El antropólogo francés Gilbert Durand definía las estructuras de la imaginación y del universo simbólico del hombre en relación a “gestos” y condicionantes posturales físicas del cuerpo humano, utilizando para ello algunas nociones de Jung (los famosos arquetipos), de Bachelard, Lévi-Strauss o Vladimir Bechterev. El primero de ellos estaría relacionado con la posición erguida del ser humano (la “dominante postural”, de la que hablaremos en estas líneas), junto con otro esquema postural en relación al descenso digestivo y a la interrelación del hombre con lo otro (ingesta, defecación, etc.), y un último grupo, el de los gestos rítmicos, naturalizado en las relaciones sexuales y proyectado imaginariamente en el ritmo de las estaciones o con analogías entre los movimientos de la respiración y del cosmos.

El primer gesto establecería un régimen de imágenes y símbolos llamado régimen diurno, frente al régimen nocturno, compuesto por los otros dos modelos gestuales.

El régimen diurno

La dominante postural, el primer gesto no por un orden de preferencia sino por una cuestión expositiva, se constituye por la propia verticalidad del ser humano. Los motivos simbólicos que surgen de esta variante postural se organizan en lo que Durand llama régimen diurno, un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas como son luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etc., que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad.

El lenguaje y su estructura de signos estarían condicionados por este tipo de estructuración. Los signos, tal y como lo define Saussure, establecerían igualmente esquemas opositivos y se reconocerían en función de las diferencias que los surcan. Así este pensamiento solar escinde, separa o discierne dentro de un caos indiferenciado y estructura en categorías y taxonomías nuestro modelo de realidad.

Esta organización binomial del mundo a través del régimen diurno de la imagen se establecerá de manera primordial en la metafísica de occidente y en su pensamiento logocéntrico, por decirlo con la terminología de Derrida, el cual determinará toda la filosofía desde Sócrates hasta Hegel.

La palabra y la espada

La espada sería el símbolo principal de este régimen. La espada corta y separa del mismo modo que cada palabra o signo se asegura en su funcionamiento de fundar las categorías diferenciales y las identidades. La espada pertenece al reino de la antífrasis, de las oposiciones entre la luz y la oscuridad, la figura y el fondo, y al mismo tiempo constituye el atributo del héroe, es decir, el símbolo del bien frente a las fuerzas del mal.

Gilbert Durand ve en esta organización del mundo a través de imágenes contrarias y esquemas opositivos una visión temporal del devenir humano que posiciona al hombre frente al tiempo imparable que irredimiblemente conduce a la muerte. Las imágenes de angustia y miedo se sitúan en este eje simbólico, organizado en tres secciones: símbolos teriomorfos (animales que amenazan al hombre por el paso del tiempo, la destrucción o la muerte, desde los más indefinidos como plagas a los individualizados como el caballo negro, el toro, animales nocturnos, etc.), símbolos nictomorfos (relacionados con la privacidad de luz, el abismo, el agua y el ahogamiento) y símbolos catamorfos (relacionados con la caída, como el Infierno, la enfermedad –caer enfermo–, el pozo, el pecado).

Símbolos todos ellos que aparecen acompañados de sus propios contrarios de ascensión (símbolos ascensionales, como los pájaros o los ángeles, pero también de poder como la corona o los cuernos), de luminosidad (símbolos espectaculares, como el sol, el ojo, el conocimiento) y la figura y atributos del héroe (símbolos diairéticos) que vence a los órdenes teriomorfos, nictomorfos y catamorfos a través del símbolo que caracterizaba este régimen, el de la espada.