El filósofo francés Michael Foucault, en sus libros Las palabras y las cosas: Una arqueología de las ciencias humanas, y La arqueología del saber, insistía en la necesidad de hacer una “arqueología” de las palabras que permitiera entender la raíz del lenguaje y de allí comprender el origen de los prejuicios y preconceptos, que de un modo u otro han configurado la existencia humana.

La realidad del lenguaje

El lenguaje no es neutral. Toda palabra está cargada siempre de una historia.

Cada expresión fue creada en algún momento y con una intencionalidad definida. Descubrir las ideas subyacentes al origen de un vocablo es una tarea apasionante que lleva al investigador por las sinuosas arenas del tiempo, de las ideologías y de los ismos que hacen de la vida humana un continuo movimiento.

El origen de la expresión femenino

La expresión “femenino”, de donde derivan “femineidad”, “femenina”, “feminismo”, “femina”, "feminista", etc. tiene un origen particular que se enlaza con una determinada perspectiva teológica enraizada en ideologías y conceptos derivados de manera indirecta de una interpretación sesgada del texto bíblico.

La expresión “femenino” fue creada en la Edad Media para expresar lo que se consideraba una diferencia esencial y radical en la naturaleza de la mujer.

El vocablo viene del latín femina, una expresión compuesta por fides, que se traduce “fe”, y minus, literalmente, “menos”. Como señala la teóloga alemana Uta Ranke-Heinemann, en su libro Eunucos por el Reino de los Cielos: Iglesia Católica y Sexualidad la traducción literal del término sería “la que tiene menos fe”.

Las implicaciones de esta traducción son que la mujer por “no ser semejante a Dios”, tiende a conservar menos fe, por lo tanto es “proclive a la incredulidad”, según el análisis de Ranke-Heinemann.

Raíces de una interpretación ideológica

La raíz de esta interpretación ideológica viene de un análisis superficial de la Biblia, especialmente del texto de Génesis 1:26-27.

En la interpretación medieval, sólo el varón sería la “imagen de Dios” y en ese caso, la mujer, por su misma esencia no podría ser similar a la divinidad, concebida en términos masculinos. Por lo tanto, la mujer tendría en consecuencia “menos fe”, es decir, sería un ente “fe-minos” (femenino).

Esta interpretación sirvió durante siglos para discriminar a la mujer sólo por ser mujer. Sin embargo, dicha conclusión no se sustenta en un análisis serio del texto bíblico.

Una interpretación no sesgada por la discriminación

El texto sobre el cual se basa la mala interpretación medieval dice en la versión de la Biblia de Jerusalén:

"Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó".

Es claro que en Génesis 1:26-27 varón y mujer están un plano de igualdad. Tanto el varón como la mujer son imagen de Dios. Ambos recibieron las bendiciones que están relacionadas con ser imagen de Dios.

El varón y la mujer reciben la “potestad” de señorear sobre todo lo que existe. Génesis 1 presenta al ser humano –varón y mujer-, "como la cumbre del proceso creativo divino”, en el decir del teólogo argentino Esteban Voth, en su libro Génesis.

Por la forma en que los versículos son presentados, la humanidad compuesta por dos sexos diferenciados, ocupa un lugar único dentro de la creación.

El paralelismo de Génesis 1:27 apunta a que la humanidad consiste en una unidad bisexual compuesta de varón y mujer y que juntos forman la imagen de Dios.

En ninguna parte del texto se sugiere de ningún modo que la calidad de “imagen de Dios” es distinta en el varón en relación a la mujer. Ambos poseen la misma dignidad intrínseca. El texto enfatiza por un lado la diversidad de la humanidad, pero, también su unidad.

Katherine M. Haubert, en su libro La mujer en la Biblia sostiene que: “Como complemento uno del otro, y en relación uno con el otro, los dos -varón y mujer- son necesarios para reflejar la imagen de Dios”.

Consecuencias de un vocablo discriminador

Cuando se creó el término “femenino” se introdujo arbitrariamente un componente discriminatorio en la interpretación del texto bíblico lo que derivó en una discriminación de hecho hacia la mujer, al menos, desde la perspectiva religiosa.

Lamentablemente esta tendencia discriminatoria vino de la pluma de teólogos que supuestamente estaban llamados a defender la pureza del texto bíblico y a exaltar la dignidad de la humanidad, sin importar la sexualidad.

No es de extrañar que muchas mujeres hayan reaccionado intempestivamente contra la teología cristiana proponiendo nuevas formas de mirar los estudios teológicos. Los varones reaccionaríamos de igual modo si se nos discriminase a partir de nuestra sexualidad.

Conclusión

Depurar el lenguaje de connotaciones sexistas es el primer paso para lograr que efectivamente las palabras reflegen la dignidad intrínseca tanto del varón como de la mujer.