El punto de partida de este proceso fue 1789. Pese a los acuerdos contraídos en el Congreso de Viena, las ideas gestadas en la Revolución Francesa evolucionaron. Así, el liberalismo y el nacionalismo adquirieron matices para acabar definiéndose como elementos fundamentales de los estados liberales desde 1871, a partir de la formación de Italia y Alemania.

La envergadura del cambio es tan importante que muchos historiadores lo identifican con el inicio de la Edad Contemporánea:

  • Condorcet fue el primero en realizar esta propuesta (1793) al situar el punto de inflexión el 1789.
  • Barraclogh, en Introducción a la Historia Contemporánea retrasa la fecha hasta el periodo de los imperialismos y lo justifica por la persistencia de las estructuras del Antiguo Régimen.
  • Para Eric Hobsbawn el nuevo modelo se origina tras la Primera Guerra Mundial.
En todo caso, generalmente se acepta que el Antiguo Régimen desapareció de Europa a lo largo del s. XIX como consecuencia de las denominadas Revoluciones Burguesas o Atlánticas.

Fundamentos de los nuevos estados: liberalismo y nacionalismo

El liberalismo fue la ideología fundamental en el desarrollo de los estados europeos del s. XIX. Se basa en las ideas de la Ilustración y dio cobertura a los intereses de la clase burguesa. Entre muchos filósofos e intelectuales destacan en la fundamentación ideológica del nuevo sistema autores como: Hobbes, Locke, Rousseau, Montesquieu, Adam Smith o Malthus. Antítesis del Antiguo Régimen, el liberalismo confía en la razón y ansía el ideal de libertad mediante:

  • La libertad individual amparada en los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
  • El estado constitucional con separación de poderes.
  • El sufragio que asocia el individuo con el ejercicio del poder.
La burguesía, asociada al liberalismo, se impuso primero en Inglaterra y después en Europa, desde mediados del s. XIX. El espíritu burgués, de naturaleza práctica, es proclive a conciliar intereses y principios:

  • En política, autoridad y libertad.
  • En economía, libre empresa y proteccionismo.

El liberalismo se vuelve conservador

El liberalismo de primeros de s. XIX repudia tanto a los legitimistas monárquicos como a las interpretaciones radicales de la herencia revolucionaria. Hasta 1870 temen la aplicación de la democracia política y social defendida por intelectuales radicales, pequeña burguesía y proletariado que, en cierto modo, convergen a final de siglo en los movimientos sociales ligados al socialismo. En este contexto, el liberalismo se vuelve conservador.

El nacionalismo

El nacionalismo también surge con la Revolución Francesa. Su difusión rompió la cohesión de los imperios europeos y otomano y, en consecuencia, el equilibrio acordado en el Congreso de Viena.

Jean Heffer y William Serman en su obra "De las revoluciones a los imperialismos" definen el concepto “nación” como la existencia de comunidades culturales, es decir, comunidades históricas conscientes de su originalidad. Estos autores afirman que el cambio de "nacionalidad" (entidad sociocultural) en" nación" (entidad sociopolítica) ocurre cuando se crean órganos autónomos de gobierno o un estado nacional.

Naciones y nacionalidades en 1815

En el mapa europeo estados y naciones no coinciden en 1815. Las colonias americanas están sometidas a la metrópoli, Irlanda a Inglaterra, Noruega a Suecia, Schleswig y Holstein a Dinamarca y múltiples nacionalidades a los imperios existentes. Además, en los casos de Italia y Alemania la nación está dispersa. Así, el problema nacional tiene matices diferentes según el caso y, por tanto, demandas diversas: independencia o autonomía, unificación o ambas.

Las concepciones liberales y democráticas de la nación

Para Heffer y Serman esta perspectiva predomina en los países que sufrieron la influencia de la Revolución Francesa. La lengua, la religión y las tradiciones integran la comunidad nacional pero no se consideran ni suficientes ni necesarios para el nacimiento de una nación. Su existencia depende de la conciencia y voluntad de los hombres que la componen y que expresan su deseo mediante el sufragio.

La concepción nacionalista germánica

Las doctrinas que hacen de la nación una realidad superior al individuo preponderan en el mundo germánico. J. G. Herder describe la nación como un ser vivo y destaca el Volksgeist definido como el espíritu del pueblo que se materializa a través de la lengua. Defiende que todos los que hablan una misma lengua deben formar parte de la misma nación. En este sentido, hay autores que lo relacionan con el romanticismo a causa de la búsqueda de la pureza de la lengua en un pasado mitificado.

Origen del racismo

Aunque asimilar la raza a la nación no se sostiene científicamente (se interpretaron de forma perversa las teorías darwinistas), la idea se extendió en la 2ª mitad del siglo junto a los mitos del racismo: la existencia de razas superiores e inferiores. También, la pertinencia religiosa se convirtió en un factor nacional. Chamberlain no concibe una Alemania no luterana.

La contaminación del significado de la religión, raza y nación desembocó en la difusión de persecuciones de minorías. De esta forma, entre otros, creció el sentimiento antisemita que fue especialmente intenso en Rusia y Alemania. En Francia el caso Dreyfus enfrentó a nacionalistas radicales con el estado liberal y democrático.

El crecimiento industrial y la expansión colonial transformó el nacionalismo en imperialismo. Así, entre 1890 y 1914, el nacionalismo se radicalizó estimulado por la rivalidad imperialista.