noche entera, forcejeando con enemigos sin rostro, lanzando estocadas al aire, un tramo de tablas tras otro y otro. Lucharon hasta la extenuación, incluso los moribundos. Nadie ignoraba qué destino aguardaba a los prisioneros. En la plataforma de la pirámide truncada, un cuchillo de obsidiana desgarraría el pecho, una mano con sangre seca en las uñas arrancaría el corazón y lo elevaría en ofrenda a Huitzilopochtli. Después, el brujo cortaría brazos y piernas que la población de la capital comería; el tronco, considerado impuro, sería arrojado escaleras abajo y alimentaría las fieras del zoo imperial. Sus propios aliados hacían lo mismo en Tlaxcala. Nadie quería ser capturado vivo.

Cuenta la leyenda que el último en abandonar la laguna fue Alvarado, el causante del desastre, que en la hora suprema salvó la vida utilizando una pica a modo de pértiga para saltar sobre el último hueco de la mortífera pasarela de tablas. Cortés seguramente secó los ojos con la mano sana antes de abandonar el cobijo del gran árbol y volver al camino. Quedaba mucho por andar, y deprisa. Los restos de su paño de lágrimas, el poderoso ahuehuete, muerto hace tiempo, también denominado sabino o ciprés mexicano, hoy árbol nacional, descansan en Popotla, en la calzada México-Tacuba, antes, hace medio milenio ya, Tenochtitlán-Tlacopán, cuando los habitantes del lugar, que por su longevidad y naturaleza proclive a la humedad lo llamaban en náhuatl “viejo del agua”, perseguían a unos invasores extranjeros y un conquistador español lloraba de pena y miedo bajo sus hojas.