
- El Imperio Antiguo faraonico - J. Domenech
Antes de iniciarse el Imperio Antiguo, durante casi cuatrocientos años, el Antiguo Egipto estuvo gobernado en sus inicios dinásticos por dos dinastías, la I y II, periodo que se denominó Tinita. Durante este tiempo, catorce reyes gobernaron el país del Nilo.
Muy poca es la información que se posee de estas dos dinastías, por lo que es necesario siempre que se abordan, combinar los pocos datos existentes, con los que nos han llegado en virtud de la denominada tradición.
De esta manera se puede llegar a afirmar que el faraón Menes, fue el fundador de la ciudad de Menfis y de su principal templo, consagrado al dios local Ptah. La verdadera importancia de esta urbe, es que estaba enclavada en la frontera de los reinos del Alto y Bajo Egipto, y se la consideraba como La Balanza del Doble País.
El Imperio Antiguo está integrado por las dinastías de la III a la VI, de las cuales, los pocos datos con los que contamos son que las tres primeras fueron de auge y apogeo, y la final de clara decadencia.
La dinastía III y la grandeza del gran visir Imhotep
La tercera dinastía fue fundada por el faraón Sanajt-Nebka, pero el auténtico iniciador del Imperio Antiguo fue Djoser o Tosortro, con quien se produjeron una serie de importantes cambios, que señalaron de una manera fehaciente, la época de gran esplendor.
En este periodo nace el culto a Ra, como resultado de las especulaciones y estudios del clero de Heliópolis. De estos trabajos religiosos, la suprema divinidad solar que presidía su sistema cosmogónico, se dividía en tres aspectos o seres, sin perder en ningún momento su identidad.
Jepri, simbolizado por el escarabeo o escarabajo, era el sol de la mañana, Ra se convertía en el sol del mediodía, y Atum la vieja divinidad de Heliópolis, pasaba a ser el sol del atardecer.
Manetón en su obra Aegyptiaca, describe los años de Djoser en el poder, y la grandeza de su visir Imhutes o Imhotep. Que fue uno de los pocos personajes privados egipcios que por méritos propios, alcanzó posteriormente la grandeza de deidad.
Nos queda como méritos de esta dinastía, de su faraón y de su visir, la famosa y única pirámide escalonada de Saqqara, que marcó un antes y un después, en la construcción de monumentos y pirámides en Egipto.
La Dinastía IV y el legado de sus pirámides
Esta dinastía faraónica, dejó una impronta arquitectónica muy buena e importante, pero muy poca información sobre ella. Por lo que la historia y los historiadores han tenido que atenerse a la tradición y a los escritos de Herodoto para poder documentarla.
Al primer faraón Esnofru, se le atribuyen tres pirámides importantes, la Romboidal, la falsa pirámide de Meidum y la roja de Dashur, siendo un total misterio las razones precisas, que impulsaron a este monarca, a la construcción de las antes citadas edificaciones.
El sucesor de Esnofru fue su hijo Keops, al cual se le debe la pirámide de Keops, es decir la Gran Pirámide de Guiza o Guizeh, aunque los pocos escritos existentes le recuerdan como un rey tirano y cruel.
Herodoto cuenta y se explaya también, en los reinados de Kefren y Micerinos, siendo este lapsus de tiempo una gran incógnita, solo explicada por los relatos del viajante griego, y los trabajos de extracción de ideas que nos suministra. Una vez más, la antes citada fuente de la tradición.
La dinastía V y la mitología egipcia
Esta dinastía, se tiene que interpretar de una manera mitológico religiosa, y es una buena fuente de información la lectura del famoso Papiro Westcar.
Todos los historiadores están de acuerdo en que los reyes de esta dinastía, fueron criaturas del clero de Heliópolis, que recuperó el protagonismo perdido anteriormente.
La totalidad de sus faraones son solo nombres, y sus trabajos y hechos no pueden ser explicados, por la evidente falta de datos con rigor histórico.
La Dinastía VI o la decadencia del Antiguo Egipto
Con el advenimiento de la Dinastía VI, el poder del rey decreció y hubo una época de poder feudal, en el que el mando estuvo disperso por regiones o nomos.
De este periodo solo quedan restos de pirámides incompletas y pequeñas, que dan fe de la decadencia de aquellos tiempos, y del poder de los pequeños reyezuelos que dominaron de facto al país, con el consiguiente ocaso de la monarquía.
Uno de los reyes más conocidos, dentro de la oscuridad de estas dinastías, fue la reina Nitokris, a la muerte por asesinato de su esposo y su famosa venganza.
Se puede deducir que este contrapoder de tipo feudal, estuvo facilitado por la longevidad del reinado del faraón Pepi II, del cual se cuenta que mantuvo las riendas de Egipto, durante casi 94 años, constituyendo, de esta manera, la caída del Imperio Antiguo.
