El arte experimental, como a dado en llamársele a ciertas corrientes vanguardistas, ha existido por los siglos de los siglos, ha alarmado a mentes retrógradas de todos los tiempos, no es una invención de la pasada centuria. En él se han amparado personas con inquietudes diversas ajenas a los cánones académicos de la época, meros negociantes del arte, ineludibles mediocres y grandes genios no reconocidos por sus contemporáneos y que han sobrevivido más allá de sus críticos. En esta época, como en todas, el arte está poblado de esa fauna.

El arte, expresión de la sociedad

Heinrich Füseli afirmaba que en las sociedades con un alto sentido de la religiosidad el arte produce reliquias, en aquellas que están signadas por la guerra produce trofeos y en las comerciales artículos de comercio. Según este precepto, en toda sociedad el arte se expresa en correspondencia con el sistema dominante.

El arte contemporáneo, la pluralidad y lo efímero

En sociedades más heterogéneas y abiertas, como la mayoría de las actuales, esta interrelación no se hace evidente, se diluye hacia tendencias más puntuales, individuales.

La humanidad está signada como nunca antes por las sociedades de consumo (o más bien, por la sociedad de consumo, pues todos los países e individuos están inmersos en ella), por la propaganda de los medios de comunicación masiva (controlada por intereses económicos o políticos), por el desarrollo tecnológico.

Por tanto es inevitable que el arte mute, regida como siempre, por la sociedad en que se desarrolla. No se puede negar la realidad, ni evadirse de ella, incluso aunque se reniegue de su esencia. El desarrollo está ahí, la tecnología está, están los medios, ellos de modo inevitable son parte de la cultura moderna, de ellos también se alimenta el arte.

El hombre moderno o (para aceptar los términos) posmoderno es un ser que vive en un mundo más agitado que el de todos sus predecesores. Vive en un mundo cada vez más efímero, lo que hoy era eterno, o nuevo, mañana es desmentido, mejorado, sustituido. Es lógica entonces esa agitación, esa constante búsqueda de la verdad, ese aferrarse a cualquier cosa, o no tener donde aferrarse, ese experimentar interminable.

El totalitarismo político y económico y la manipulación de los medios

Por tanto, estas tendencias totalitarias en la actualidad no existen ya prácticamente a nivel de la creación, sino, más bien, a nivel de la difusión.

Uno de los principales criterios esgrimidos en contra del posmodernismo, es que el arte, como muchas otras cosas, está mediatizado y tamizado por los medios de difusión y propaganda, que nos ofrecen, muchas veces, diríase, mayoritariamente, productos artísticamente inciertos y manipulados por intereses que van más allá del arte.

Pero es lógico que, dado el desarrollo humano actual, el avance en la tecnología de las comunicaciones, estos tengan un papel preponderante en la promoción (por usar un término de moda) del arte. El verdadero problema radica en que estos medios están mayoritariamente en manos de los gobiernos y las empresas, es decir, en manos de intereses políticos y económicos y no en poder de los creadores.

Todo esto es verdad, pero ello no significa que el arte actual esté en crisis, eso sería algo así como afirmar que la ciencia actual va en retroceso, solo por el análisis del mal uso que de ella se hace en contra de la existencia humana. Los científicos siguen descubriendo, creando; son otros los que se empeñan en envilecerla.

La tolerancia respecto al arte moderno

Habría entonces que detenerse a analizar de un modo serio, responsable y sobre todo desprejuiciado y tolerante, las nuevas propuestas artísticas. Descubrir dentro de todas esas propuestas inquietantes, por su aparente novedad, los frutos hechos, incluso las semillas, dentro de la hojarasca.

La música hecha por sintetizadores, el arte digital, virtual, los hipertextos, los performances, las instalaciones, el arte efímero, son propuestas condicionadas por la realidad que deben asumirse y valorarse como tal.

Aquellos que valoran el arte sin dobleces, sin segundas intenciones, o baste decir sencillamente: aquellos que valoran el arte, deben elevarse sobre la hipermetropía de la mediocridad, deben aprender a apreciar lo que se muestra ante sus ojos, catar con acierto el sabor de los contemporáneos, sin demeritar nunca lo pasado, y tomándolo siempre no como paradigma, sino como experiencia; deben, en fin, sumergirse desinhibidos en el río de Heráclito, pues todo intento por preservar a ultranza el pasado es irracional, y en este empeño solo se logra preservar sus vicios, agravados por el tiempo.