El lobo ocupa la cúspide de la cadena alimentaria en los ecosistemas donde vive. Ejerce un saludable control sobre las especies que le sirven de alimento al eliminar a los individuos peor dotados.

El papel carroñero del lobo

Un aspecto poco conocido del lobo son sus costumbres necrófagas, es decir, de alimentarse de los animales muertos que encuentra.

Siempre que pueda, aprovechará un cadáver antes que iniciar una nueva cacería. Buenos conocedores de las especies de su medio, no cesan de observarlas, en especial la de los buitres. El lobo sabe que los miembros de la colonia que cada mañana alzan el vuelo se dirigirán en línea recta hacia cualquier resto localizado.

Esta relación entre los cazadores terrestres y los carroñeros alados existe en todo el mundo. En África, se da entre los buitres y los leones y hienas.

El éxito del lobo como carroñero depende de la distancia a la que se encuentre el cadáver. Es conocida la voracidad y la rapidez con que comen los buitres. Si los restos están demasiado alejados, la manada no encontrará suficiente carne para saciarse.

El dominio de los lobos sobre los buitres es absoluto y los expulsan del cadáver sin contemplaciones.

La estrategia cazadora del lobo

El lobo carece de armamento pesado y sólo tiene la boca para abatir sus presas. Este es uno de los motivos por los que caza en grupo. Los lobos son cazadores sociales porque la vida en sociedad les proporciona unas ventajas ecológicas indudables.

La técnica habitual de caza es la persecución abierta: la manada acosa al rebaño hasta separar un individuo físicamente mermado. También pueden apostarse en los pasos que suelen utilizar los herbívoros. El grupo puede ojear una presa al lobo líder, dirigiéndola hacia donde permanece apostado. Durante sus cazas, suelen detectar a sus víctimas primero con el olfato y después con la vista. Los lobos contrarrestan la velocidad de sus presas con una superior estrategia y una mayor resistencia. La manada irá cercando al ungulado, cortándole sus rutas de huida. Las presas de talla media son degolladas por el lobo líder con un certero mordisco.

Ante animales de mayor porte, como alces y grandes bóvidos, los lobos los muerden por los cuartos traseros y en los flancos, procurando eludir sus cuernos, hasta producir heridas profundas. Después, sólo deben esperar que el animal se desangre y debilite lo suficiente para abatirlo definitivamente.

El jabalí es una presa difícil para los lobos por su resistencia y agresividad. Los cánidos han aprendido a inmovilizar sus peligorsas armas defensivas -los colmillos- agarrándole entre dos individuos por las orejas, mientras el resto de la manada empieza a devorarle por los cuartos traseros.

Cuando detectan una presa potencial, de ordinario un único lobo, a menudo el líder, se adelanta y acosa al ungulado, mientras la manada le sigue de cerca. Parece que la misión del primero es evaluar la vitalidad de la presa. Esto explica que, con frecuencia, el lobo puntero se desinterese de la misma, y el resto interrumpa la persecución.

Los grandes ungulados, presas favoritas del lobo

El lobo es el depredador por excelencia de los ungulados salvajes. Aunque es capaz de abatir alces y bisontes adultos, prefiere los herbívoros de talla media. Siente especial apetencia por gamos y muflones. Otras presas habituales son los corzos, venados, cabras monteses y rebecos.

Pocas veces el jabalí pasa a formar parte de su dieta. La dificultad en dar muerte a esta peligrosa presa es un factor disuasorio, pero un grupo de lobos se atreverá con él cuando el hambre apriete.

Donde abundan, las liebres, los conejos y castores, representan un importante porcentaje de su dieta. Los roedores pequeños, otros carnívoros, aves y anfibios son presas esporádicas. Ocasionalmente ingiere frutos y vegetales.

En el medio antropógeno, el lobo se ve obligado a depredar sobre los animales domésticos, causa principal del antagonismo con el hombre.

El lobo como superdepredador

El lobo no tolera en su territorio la presencia de competidores. Varios perros asilvestrados, zorros, coyotes y linces han muerto alcanzados por la manada.

El lobo y el oso no suelen entrar en conflicto. Bien armados, prefieren evitar una confrontación directa. Un lobo solitario en absoluto desafiará al plantígrado, pero un grupo de tres o cuatro pueden ponerlo en serios aprietos e incluso acabar con él.

El impacto ecológico del lobo

El lobo impide la excesiva proliferación de las poblaciones de sus presas y la propagación de enfermedades. Allí donde el hombre extermina a los depredadores, los herbívoros experimentan una gran explosión demográfica, que conlleva la posterior depauperación de los pastos y la aparición de epidemias que diezman la población de fitófagos.

El lobo ejerce su mayor presión sobre las crías, los ejemplares viejos y los individuos que, por hambre, enfermedad o accidentes, ven disminuidas sus capacidades físicas. Siente una marcada predilección por los grandes machos solitarios de los ungulados, a menudo especímenes de muchos años.

Numerosas observaciones avalan esta hipótesis. Son clásicos los estudios realizados por el zoólogo David Mech en la isla Real (Estados Unidos) o el doctor Fuller en el Wood Buffalo National Park en Canadá.

En la isla Real, el 94% de los alces muertos por lobos eran ejemplares de menos de un año o mayores de ocho, mientras que el grueso de la población se encuentra entre estas edades. Además, el 21% de los alces muertos padecían enfermedades, tenían malformaciones óseas o sufrían intensas infestaciones parasitarias.

Los estudios del doctor Fuller arrojan similares conclusiones. De los once bisontes muertos analizados por su equipo, tres eran recentales, cinco ejemplares viejos y tres adultos. De estos, uno tenía una pata rota y el otro una herida de bala infectada. El tercero padecía tuberculosis avanzada como reveló su autopsia.

El impacto del lobo es efectivo allí donde hay un equilibrio entre sus poblaciones y las de sus presas. Se estima que la densidad lobuna debe ser, al menos, de un individuo por cada 10000 kilogramos de presa potencial. Pero, salvo en los parques naturales, su escasez lo relega a un agente de mortalidad secundario.