Hace ahora 24 años, concretamente el 17 de mayo de 1982, que la localidad salmantina de Alba de Tormes vivió uno de los sucesos más curiosos de los que han acontecido en la villa. Según recuerdan los habitantes del pueblo, alrededor de las cuatro y media de la tarde, más de un millar de albenses acudieron a la llamada de las campanas de las Madres Carmelitas. Esta llamada fue interpretada por todos como una amenaza. ¿Y por qué una amenaza? Muy sencillo. Por las calles comenzó a extenderse el rumor de que el Papa del Palmar de Troya (el Papa Clemente) había llegado a la villa con la pretensión de llevarse las reliquias de Santa Teresa de Jesús (uno de los tesoros más venerados por los albenses y que se encuentran en el citado convento). Además, se dijo que el ilustre religioso había insultado a la Santa, a las propias monjas y al verdadero Papa, Juan Pablo II.

Enfrentamiento con una hermana

Clemente Domínguez se había enfrentado en el interior del templo con el prior carmelita mientras éste realizaba sus oraciones y hablaba a los integrantes de una excursión que visitaba el concurrido lugar que acoge los restos de la Santa. No contento con ello el Papa Clemente dijo a los visitantes que para qué esperaban la llegada de Juan Pablo II, si el Papa era él mismo, tal y como comentó Florentino Gutiérrez, párroco de Alba de Tormes.

Discusión y forcejeo sin consecuencias

Tras estas palabras, se produjo una discusión y un forcejeo, en la que no pasó nada gracias a la intervención del grupo de turistas catalanes, el carmelita salió a la calle, algo sofocado y pidiendo ayuda. El droguero que contaba con un establecimiento al lado del templo, decidió cerrar la iglesia con todo el séquito dentro y comenzó a tocar la campana. A partir de ese momento las cosas se complicaron. El séquito del Palmar consiguió llegar a sus coches, que había introducido en la plaza de Alba tras retirar una señal de prohibición. Los vecinos ya habían llegado e intentaron volcar los automóviles. Un 1430 de color beige y un 132 negro con el Papa Clemente ya en su interior.

El alcalde pide calma a los vecinos

Florentino Gutiérrez, y el entonces alcalde, Román Acevedo, encaramados sobre el coche, intentaron poner calma entre los vecinos, que finalmente lograron volcar los vehículos y golpear a Clemente y sus acompañantes, mientras que aseguraban que tenían que haberlos dejado matar, porque "insultar a la Santa es como insultar a nuestra madre". La Guardia Civil transportó finalmente en un coche a los nueve peregrinos para ser atendidos de las heridas.

El coche fue tirado el río por los vecinos

Poco más tarde, el pueblo, aún unido en la lucha, desenganchaba de una grúa uno de los dos coches, el de color beige, y lo empujó desde el petril del puente para tirarlo al río. Una vez en la orilla. un vecino le prendió fuego. Los habitantes contemplaron como ardía el coche y quedaba hecho chatarra. Entretanto, Clemente y su séquito regresaban a Sevilla en taxi.