El infierno en el catolicismo es caracterizado como algo oscuro y envuelto en llamas, pero no todas las religiones tienen la misma visión. En la antigüedad, por ejemplo, no era un lugar de sufrimiento. El infierno como sitio de castigo para pagar culpas cometidas en la vida terrena fue introducido por las civilizaciones orientales.

Historia del infierno cristiano

Los teólogos cristianos opinaban distinto acerca de cómo debería ser el infierno. Algunos lo consideraban incompatible con la bondad divina y la idea de un sufrimiento real.

En el siglo IV, según San Ambrosio, solo los apóstoles quedarían para siempre en el infierno. La concepción definitiva del infierno cristiano se debe a San Agustín, para el cual todos los paganos víctimas del pecado original, los bebés muertos sin bautismo y los cristianos que se obstinaban en pecar eran condenados eternamente al infierno.

La concepción material del infierno se popularizará con las predicaciones de los monjes, los cuales se encontraban delante de una población en su mayoría analfabeta. El único modo de incentivar su imaginación era narrar una historia lo más concretamente posible. El objetivo de estas narraciones era moral, ya que pretendían fustigar vicios y defectos del pueblo. El efecto final es una representación imaginaria que encontrará su apoteosis en el infierno del Dante.

Hubo que esperar al Concilio de Trento del siglo XVI para que el infierno entrara a formar parte del dogma de la iglesia católica. Hoy día el infierno está menos presente en el lenguaje eclesiástico. Las referencias que se hacen son de tipo metafórico y espiritual.

El infierno de Dante

El infierno dantesco, que asimila contenidos de origen pagano, hebreo, cristiano e islámico es un sitio en forma de embudo que alcanza el centro de la tierra, compuesto por nueve cercos. Cada cerco contiene tipos específicos de pecadores que esperan distintas torturas: cada pena es proporcional al pecado cometido en vida. Así por ejemplo, los lujuriosos se encuentran inmersos en una tormenta incesante porque en vida se dejaron envolver por la pasión; los magos y adivinadores caminan con la cabeza mirando hacia atrás porque en vida siempre miraban hacia el futuro.

El infierno de los griegos

El infierno de la antigua Grecia se asemeja, según el poeta Hesodo, a una enorme caverna. El río Océano divide el mundo de los vivos y los pecadores están en el Tártaro, una fortaleza de hierro circundada de un río de llamas.

La concepción mitológica del infierno griego contribuyó a desarrollar la concepción cristiana, no obstante las profundad diferencias. La tradición medieval cristiana recuperó motivos de las representaciones greco-romanas, cambiando sustancialmente los mecanismos y las razones que los conducen al infierno. Para griegos y romanos los castigos estaban dirigidos solo a los que habían cometido gravísimos crímenes.

La imagen del infierno en el Tíbet

En el infierno tibetano no existe una clara distinción entre infierno y paraíso. Los tibetanos creen que el alma del difunto debe ser acompañada en un viaje cuyo fin es la purificación del espíritu. El infierno no es un lugar de castigo, sino una serie de obstáculos a superar para alcanzar el árbol de la “medicina de la inmortalidad”. Solo quien no supere los obstáculos será sometido a torturas.

El infierno celta

En el mundo celta, el infierno puede ser visitado también por los vivos. No es un lugar de sufrimiento y fue concebido por sociedades politeísticas que vivían en condiciones económicas precarias, en donde la solidaridad era lo más importante para la salvación colectiva. No existen los castigos y es un lugar moralmente neutro.