La presencia del actor indígena como un sujeto social de carácter diferenciado dentro del ámbito urbano latinoamericano, podríamos pensarla como una consecuencia de un proceso que en términos de tiempo y espacio, sería aparentemente de un carácter reciente, la migración indígena hacia las grandes ciudades y polos industriales, pero no, tiene una larga data, que viene desde la conquista española

Siglos Coloniales

Hay que aclarar, eso si, que en la ciudad latinoamericana, desde su fundación por los conquistadores, siempre ha existido la presencia de población indígena, pero generalmente como sujetos subordinados dentro de la jerarquía social hispánica, y posteriormente republicana, siendo la principal mano de obra urbana ya sea como obreros, jornaleros, sirvientes en las casas patronales o sujetos de encomienda, por lo tanto, eran mayormente integrantes de lo que posteriormente llegarían a ser los sectores populares urbanos.

Pese a esta visible presencia, su peso dentro de la estructura de poder colonial era inexistente al ser la población indígena la principal damnificada tras el proceso de conquista y dominación colonial. Los indígenas eran considerados por parte de los actores centrales como “castas, cholos, indios y gente vil”, en otras palabras eran los actores marginales, tanto económica y socialmente, de la estratificada sociedad colonial

Siglo XIX y Siglo XX

Tras las guerras de Independencia, el sujeto indígena deja ser un sujeto marginalmente visible en la ciudad, transformándose para las elites criollas en un ser ajeno e incluso, un estorbo para la instauración de la versión latinoamericana de la modernidad. A mediados del siglo XIX surge el positivismo modernista como nuevo paradigma de la sociedad latinoamericana, en el cual el indígena es representado en el imaginario de los sectores dominantes como un elemento que simboliza el atraso heredado del coloniaje, por ende es visto como un obstáculo para la modernización europeizante. La implantación de este paradigma en casi toda América Latina, tiene el resultado que niega la existencia social y física del indígena, incluso en términos simbólicos, relegándolo en algunos casos al baúl de lo exótico, fungiendo la imagen del indígena como un recordatorio del país que heredaron del coloniaje y que no querían las elites o las clases medias, siendo situación y escenario, que con ciertos acomodos sigue persistiendo hasta el día de hoy

La ciudad latinoamericana: ¿faro de la modernidad?

Por lo mismo, la llegada masiva a la ciudad por parte del inmigrante indígena durante el siglo XX, es vista como una gran novedad por los actores centrales. Aunque su llegada a las ciudades sea otra de las consecuencias de las transformaciones económicas, sociales y culturales ocurridas en el siglo XX latinoamericano, el surgimiento del indígena urbano como actor y como categoría social, debería pensarse –en primera instancia- como otra de las tantas contradicciones sufridas por las sociedades latinoamericanas en sus dispares procesos de negación del pasado indígena, reinterpretación de la herencia colonial e indígena y sus intentos de modernización positivista que han sufrido en sus procesos de construcción social y nacional.

Pero primero, es necesario tener que exponer la evolución del campo social de estudio que ha sido la ciudad latinoamericana, sobretodo sus transformaciones de sentido y significación como consecuencia de su rol de “faro de la modernidad”. Es en el siglo XIX, donde la ciudad latinoamericana deja ser un mero centro administrativo, pasando a ser un centro comercial, industrial y generador de industrias culturales, proceso que va unido a la transformación del Estado en los términos de la idea de la construcción de la Nación en América Latina. La conjugación de la modernidad socioeconómica y la transformación de la realidad estatal, llevó a la ciudad latinoamericana a convertirse en importantes polos de desarrollo, siendo este fenómeno el que podría explicar la consolidación de la ciudad latinoamericana como el principal eje de la modernidad en el siglo XX, siendo más que el espacio generador de recursos y empleos, sino que empieza a convertirse también en un reproductor ideológico como de imaginarios funcionales para el orden social liberal positivista vigente en América Latina, los cuales durarán hasta avanzado el siglo XX.

Es por ello que para poder pensar al indígena urbano como categoría analítica, es necesario también pensarlo dentro de la ciudad latinoamericana y su rol como faro de la modernidad. Es difícil separarlos de manera tajante, por ello, es necesario pensarlo como categorías anidadas, ya que así se podrá entender al indígena urbano y su parte de la puesta en escena que significó la ciudad latinoamericana desde su fundación hasta el siglo XX.