Los respectivos genios de Jack Arnold en la dirección y Richard Matheson en el guión se unieron en 1957 para dar a luz una de esas pequeñas joyas del cine, en donde una vez más, la ciencia ficción sirve de marco ideal para tratar los más complejos temas intrínsecos al ser humano como la soledad, el absurdo de la existencia o la angustia vital, conectando directamente con “La metamorfosis” de Kafka.

Matheson, buscando su lugar en el mundo

Richard Matheson comenzó su carrera como narrador a principios de los años 50, en revistas de especializadas como “Galaxy”, “Amazing” o “If”. Lamentablemente para los autores de aquella época, la ciencia ficción no era tan rentable como resulta hoy en día y condenados a vender sus historias a pequeñas revistas que pagaban tarde y mal, se vieron obligados a abrirse camino en el lucrativo negocio del cine. Entre esos talentos se encontraban Leight Brackett (Guionista de Hawks, y autor de “El sueño eterno” o “Río Bravo”), Ray Bradbury (“Moby Dick” de John Huston) o Robert Bloch (“Psicosis” de Hitchcock).

Matheson también tocó otros géneros, pero con la ciencia ficción podía tratar con más eficacia los temas que fueron constantes en su carrera (la soledad a la que está condenado el diferente, la condición monstruosa de lo extraño...). Así parió otra de las grandes contribuciones al género, “Soy Leyenda” (1954), que posteriormente sería adaptada a las pantallas en varias ocasiones.

Decidido a ser un hombre de cine, Matheson ofrece a la Universal su novela “The Incredible Schrinking Man” con una única condición: dedicarse él mismo a la tarea de guionizar la película. Dada la popularidad del género en esos años, arrinconado en el ghetto de la serie b pero bastante rentable para los estudios, los productores aceptaron.

Jack Arnold tras las cámaras

Nace así una de las películas más célebres de cuantas adaptaron un argumento de Matheson, y tal éxito es debido sin duda al buen hacer del más que reivindicable cineasta Jack Arnold.

Arnold ya había trasladado las historias más delirantes a la gran pantalla durante toda la década. Suyas son joyas del bajo presupuesto como “It Came From Outre Space” (1953), “Tarantula” (1955) y la soberbia “La mujer y el monstruo” (1954), convirtiéndose en el gran director de ciencia ficción en los 50. Con medios mínimos y un excelente ritmo, Arnold demostró con sus películas que la serie b podía ser algo muy serio: al mismo tiempo un formato digno para la evasión y un perfecto espejo para los grandes problemas sociales, políticos y filosóficos del ser humano.

Con el guión de Matheson, Arnold consiguió superarse a sí mismo. Explotando su característico dominio del ritmo narrativo y una sorprendente utilización de innovadores hallazgos visuales (aún hoy espectaculares), el director sacó todo el jugo a la dramática historia de Matheson.

“The Incredible Schrinking Man”

La película relata las desventuras de Scott Carey (muy bien interpretado por Grant Williams) que tras sumergirse en una misteriosa niebla cuyo origen no es explicado, comienza a disminuir de tamaño progresivamente. Angustiado por su condición, vivimos la trágica evolución de Carey, que no sabe si su pesadilla se detendrá en algún momento o si está abocado a disminuir hasta disolverse en la nada.

Al principio, podemos comprobar el calvario que supone para Carey el empequeñecer en su vida matrimonial, con todas las connotaciones sexuales que esto implica, pero pronto esos problemas se convierten en minucias al ir perdiendo todo contacto con sus semejantes y ver como los elementos más cotidianos se van convirtiendo en horribles amenazas.

Nuevos universos se abren

Desde esa nueva perspectiva, vemos como Carey intenta luchar contra lo inevitable. La que fue antes su cariñosa mascota, un lindo gatito, es ahora un monstruo dispuesto a devorar a su antiguo amo. Refugiado en una casa de muñecas, Carey sigue menguando hasta que, huyendo del felino, se pierde para siempre en el sótano de su casa, donde su mujer (Randy Stuart) es incapaz de encontrarlo, dándolo por muerto.

Todo cambia para el protagonista en ese nuevo mundo. Cosas a las que nunca había dado importancia se convierten en elementos básicos para su supervivencia como la enorme araña convertida ahora en su enemigo, el alfiler que le sirve de lanza para defenderse, un hilo que se transforma en cuerda para salvar enormes abismos, o el cebo de una trampa de ratones, ahora su único alimento.

Pero esta lucha por sobrevivir a los peligros domésticos sólo es un interludio a su odisea, donde nuevos universos se van abriendo para el, y los detalles más diminutos son ahora elementos trascendentales.

Obra maestra del cine

Con esta película, Arnold pudo cumplir otra vez su doble objetivo. Por un lado, contar una más que entretenida historia de ciencia ficción mediante un inteligente uso de perspectivas con la cámara, el aumento de decorados y atrezzo, y el uso de transparencias que aún hoy en día sorprenden por su calidad. Por otro, supo transmitir el mensaje metafísico presente en la obra de Matheson al relatar las angustiosas peripecias del hombre menguante, que va viendo como las cosas más insignificantes adquieren una importancia absoluta.

No son pocos los críticos que calificaron el final de la película de pretencioso para un simple producto de serie b, pero siendo justos, el desenlace es uno de los más antológicos del cine fantástico. Aunque el mensaje es simple (lo pequeño es tan importante como lo colosal y es tomando consciencia de esto cuando el hombre descubre la verdadera perfección del universo), estos poéticos planos finales de Carey tomando consciencia de su importancia en la inmensidad son de esos momentos en los que se eleva al espectador al nivel de ser inteligente, algo que muy pocas veces se da en el cine.

Matheson, entre los mejores guionistas

Este debut en el cine de Matheson, será el primero de numerosas obras de enorme importancia. Su carrera como guionista tendría en el futuro otras muchas joyas (también obras mediocres, porqué negarlo...) que son ahora clásicos intemporales.

De 1959 a 1963 participó en el equipo de guionistas de la obra magna de la televisión, “The Twilight Zone”, encabezado por el genial Rod Sterling, en la que nos volvería a deleitar con más angustiosas maravillas que ilustran la condición humana desde el marco de la ciencia ficción. Escribió también los mejores episodios de “Star Trek”, y volvería al cine de la mano de Roger Corman, con el que adaptaría a Poe en sus películas más resaltables, “La caída de la casa Usher” (1960), “El péndulo de la muerte” (1962), “Historias de terror” (1962) o “El cuervo” (1962).

Sería imposible analizar aquí uno por uno los grandes guiones que escribiría después, las adaptaciones de sus novelas, o directamente argumentos expoliados de su dilatada carrera. De su mente surgieron títulos tan emblemáticos como “La comedia de los terrores” (1963) de Tourneur, “El último hombre...vivo” (1971) con Charlton Heston, la enorme “La leyenda de la mansión del infierno” (1973) obra maestra quizás eclipsada por otra gran película de ese año, “El exorcista”, “Duel” (1971), debut de Spielberg en la gran pantalla o la edulcorada adaptación de su novela “Más allá de los sueños” (1999), con la que el prometedor neozelandés Vincent Ward demostró que no era tan bueno como parecía en la excepcional “The Navigator”.

En todas ellas, y en muchas otras, se puede apreciar el genio de Matheson, que en una revisión de la historia del cine justa y objetiva se merecería estar entre los más grandes e influyentes escritores, no solo del género, sino de el séptimo arte en general.