En un artículo anterior se analizaron tres relatos en relación a la doctrina panteísta, en la cual Dios es el universo mismo, y cada parte es el todo y viceversa. En este segundo artículo se analiza el panteísmo en los cuentos La escritura del dios y El Zahir, pertenecientes al libro El Aleph, y el cuento El acercamiento a Almotásim, perteneciente al libro Historia de la eternidad.

El acercamiento a Almotásim

Algo similar sucede en El acercamiento a Almotásim, relato perteneciente al libro Historia de la eternidad. Aquí Borges cuenta el argumento de una novela en la que un estudiante de derecho de Bombay emprende “la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras”. La novela es una progresión en el nivel de claridad y reflejo que encuentra en cada persona que entrevista. Finalmente el estudiante llega al umbral del cuarto donde está Almotásim, descorre la cortina y entra, y la novela concluye.

Ahora bien, Borges nos dice que esta novela termina cayendo lamentablemente en una alegoría de la búsqueda progresiva de la iluminación y la espiritualidad. Sin embargo, nos hace notar que Almotásim es también un peregrino, y un peregrino buscado por otro peregrino. Y solo en la nota final al pie de página, Borges nos deja la idea más interesante que plantea el argumento de la novela apócrifa en un pequeño resumen de un poema, ya no apócrifo, al que ha hecho referencia. En el poema, el remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer una pluma en el centro de la China. Treinta pájaros deciden ir a buscarla; el nombre Simurg quiere decir treinta pájaros: la divinidad y sus peregrinos son la misma entidad. O sea, el peregrino y Almotásim son la misma persona y ambos son todos los hombres.

La escritura del dios

En La Escritura del Dios el héroe está encerrado en una profunda cárcel de piedra, la cual comparte con un jaguar del que lo separa un muro con barrotes en su parte inferior. Al estar aburrido, decide buscar en sus conocimientos la escritura del dios, y la encuentra en la piel de su compañero de celda. Al descubrirla, él ve y comprende todo el universo al mismo tiempo: “Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé si estas palabras difieren)".

Al comprender y saber absolutamente todo, el protagonista pierde su identidad, porque ahora tiene todas. Posee todas las personalidades, hechos, causas, efectos y vidas del universo, por lo tanto es todos y todo, por lo tanto es nadie. Finalmente decide no pronunciar la frase que lo convertiría en Dios: “Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él.”

El Zahir

En El Zahir, en cambio, el universo se ve reflejado en una simple moneda. El Zahir proviene del Islam y se le dice a “los seres o cosas que tienen la terrible virtud de ser inolvidables y cuya imagen acaba por enloquecer a la gente”. También es uno de los noventa y nueve nombres de Dios, por lo tanto si es Dios, es el universo. Así el narrador, el mismo Borges, no puede dejar de pensar en la moneda hasta el punto de no pensar en nada más. Su realidad es esa moneda, que representa toda la creación. Y así como un objeto puede reflejar el universo, también una acción: “...no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas.”. La última frase resume la ideología panteísta de este relato: “...quizá detrás de la moneda esté Dios.”

Jorge Luis Borges sabía que el universo, una vida o una identidad son inabarcables, por lo que decidió, fiel a la doctrina panteísta, representar cada uno de ellos mediante un solo símbolo: una noche, una rueda, una moneda, un punto, un cuento.