El Teatro Alfil de Madrid estrenó a principios de octubre la obra “La Felicidad de las Mujeres”, una pretendida comedia de situación donde se intenta dar respuesta a este eterno dilema que el ser humano lleva intentando responder desde el principio de los tiempos.

Sin embargo, más que responder a ello, el espectador sale con más dudas en la cabeza de las que entró. Y no porque se planteen preguntas universales o se aporte excesiva información útil o se den respuestas filosóficas que hay que meditar una vez que se ha abandonado el recinto. No, es por todo lo contrario.

Surrealista, cansina, sin sentido y bastante absurda son las palabras más adecuadas para un planteamiento ridículo en torno a un coche, tres mujeres y dos vendedores de concesionarios.

Pero el argumento es bastante flojo, no sólo porque no se sostenga, sino porque apenas hay diálogos, trama, desarrollo de la pretendida acción más o menos planteada o desenlace correcto en función de la historia. En definitiva, un mal guión que ni siquiera queda salvado por los actores.

Competición descabellada

Como idea central se presenta a Alicia, una chica con bastante mala suerte con los hombres, que compra un BMW de 100.000 euros a un vendedor de coches muy sagaz, Diego, con el que mantiene una relación amorosa hace tan sólo unas semanas. Sus amigas sospechan de que es un estafador que se acuesta con mujeres con el fin de hacer negocios.

Por eso, deciden amenazarle, con la consecuencia -un tanto ilógica- de que ellas también acaban comprándose otro vehículo igual de lujo. Las tres se embarcan, a partir de entonces, en una competición descabellada por poseer un deportivo de lujo con los mejores y más caros complementos.

Para representar esta obra, su director, Roberto Santiago, ha embarcado en este proyecto a rostros conocidos de la pequeña pantalla como Cristina Alcázar (de la serie “Cuéntame”), Elvira Cuadrupani (de “La Tira”), Concha Delgado (de “El síndrome de Ulises”), Roberto Drago (de “Hospital Central”) y David Lorente (que además dirige la obra), que dan vida a unos personajes irreflexivos en la mayor parte de las situaciones, difíciles de encontrar en la vida real.

El novelista francés Albert Camus dijo hace muchos años: "La felicidad está sobrevalorada en nuestros días". Y eso se intenta exponer en esta versión teatral. Aún así, las tres protagonistas femeninas de la obra de teatro la buscan –a su manera- desesperadamente.

El artífice del texto y director de cine, Santiago, (que ya ha firmado obras como “Al fin del camino”; “El club de los suicidas” o “El penalti más largo del mundo”) explica en la web todosalteatros.com que “es una función que he querido escribir para contar un poco cómo es esta sociedad consumista en extremo en la que importa, sobre todo, qué es lo que tienes, pero en clave de comedia”.

Felicidad sobrevalorada

También asegura que la felicidad está sobrevalorada en estos días: “Absolutamente. Está sobrevaloradísimo el dinero y también la cuestión de ser feliz continuamente”.

El director y actor, Lorente respondió en su estreno a la incógnita que en un primer momento nos planteaba la obra: ¿Qué es la felicidad para las mujeres? A su parecer, “consiste en el tamaño, como ha pasado durante mucho tiempo con los hombres. El tamaño de lo que te compres, de lo que tengas, lo que cueste”.

Por su parte, la página oficial de la obra teatral (lafelicidaddelasmujeres.com) se refiere a la obra como "una sátira de los deseos más ridículos e inconfensables de los hombres y mujeres contemporáneos. Pero, por encima de cualquier otra cosa, es un espectáculo teatral divertido y trepidante que no concede un segundo de descanso".

Además, el portal de 40viajes.com también opina manifestando que "es una comedia divertida, fresca e irreverente que echa una mirada llena de humor al comportamiento social de las mujeres (y los hombres) del siglo XXI".

La pretendida comedia fashion procura parodiar en el teatro series televisivas de éxito como “Mujeres desesperadas” o “Sexo en NY”. Sin embargo, se queda en un simple montaje lleno de números musicales histriónicos e ilógicos, movimientos exagerados, subidas de tono y puro esperpento que el público no comparte ni acaba entendiendo. Además, el vocabulario que utilizan, muy lejos de parecer gracioso o simpático, resulta bastante soez, grosero y termina aburriendo –por insistente- y derivando en insultante.