La supervivencia es uno de los instintos más arraigados y poderosos del ser humano. El suicidio, convertido en su contrapunto más extremo, nos enfrenta a incómodas contradicciones que dificultan su ubicación en un contexto comprensible.

Desde diferentes ámbitos se ha tratado de explicar un comportamiento que, incluso para quien lo explica, alberga demasiadas connotaciones que atentan contra su propia concepción de lo explicable, cayendo, en consecuencia, en definiciones genéricas que no siempre se adecúan a la verdadera naturaleza de un acto cuyos orígenes y circunstancias adicionales van más allá de un mero cuadro clínico.

Definición del suicidio

La definición de suicidio ya la encontramos en su raíz latina sui caedere, “matarse uno mismo”. Pero no es tan sencillo. El suicidio, como tal, es un acto en sí mismo; es decir, no obedece a ninguna otra causa que no sea la determinación de quitarse la vida. Puede parecer algo redundante, pero se entiende mejor cuando se valoran actos como, por ejemplo, aquellos que llevan a cabo algunos mártires religiosos, los que van a la guerra a dar su vida por la patria, los que se sacrifican en emergencias o desastres o aquellos que se inmolan en virtud de una creencia fanática. Todos estos casos no deben contemplarse como actos suicidas, ya que el suicidio es un medio, no un fin en sí mismo.

Por otra parte, el suicidio está sujeto a distintas interpretaciones según sea la cultura desde la que se analice. Así pues, mientras que en ciertos lugares es aceptado como una salida honorable, en otros se considera un delito o incluso un pecado.

Trastornos psíquicos y suicidio

La enfermedad es un elemento intrínseco de la naturaleza humana, y como tal también se relaciona con el suicidio. Los trastornos psíquicos como las grandes depresiones, la esquizofrenia o el trastorno bipolar, entre otros muchos, son factores que pueden desembocar en el suicidio. Igualmente, en otro tipo de enfermedades como por ejemplo un cáncer sin posibilidad de recuperación, puede surgir la determinación a poner fin a una vida en la que sólo habrá sufrimiento.

Sin cuestionar que los trastornos psíquicos agrupan a un buen número de potenciales suicidas, hay dos puntualizaciones que deben ser tenidas en cuenta. En primer lugar el elevado número de individuos cuyo cuadro clínico no encaja (o no debería ser encajado) en el capítulo de trastorno psíquico y, sin embargo, no encuentran otra vía de escape que no sea el suicidio. Y en segundo lugar conocer la causa originaria del trastorno en sí, que es donde está instalado el problema y, por ende, donde también está la posible solución.

Estadísticas sobre el suicidio

Las estadísticas aportan una visión de conjunto y permiten hacerse una idea de la magnitud del problema, aunque bien es cierto que detrás de los números hay historias muy diversas.

Entrando en materia, es destacable que los hombres recurran al suicidio en un porcentaje que multiplica casi por tres al de las mujeres. Por lo que respecta a la edad, el mayor porcentaje suicida se halla en la franja de 60 años o más, aunque teniendo en cuenta la longevidad actual, cabría decir que resulta un tanto engañoso. A excepción de los mayores, es entre los 20 y los 39 años donde estaría situada la tasa más elevada de suicidios.

Hay otras estadísticas que enfocan un problema concreto, en este caso el abuso sexual infantil, y que permiten entender que el suicidio va inextricablemente unido a ciertas situaciones en las que una persona normal se rinde ante el peso abrumador de los hechos. Estas estadísticas, llevadas a cabo en personas que padecieron abuso sexual en su infancia, y efectuada sobre una muestra de 252 participantes, arroja las siguientes cifras: 145 han intentado suicidarse una o más veces y 107 nunca lo han intentado, lo que no implica que no hayan tenido ideas suicidas. Sobran las palabras.

Suicidio; las voces de la desesperanza

No es fácil explicar por qué alguien se suicida, pero si hubiera que recurrir a alguna palabra, esta sería esperanza. Cuando la esperanza desaparece, vivir carece de sentido. La soledad o la depresión, entre otros, también son argumentos para llegar a este estado de desesperanza.

Voces: “…no puedo más, no vale la pena seguir peleando por algo que nunca voy a lograr. Estoy cansada de intentar saltar barreras y tropezar siempre, de no conseguir levantarme. Ya no puedo más. No quiero seguir. Nada compensa el despertarme cada día y afrontar 24 horas una y otra vez. Simplemente quiero morirme, terminar definitivamente con todo. Es lo mejor para mí y para todos”.

El imaginario popular tiende a visualizar al suicida como una víctima de la desesperación, y si bien es cierto que la desesperanza más absoluta ha sido el camino por el que ha transitado, no lo es menos que la paz y la calma suelen estar presentes en el final.

Voces: “…me gustaría que os encargarais de que mi dinero fuese para ayudar a niños y personas que lo necesiten realmente. Gente sin recursos, gente que muchos dan por perdidos…

La idea del suicidio ronda a menudo en la cabeza de quienes no logran encontrar una salida, y aunque hayan tomado la decisión y lo tengan todo dispuesto, no siempre se lleva a cabo.

Voces: “Había escrito una carta de despedida, también encontré una manera de suicidarme sin sufrir y muy fácil, y lo preparé todo para terminar con mi vida... En ese momento, en el que sabía que si seguía adelante iba a morir y que no iba a fallar... en ese momento, decidí dejarlo para mañana...”

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