La Naturaleza es un majestuoso arsenal de prodigios e incógnitas. Cada uno de los infinitos enigmas que alberga es, en sí mismo, motivo suficiente para respetarla y para que los humanos sintamos orgullo por formar parte de ella.

Narval, un animal mitológico

El Océano Glacial Ártico, considerado por muchos tan sólo un brazo del Atlántico, cobija desde hace medio millón de años en sus gélidas aguas la aventura evolutiva de un cetáceo de características inherentes a la fabulación mitológica.

Los fiordos y bahías de las costas de Canadá y Groenlandia, así como la bahía de Baffin, lugar a donde migran en invierno, son los enclaves jurisdiccionales de estos singulares mamíferos llamados narvales que, afortunadamente, no están en peligro de extinción. ¿Pero qué es lo que les hace ser tan extraordinarios?

Son cetáceos relativamente pequeños, recios, similares a la beluga por la prominencia de su frente y por la ausencia de aleta dorsal. Un macho adulto puede medir hasta cinco metros y medio de longitud, mientras que las hembras son algo más pequeñas... Y es precisamente una diferencia existente entre los machos y las hembras lo que convierte a estos seres en leyenda.

El cuerno del narval, el unicornio marino

Los narvales sólo tienen dos dientes, los incisivos de la mandíbula superior. Los de la hembra son poco visibles; en cambio, mientras el incisivo derecho de los machos es igualmente inapreciable, el izquierdo crece descomunalmente hasta formar una especie de cuerno que puede alcanzar una longitud de 3 metros.

La existencia de este imperial colmillo es un misterio que sitúa en la cuerda floja a todos los preceptos comúnmente aceptados referentes a los dientes de los mamíferos. Su singular trazado en espiral (similar a la broca de un taladro) y su grado de asimetría respecto al colmillo izquierdo son propiedades contundentemente excepcionales.

El colmillo del narval

El insigne Charles Darwin y uno de los más tenaces exploradores del Ártico, William Scoresby, coincidieron en señalar que el famoso colmillo del narval macho difícilmente puede estar relacionado con algo que no sea una mera “condición sexual”, a la manera de la melena del león, por poner un ejemplo. Darwin sostenía que “cuando en cualquier especie los machos están provistos de armas que las hembras no poseen, la posibilidad de que estos elementos sean algo más que atributos sexuales es prácticamente nula”. Por su parte, Scoresby afirmaba que “en el caso de que el colmillo del narval fuese realmente un arma de defensa o un instrumento clave de cara a la alimentación, todos lo tendrían, machos y hembras".

Sin embargo, recientes investigaciones parecen demostrar que ese imponente cuerno con el que en su día comerciaron los vikingos es algo más que un elemento ornamental.

Martin Nweeia, investigador de ciencias de los biomateriales en la Escuela de Medicina Dental de Harvard, manifiesta que “el diente del narval es un sensor hidrodinámico. Diez millones de diminutas conexiones nerviosas van desde el nervio central del colmillo del narval a su superficie exterior. Y aunque aparenta ser rígido y duro, es como una membrana sumamente sensible, capaz de detectar cambios en la temperatura, presión, y los gradientes de partículas en el agua”.

Gracias a la sensibilidad táctil de esta herramienta, los narvales perciben sensaciones por un conducto que no está al alcance de ningún otro animal. “Les hace factible discernir el grado de salinidad del agua, lo que podría ayudarles a sobrevivir en el congelado entorno ártico y les permite descubrir partículas características de los peces que constituyen su dieta”, asegura Nweeia, absolutamente fascinado.

El narval y el cambio climático

Multitud de estudios demuestran que las temperaturas del fondo de la bahía de Baffin están incrementándose debido al calentamiento global. En el último cuarto de siglo el Ártico ha perdido una superficie de cobertura helada equivalente a dos veces el tamaño de Alaska. Las consecuencias de esta circunstancia pueden ser fatales, y por ello el ser humano necesita la colaboración de “verdaderos expertos”, los cuales no son sino los narvales y sus presas.

No obstante, Kristin Laidre, bióloga marina a quien muchos consideran la Jane Goodall del los mares septentrionales, confiesa que con frecuencia resulta “frustrante” la dificultad que entraña tratar de interactuar con estos cetáceos. Teniendo en cuenta la necesidad de instalarles transmisores para localizar sus rutas migratorias, Laidre se vio obligada a poner una parte básica de sus observaciones en manos de los Inuit, pueblo ártico que habita en pequeños enclaves de las zonas costeras de Groenlandia. “Ellos se acercan sigilosamente a los unicornios con sus pequeños kayaks y les colocan el transmisor con un arpón”.

El futuro inminente confirmará si estos extraños animales pueden sernos o no de ayuda en la misión de poner freno al prematuro envejecimiento del planeta que habitamos. “Hay que seguir armando el rompecabezas de las relaciones de los narvales con su hábitat para saber cómo les están afectando los cambios medioambientales”, sintetiza Kristin Laidre. Sin embargo, parece claro que conocer a fondo las particularidades del unicornio marino ofrecerá datos que podrán ser comparados y combinados con información histórica para analizar los cambios térmicos del océano profundo.

Resulta obvio que los maravillosos narvales pueden llegar a ser próximamente un eficaz colaborador en el muestreo oceanográfico.