La creencia en la magia es tan antigua como lo es el ser humano. Se tiene conocimiento probado de su existencia ya desde la misma prehistoria. Es fácil imaginar sus comienzos cuando en la noche, mientras los otros dormían, al calor de la gruta e incitados por los recuerdos de la hoguera, hubiera momentos en los que cada hombre pensara en todo aquello que le maravillara y no comprendiese.

La raíz de lo mágico y lo maravilloso

Es fácil imaginarle sorprendido y buscando explicaciones, como es fácil también saber que en aquellos infantiles primeros encuentros con lo desconocido, alentado por el temor y en contacto continuo con la naturaleza, se acostumbrara a creer en misterios, y compusiera todo ese universo del que nacieron las brujas, los hechizos, los aquelarres, la magia.

Para comprender esta urdimbre, es imprescindible conocer el período en el que se desarrolló con más euforia, la Edad Media. Su profundo pensamiento se volcó en la simbología y en la más absoluta creencia en la magia.

Brujas y magas

Las brujas eran simplemente mujeres que poseían una serie de conocimientos a los que no podían acceder la mayoría de los mortales. El hombre que poseía estos conocimientos en aquella época no se codeaba con sus semejantes de la misma forma que lo hacía la mujer. Ellos eran conocidos como alquimistas o magos, y se aislaban en estancias especiales, pero trabajando para un amo de corte como consejero o médico.

En cambio, las mujeres, aparte de ser más en número, las que poseían estos conocimientos, vivían entre el pueblo, eso sí, aisladas en parajes solitarios donde tenían más fácil la búsqueda de sus raíces para fabricar mejunjes y pócimas, pero, conviviendo entre el pueblo, al que ofrecían sus servicios de forma más o menos secreta o particular.

La bruja recibe sus poderes como un don natural, frente a la maga que los recibe, como el hombre, a través de años de estudio y conocimiento. Tras la bruja se esconde el culto antiguo a la figura de la Gran Diosa Madre, con su mágica capacidad de gestación, transformadora del mundo.

En torno a ella hay ancestrales religiones basadas en esta unión mística con lo natural, hoy en día sigue existiendo la Wicca, que conserva ideas y ritos antiguos de brujería, recopilados en su texto sagrado, "El libro de las sombras".

Diferentes clases de brujas

Ya en la Edad Media había muchas clases de brujas que recibían distintos nombres según su especialidad, apariencia o procedencia, como las arpías, las druidesas, las lamias o las meigas. De todas ellas, creía el pueblo que eran ayudadas por demonios, y también se las asociaba a ciertos animales que las ayudaban a preparar sus pócimas y les daban compañía. Parte de sus naturalezas compartían atributos o características parecidas a las de las brujas, como las arañas, por su sigilo y su capacidad venenosa, los murciélagos y los gatos, por su nocturnidad y su misterio, o las lechuzas, símbolo de sabiduría desde la antigüedad.

Reuniones de brujas o aquelarres

Las brujas celebraban reuniones en las que intercambiaban recetas y conocimientos, entrenaban a las más jóvenes, cantaban y bailaban desnudas bajo la luz de la luna llena o creciente, invocando a la Diosa. Eran preciosos rituales de liberación, de gran energía vital y catarsis, en los que a veces tenían relaciones sexuales con sus parejas sobre la tierra, como ritual de fertilidad, en algo parecido a un homenaje al éxtasis sagrado de la vida como contenedora de magia, en la que la mujer tenía un poder mayor que el hombre, más lento pero más profundo.

Ella era la maga que transformaba o regeneraba el mundo mientras el macho, con su breve, aunque intenso papel, solo ayudaba. Estas ideas fueron transformándose con ideas occidentales de la religión cristiana, y en respuesta a ellas, surgió la llamada misa negra, un ritual en el que se celebraba una misa católica pero con todos los papeles y ritos invertidos, como contraataque a aquellos que les hicieron tanto daño a las brujas.

Elixires, pócimas y simbología medieval

Cuanto más anciana era la bruja, más conocimientos atesoraba y mayor era su sabiduría. Por eso eran más conocidas las viejas. Sabían hacer preparados extraordinarios, de gran poder, que con una sola gota hacían maravillas, eran los elixires. Las pócimas y los brebajes también tenían poderes sanadores o maravillosos, pero menos intensos.

Poseían grandes conocimientos en partos y embarazos, podían echar maldiciones, transformarse, y adivinar el futuro.

Creían en las energías invisibles para el ojo humano que rigen el mundo y pueden utilizarse con diversos fines. Para ellas eran sagrados los cuatro elementos que lo conforman: el aire, al que relacionaban con el pensamiento; el agua, relacionada con la fertilidad y la salud; la tierra, con el dinero; y el fuego, aquel asociado a la magia, la fuerza y la vida, por lo que se convirtió en su elemento más sagrado y llave universal.