El autor Gilbert Durand en su libro Las estructuras antropológicas del imaginario trazaba todo el horizonte de las experiencias imaginarias del hombre a través de dos regímenes de símbolos: el régimen diurno y el régimen nocturno. Cada uno de ellos se relaciona con determinados esquemas gestuales: el primer régimen se corresponde con el esquema vertical y con la postura erguida del ser humano, mientras que el régimen nocturno comprende dos esquemas posturales: el digestivo y el copulativo, vinculado con los movimientos cíclicos de la experiencia sexual.

El régimen nocturno se diferencia del diurno por no ofrecer variantes antitéticas sino por conjugar diferentes valores en cada una de las imágenes que lo componen. Frente a la antítesis, propone la antífrasis a través de dos esquemas: el nocturno místico (vinculado a la postural digestiva) y el nocturno sintético o diseminatorio (vinculado a la dominante copulativa.

Régimen nocturno místico

El modelo nocturno místico sintetiza o eufemiza los símbolos expuestos en el régimen diurno, lo que permite una visión unitaria de fenómenos contrarios, como la muerte vista a modo de descanso o la tumba y la cuna como formantes del ciclo de muertes y nacimientos. El descenso (caída) en el régimen diurno y la ascensión hacia el conocimiento solar hallan aquí forma conjunta en el descenso iniciático y en el conocimiento a través de la profundización.

Si para el régimen diurno quedaban asignados conceptos masculinos como el poder, los atributos para la guerra, la conquista y la guerra, etc. (pero también la feminidad malvada en el grupo teriomorfo) ahora es la feminidad vista en sus valores de maternidad y solidaridad con el otro quienes dominan el régimen nocturno. La tierra como matriz del mundo, la germinación, la copa, la gruta, la crisálida... No se concibe la hostilidad monstruosa de los símbolos teriomorfos, como en un estado uterino en donde el ser ingresa en el mundo por identificación y no por la gran dicotomía entre el yo y el otro. Los símbolos de asimilación y cópula se organizan bajo esta postura digestiva.

Dentro de la tradición filosófica y religiosa, el pensamiento oriental responde mejor a estas nociones del mundo en versiones como el animismo o el budismo, en donde la falta de un Dios (Dios que se enfrenta al otro, a la otredad de su propia obra y que perpetúa la visión dicotómica de la realidad) permite una plena asimilación identificativa del cosmos. Todo proceso de iluminación budista pasa por abandonar el placer y el dolor, nirvana y samsara, y alcanzar un estado de plenitud en donde no sea concebible lo plural individualizado sino lo único múltiple.

Régimen nocturno diseminatorio

El régimen nocturno diseminatorio presenta a su vez dos posibles esquemas de organización: el esquema cíclico y el progresista, que surgen de aplicar la categoría de tiempo a los valores del régimen nocturno místico.

En el esquema cíclico todo está organizado de manera previsible, por lo que se niega el horror del tiempo que prevalecía en los esquemas diurnos. Aquí la luna sería el símbolo preeminente, con su período cíclico y bajo las coordenadas de un eterno retorno que redime de la putrefacción y la vejez. Del mismo modo. los períodos de nacimiento y acabamiento que se aparecen en la naturaleza cíclicamente hallan aquí su espacio simbólico. Un principio de alternancia rige la organización binomial del mundo, primavera-invierno, muerte-resurrección, pero sin los efectos excluyentes que en el régimen diurno organizaban la estructura simbólica de los fenómenos.

La angustia ante el tiempo desaparece no por ignorancia de él, como en el esquema nocturno místico, sino por cabal comprensión a través de los procesos astrobiológicos de la naturaleza y por la complementación de los opuestos.

La otra ordenación de símbolos perteneciente al régimen nocturno sintético o diseminatorio contiene los esquemas de progreso y maduración, en donde el símbolo del árbol destaca por encima de todos, así como el ritmo, el tambor, la cruz, etc., símbolos todos ellos relacionados con el esquema cíclico, pero que ofrecen extirpada la curva descendente de su periodicidad. Se trata principalmente de símbolos vegetales que hallan su maduración en el crecimiento, y cuya representación mítica es únicamente a mejor, sin la posibilidad de un envejecimiento o degradación final (régimen diurno) y no tipificados en períodos alternos de mejora y empeoramiento (nocturno cíclico).