Desde su aparición dentro del quehacer escénico, la figura del director mostró tener gran importancia para el desarrollo del teatro tal como lo conocemos hoy. Entre las principales áreas del trabajo de dirección encontramos lo que podemos llamar el diseño, la unificación, la conducción, el empuje y la observación.

Todos estos aspectos son esenciales, y el director debe dominarlos para lograr el espectáculo que está buscando. Abordemos cada uno de ellos con más detalle.

El diseño

El director tiene bajo su responsabilidad la mayor parte del diseño del espectáculo. Dependiendo de varios factores, tendrá o no un equipo de creativos a su cargo. Independientemente de esto, la dirección debe aportar la concepción básica del montaje: cómo se verá, cómo sonará, qué discurso persigue, qué elementos específicos requiere, etcétera.

Así como el director de orquesta tiene en su mente el sonido exacto de la sinfonía, el director de teatro tiene la idea clara —por lo menos, comunicable— de la obra que llevará a escena. Es él quien determina el mensaje que se trata de comunicar, y los medios concretos que serán el vehículo para comunicar dicho mensaje.

La unificación

La unificación comprende una de las tareas artísticas y mentales de mayor relevancia, y tiene mucha relación con la necesidad teatral que generó la figura del director. Aunque no se trata de un término técnico, o que pertenezca al lenguaje de esta disciplina, nos parece una buena forma de sintetizar la labor que describimos a continuación.

El director es la mente a través de la cual pasa toda la información, ideas y propuestas provenientes de un grupo de trabajo heterogéneo. Evidentemente, el trabajo teatral se hace en equipo, y cada proyecto se enriquece con las aportaciones de cada artista involucrado. Todos ellos —actores, escenógrafos, vestuaristas, tramoyistas, iluminadores, musicalizadores, etcétera— proponen ideas creativas y crean desde su área de quehacer escénico. Es por ello que se requiere de una visión que unifique el trabajo y filtre todas las aportaciones para dar coherencia y unidad al espectáculo.

La conducción

Es posible que suene redundante, pero el director dirige; es decir, toma bajo su responsabilidad definir el rumbo del montaje, y conducir con efectividad al equipo hacia allá. Es necesario, además, que comunique esta visión a todo el equipo.

Esto significa que el director asume un rol de liderazgo frente al equipo completo. Si bien, en el terreno profesional el director no tiene la última palabra —la cual tiene casi siempre el productor—, sí desempeña un papel decisivo en su contacto con cada uno de los artistas y técnicos involucrados en el montaje.

El empuje

El aspecto laboral nunca debe hacer mermar la naturaleza artística del teatro. Es decir, en el proceso de ensayos y creación teatral, el director debe impulsar y motivar al equipo a entregar lo mejor para la obra o espectáculo. Es cierto que se trata de un trabajo, en el mejor de los casos, pagado. Pero la visión no debe ser únicamente de dar resultados, sino de crear, de comunicar.

Es por ello que la actitud del director debe ser siempre de empuje, de vitalidad y entrega. Si se logra comunicar esto al equipo de trabajo, la puesta en escena reflejará esta actitud al espectador.

Resulta evidente que para contagiar energía, el director necesita comprometerse con el proyecto. Sin rebasar los límites racionales, debe apasionarse con su trabajo de modo que irradie esta pasión. De otro modo, es muy difícil conseguir un equipo entregado y creativo.

La observación

Se ha dicho que el director es un espectador profesional. En cierta forma, esto es verdad, y en ello radica la dificultad de dirigir y actuar al mismo tiempo. El director debe estar fuera del escenario para observar cada detalle del ensayo, del estreno, de la función. Esta observación cuidadosa y atenta le proporciona al director las bases para corregir, retomar o incluir propuestas al montaje.

El ojo del director se va educando conforme adquiere experiencia, y aprende, con el tiempo, a identificar los errores de manera precisa. También aprende a identificar y fortalecer los aspectos positivos en el desempeño de cada participante.

Para ser un buen director

En resumen, un buen director debe dominar el diseño, la unificación, la conducción, el empuje y la observación, como tareas fundamentales de su quehacer artístico. Evidentemente no hemos agotado aquí todos los aspectos de la dirección escénica, pero nos parece que son fundamentales para todo aquel que desee desempeñarse en esta área.