Woody Allen, creador insólito con un claro dominio del humor y de las situaciones intimistas, es un hiperactivo que desde finales de los 70 se las ha ingeniado para escribir muchos guiones y rodar uno por año, e interpretarlos casi todos, además de tocar el clarinete en una banda con giras internacionales incluidas.

Y entre sus múltiples maneras de sonreír y repetir obsesiones, así como de esquivarlas y plantear nuevas disquisiciones, cuenta con estas tres películas de ambiente criminal, realizadas en diferentes ambientes sociales con una obsesión planteada desde diversos puntos de vista: el asesinato para proteger una forma de vida hipócrita, profundamente inmoral pero económicamente confortable y socialmente prestigiosa.

Tres títulos estremecedores

Entre Delitos y faltas (1989) y Match Point (2005) hay 16 años de distancia; dos estilos diferentes a la hora de marcar a fuego un mismo conflicto: el placer sexual debe acabar porque está en juego el éxito social y económico, y entonces hay que matar a quien fuera objeto de deseo.

El sueño de Casandra (2007) se desarrolla en otra dirección, pero similar mar de fondo: no hay amor verdadero en la desesperante vivencia de dos hermanos con un drama común: la falta de dinero y los temerarios caminos para conseguirlo y vivir intensamente los personajes que a ambos les gustaría interpretar en la vida cotidiana: unos personajes de imposible fulgor social.

Un oftalmólogo de prestigio, ya mayor (Martin Landau), recibe la admiración de colegas y familia integrada por esposa y dos hijos. Es el clásico médico sabio, sereno, comprensivo y muy rico... con una amante (Anjelica Huston) que ansía ser "la mujer" y si no puede conseguirlo le bastará con destruir su confortable hogar.

El médico se plantea dilemas morales, hijo de un rabino al que se rebeló, y hermano de un asesino profesional (Jerry Orbach) al que primero pedirá consejo y después le pagará para que organice la ejecución de esa amante que ya no le divierte y que, por el contrario, le destruirá.

El triunfo del mal con sobrecarga de cinismo: festín burgués que se revuelve en su hipócrita "paz" cotidiana, tiene en el propio Woody Allen el lado amargo del fracaso, pues él encarna al hombre bueno, carente de ambiciones, fracasado en lo profesional y también en el amor, pues la chica que quiere (Mia Farrow) prefiere al hombre que él detesta, un triunfador pagado de sí mismo (Alan Alda), y ve pasar a su lado, sin reconocerlo, el éxito criminal del oftalmólogo célebre con aires de padrazo conmovedor que nada sabe de Delitos y faltas.

Jóvenes y guapos viven en el mundo ideal de su elegante y opulenta clase social. Papá lo paga todo, la casa en que viven es muy hermosa y cuando la hija se enamora de su profesor de tenis, este les convence de lo que le da la gana con su preciosa modestia, su gran capacidad de seducción y el pasado tan pobre que todo lo envuelve con papel de estrasa para que la buena chica le lleve a la ópera. La ópera, tan burlada en otras películas de Woody es aquí espléndida banda sonora de principio a fin, pero a través de grabaciones antiguas: ámbito de tradición sentimental, de melodrama inquietante para coronar de gloria la ambición desmedida por causa, ay, de una rubia deliciosa.

No hay ni una escena con mínimo toque de humor. Todo se desenvuelve bajo los aviesos intereses del guapo profesor (Jonathan Rhys Meyers) que entra en la gran familia, que convence a todos, que enamora a la dulce flacucha millonaria (Emily Mortimer) hasta casarse con ella y vivir a lo grande, y permitirse conquistar a una carnal aspirante a actriz (Scarlett Johansson): aquí se detiene la elegancia muy british mantenida hasta el momento.

Por primera vez en una película de Allen el sexo ha de mostrar su zarpazo, y lo hace —aunque recatado— en dos secuencias claras: una bajo la lluvia, desbordantes de pasión, y otra sobre una cama con ella dominada por atrás obsequiándonos exquisito escote. Con eso basta. Con eso se comprende que el arribista amante pierda los estribos y luego tenga que convertirse en un asesino para mantener las formas. Además le ayudará la suerte, que de eso va el discurso vertebral de la película. Match Point: una lucha ganada por puntos con el azar protegiendo al criminal porque en realidad protege, naturalmente, a los más ricos, carente su vida de peligros policiales.

El cambio de ambiente es total. Nada de clase alta, todo lo contrario, una clase media inglesa empobrecida, con dos muchachos descolocados que viven fuera de órbita, por encima de sus posibilidades: Ian (Ewan McGregor) es un buscador de perlas femeninas que sólo confía en lo que no tiene: dinero, así que aparenta tenerlo, y deambula con un coche espléndido del taller mecánico donde trabaja su hermano Terry (Colin Farrell), un jugador compulsivo.

Ellos, como su madre y el desvencijado de su padre, dependen del maravilloso tío Howard (Tom Wilkinson), un triunfador que vive en Estados Unidos, que les envía dinero cada tanto, y que regresa triunfante con su sonrisa seductora y les invita a comer a un restaurante de lujo. Sus sobrinos necesitan dinero con urgencia por deudas y ambiciones desmedidas, exorbitantes, y el tío todopoderoso muestra la hilacha.

Si quieren el dinero que necesitan tienen que matar a un enemigo, un tipo que puede hundir los negocios del tío millonario que está en crisis. Los muchachos dudan, sobre todo el impetuoso y descerebrado Terry, que vive intensamente el juego y nada más, como si se hubiese quedado en alguna zona turbia de su infancia. Finalmente aceptan convertirse en criminales y se dejarán llevar por su irresponsabilidad y el miedo que les atenaza y acaba devorando.

Todo bajo el confort siniestro del barco que tanto anhelaban tener: el Casandra´s Dream, broma cruel de Woody Allen al colocar en primera línea, sin comentario alguno, al fiero personaje de la mitología: Casandra, sacerdotisa de Apolo, quien estaba loco por acostarse con ella, lo que consiguió a cambio de otorgarle el don de la profecía; mas ella, sin medir su arrogancia, desprecia al dios una vez consumado el acto sexual. Fuera de sí, Apolo escupe en su boca para que nadie crea jamás sus profecías.

Delitos y faltas, Match Point, El sueño de Casandra: tres obras maestras en manos de uno de los directores más creativos e hiperactivos de la historia del cine. Tres películas mayores con interpretaciones inolvidables. Entre medias de las dos últimas, e igual que ellas realizada en Reino Unido, una divertida comedia en torno a los asesinatos de la gente rica: Scoop.