De manera diferente a otras fuentes de información, la astronomía egipcia ha sido muy escueta y parca en sus legados. No se sabe de ninguna obra general, que se pueda considerar como un tratado, sobre la conducta de los astros en el país del Nilo.

Y toda la información que se posee, debe derivarse a datos hallados en las cubiertas de algunos sarcófagos del Imperio Medio, y en monumentos funerarios del Imperio Nuevo. También, en el último periodo ptolemaico, se pueden encontrar vagas alusiones a fenómenos celestes, en la vasta literatura religiosa del momento.

Estas circunstancias, nos dan la medida que los egipcios utilizaron la ciencia de la astronomía en un sentido práctico, como consecuencia de sus necesidades, y en ningún momento se dedicaron a especular sobre el estudio del firmamento, sin ir más allá de los límites necesarios.

Cercanos geográficamente a las culturas mesopotámicas que habían logrado un elevado nivel en los estudios astronómicos, los egipcios se ocuparon de una manera útil para su buen gobierno y lograron determinar un calendario y un método para la medición de las horas, que logró ser rigurosamente práctico y exacto.

Instrumentos de medición del tiempo en el Egipto faraónico

Durante el día, utilizaban el método de la observación relacionada con las variaciones en la longitud de la sombra, y para realizar esta tarea utilizaban una sencilla regla de madera o marfil, con los nombres de las horas marcados en ella, aparte de estar provista de un reborde vertical y una plomada. Esta medida siempre debió ser aproximada, pero fue sumamente útil ya que este vetusto aparato casi ha sobrevivido en Egipto hasta hace pocas décadas, usándose para calcular los turnos de los bueyes, en las norias del riego en el Alto Egipto.

En el aspecto de la observación nocturna, los egipcios utilizaban un curioso aparato denominado Merjet, que era empleado por los escribas y sacerdotes, para regular el calendario litúrgico de los templos. Estaba compuesto por un nervio de palmera en cuyo extremo más ancho se practicaba una hendidura. El encargado de utilizar este curioso aparato de medición, acercaba la vista a la hendidura y miraba en línea recta en dirección a una plomada que sostenía un ayudante colocado enfrente y a cierta distancia, los dos formando una línea norte-sur. Ni que decir tiene que este método no era exacto, ya que si variaba la altura de los hombres que efectuaban la medición, todo cambiaba.

Tanto en el cálculo diurno como nocturno, estos métodos tan rudimentarios, dejaban mucho que desear a nivel de exactitud. Pero compensaban estas deficiencias, con una observación de las estrellas contumaz y continuada. Esta circunstancia permitió a los egipcios identificar algunas constelaciones a las que dieron una serie de definiciones propias. Así de esta manera, a la Osa mayor la denominaron Pata de Buey, y a algunas estrellas como Cocodrilo e Hipopótamo.

Por otra parte llegaron a conocer la existencia de algunos planetas como Júpiter, Marte, Saturno y Venus, a los que confundieron como grandes estrellas y los denominaron las estrellas que no descansan jamás.

El primer calendario solar conocido fue el del país del Nilo

La cultura egipcia tenía unas connotaciones específicamente agrarias, y se basaba en las crecidas del Nilo. Circunstancia que obligó desde un principio a los egipcios a tener en cuenta la elaboración de un instrumento astronómico que se ajustase a ellas. Este calendario, permitió a los antiguos egipcios, fijar y determinar con relativa exactitud los datos de las crecidas, tan indispensables para su economía.

Por otro lado existía la vertiente religiosa, a la que también prestaron atención. Es decir, el día y la noche se dividían en dos partes de doce horas, siguiendo de esta manera un modelo bastante común en otras culturas de la antigüedad. Doce horas de luz en donde imperaba la armonía y doce de oscuridad donde reinaba el caos.

La inundación llegaba a la vez que el solsticio de verano y se anunciaba con la aparición de la estrella llamada Sothis, la actual Sirio. Desde ese momento los egipcios dividieron el año en doce meses de treinta días (360 días), más un añadido de cinco días, considerados sagrados. De esta manera se llegaba a una longitud semejante a nuestro año solar.

De esta forma, se puede concluir que el pueblo egipcio disponía de dos calendarios: el religioso y el civil. El primero basado en las fases de la luna y el segundo de uso práctico para su economía.

Los posteriores calendarios como el Juliano y después el Gregoriano actual, no son sino variaciones del calendario civil del Antiguo Egipto.

La falsa identificación astrológica del Antiguo Egipto

Existen ideas erróneas en cuanto a la paternidad de los egipcios en terreno de las ideas y creencias, de carácter hermético y astrológico. Si es que las hubieron, se tienen que tratar como de naturaleza posible pero no acreditada. Lo que si es cierto es que las culturas vecinas como las de Mesopotamia y Persia, si elaboraron patrones astrológicos.

Pese a todas estas circunstancias descritas, caben aún muchas especulaciones que tener en cuenta. Se sabe que los egipcios desconocieron la brújula, y sin embargo la orientación de muchas de sus construcciones, y de forma muy particular de la mayoría de sus pirámides, nos demuestra que fueron unos observadores natos y perspicaces. Quedan muchas incógnitas que resolver, y el misterio sigue presidiendo una parte muy importante de la civilización egipcia.