El objetivo fundamental del pensamiento de Immanuel Kant, filósofo prusiano de finales del siglo XVIII, es el de mostrar que la Humanidad ha llegado, gracias al movimiento cultural de la Ilustración, a la mayoría de edad. Este concepto de mayoría de edad, Immanuel Kant lo traslada del ámbito individual (alcanzar la edad que conlleva el nivel de madurez que permite tomar decisiones de forma autónoma) al ámbito colectivo (la Humanidad ya es capaz de utilizar la razón de forma adecuada).

Los seres humanos están ya preparados, de forma suficiente, para tomar sus decisiones sin tener que recurrir a instancias superiores, ajenas a la razón. La mayoría de edad permite a los individuos tomar libremente las decisiones que afectan a su vida, a diferencia de los menores de edad, que necesitan de tutores que defiendan sus intereses. Por ello, los filósofos de la Ilustración , así como sus consecuencias a nivel político: las Revoluciones Liberales de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, tendrán como valor fundamental el de la Libertad.

Pensar por uno mismo

Ser libre significa tomar las decisiones a partir de la voluntad propia, pensar por uno mismo. Las religiones, sin embargo, no permiten a sus seguidores pensar de forma independiente a la hora de decidir qué es lo correcto y lo que no, ya que los fieles simplemente deben aprender cuáles son los dogmas de esta religión.

Los dogmas no se discuten, se aceptan. La Providencia encuentra la forma de transmitir los códigos morales que debemos aceptar. Esto no sería excesivamente grave si se permitiera, en la edad adulta (es decir, al haber alcanzado la mayoría de edad), escoger libremente cuál es la religión que tiene los principios más convincentes para cada uno. Esto no es así, ya que la mayoría de la población pertenece a la religión de sus padres, y fueron introducidos en ella cuando eran muy pequeños, y, por lo tanto, carecían de la capacidad de raciocinio, y de espíritu crítico como para poder decidir por sí solos.

Autonomía ética

Kant nos muestra el camino para ser realmente autónomos a la hora de tomar nuestras propias decisiones en el terreno de la ética y la moral. Esta autonomía, es, naturalmente, la autonomía de la razón. Y de la propia razón nace el imperativo categórico, es decir, el principio ético racional con pretensión universal que Kant considera que debe ser el motor de nuestras acciones. Este imperativo categórico es definido en los siguientes términos: "Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal". En otras palabras, actúa siempre tal y como crees que debería actuar todo el mundo.

Surge, sin embargo un problema: ¿Por qué se debe actuar siguiendo el principio ético del imperativo categórico? Kant lo justifica a partir del concepto del deber: sólo el deber por el deber está plenamente justificado. Kant afirma la existencia de dos tipos de imperativos: los imperativos hipotéticos, a través de los cuales lo que nos impulsa a actuar es la búsqueda de un premio, o la huida de un castigo, y los imperativos categóricos, en los que es el deber, y sólo el deber, lo que impulsa a actuar.

Fundamentos correctos

Teniendo presente que lo que Kant pretende es crear una ética universal, ésta no puede estar basada en los imperativos hipotéticos, ya que todos y cada uno de nosotros consideramos como premio, o como castigo, cosas totalmente diferentes. Además, al considerar al premio o castigo, como motor de nuestras acciones, la razón no interviene en el proceso de decisión de lo que es correcto o no, sino que esta decisión es, más bien, fruto de los deseos o caprichos personales.

Lo importante a tener presente es que Kant no nos ofrece una larga lista de acciones moralmente aceptables y otra lista de acciones moralmente reprobables. Considera que cada uno de nosotros debe ser su propio legislador moral, y que, tenemos un principio y modelo a seguir a través del imperativo categórico. Kant no nos dice qué se debe hacer, a diferencia de otras propuestas morales, sino que debemos decidir nosotros las pautas de nuestro comportamiento siguiendo este principio racional.

Ahora nos toca a nosotros decidir qué hacemos con nuestra vida, con libertad, pero al mismo tiempo sintiéndonos responsables de nuestros actos y decisiones; en definitiva, actuar como mayores de edad.