Entre el final del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Argentina vivió la mayor oleada inmigratoria proveniente de Europa.

La llegada de inmigrantes era fomentada por la burguesía propietaria de tierras rurales que buscaban aumentar sus ganancias abaratando el valor de la mano de obra para tareas de producción agrícola.

Ante el arribo de millones de personas, el Estado construyó el Hotel de Inmigrantes para alojar a los recién llegados.

Adiós a la tierra madre

Hombres y mujeres migraron hacia Argentina en forma continua buscando mejores condiciones de vida.

El hambre, la mala situación económica, las guerras, el intento de escapar del servicio militar y el afán de progreso; fueron algunas de las causas por las que se abandonaba la tierra natal.

El Estado argentino promovió las medidas jurídicas para recibir a los inmigrantes. En 1876, el gobierno de Nicolás Avellaneda sancionó la Ley de Inmigración y Colonización, mediante la cual era considerado “inmigrante” toda persona que llegaba en segunda o tercera clase de un barco de vapor o vela, menor de 60 años, libre de defectos físicos o enfermedades, útil para el trabajo y que declare ser jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor.

El Gobierno aseguraba a los recién llegados tres beneficios: alojamiento por algunos días en el Hotel de Inmigrantes, el acceso a las posibilidades de trabajo ofrecidas por la Oficina de Colocación, y un boleto gratuito en tren para dirigirse al destino laboral.

¿El viaje de los sueños?

Miles de personas partían desde los puertos europeos a bordo de las naves a vapor con destino a Buenos Aires en una travesía que duraría 20 días aproximadamente.

Los barcos no eran tan elegantes como auspiciaban los anuncios publicitarios.

Las compañías navieras ofrecían a los pasajeros de segunda y tercera clase un trato casi infrahumano. Solía no haber cuchetas en las cuales dormir, la comida estaba en mal estado o incluso no había elementos de seguridad como salvavidas para todos los pasajeros.

Algunas personas optaban por dormir en cubierta debido a las malas condiciones de habitabilidad de los camarotes o por el hacinamiento.

Los buques también transportaban mercaderías y ganado en pie, por lo cual a la malas condiciones del viaje se sumaba un alto nivel de suciedad.

La llegada al puerto de Buenos Aires

Al llegar al puerto, el barco era abordado por una junta de empleados de inmigración que revisaba la documentación de los pasajeros y las condiciones de salubridad que habían recibido durante el viaje. Muchas veces sancionaban a los capitanes y a las compañías si éstas últimas no se cumplían.

Además, un médico verificaba el estado de salud de los inmigrantes como medida preventiva. La legislación prohibía el ingreso de inmigrantes afectados por enfermedades contagiosas, inválidos, dementes o sexagenarios.

La revisión de equipajes se llevaba a cabo en un galpón destinado a tal fin.

Cinco días para encontrar empleo

Para dar respuesta a la masa de inmigrantes recién llegados al puerto de Buenos Aires, el Ministerio de Obras Públicas en 1906 encomendó a la empresa Udina y Mosca la construcción de un complejo de edificios a modo de ciudadela.

Dentro del predio diseñado a orillas del Río de la Plata, además del Hotel fueron erigidos varios pabellones donde funcionaron el Depósito de Equipajes, el Hospital, la Oficina de Correos y Telégrafos y, fundamentalmente, la Oficina de Trabajo.

El servicio primordial de este asilo era encontrar empleo para todos los inmigrantes y entrenarlos en los distintos oficios.

El Hotel ofrecía cinco días de estadía paga durante los cuales se brindaba atención médica, se dictaban cursos sobre quehaceres hogareños y manejo de máquinas agrícolas, y se realizaban los trámites legales para el traslado al lugar de trabajo.

Sin embargo, muchas veces los cinco días no resultaban suficientes para encontrar empleo y ubicación, entonces se extendía el plazo por algunos días más.

Durante la mañana, las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas, como el lavado de la ropa en los lavaderos, o el cuidado de los niños, mientras los hombres gestionaban su colocación en la oficina de trabajo.

Los servicios del Hotel

El edificio contaba con cuatro pisos con espacios amplios dispuestos a ambos lados de un corredor central. Había cuatro dormitorios por piso, con una capacidad para 250 personas cada uno.

En la planta baja del Hotel funcionó el comedor donde mil personas por turno recibían las cuatro comidas principales que eran elaboradas en inmensas ollas a vapor alemanas.

En ese sector, también estaban la panadería y la carnicería.

En este primer nivel del edificio, hubo también una voluminosa biblioteca a disposición del inmigrante, con diversas publicaciones, mapas y libros orientados a informar al extranjero acerca de las costumbres, del trabajo y de la riqueza de su nueva tierra. También allí se les brindaba cursos de idioma, charlas y clases para el aprendizaje de la utilización de maquinarias agrícolas y domésticas.

Los tres pisos restantes fueron destinados a las habitaciones, cuatro por piso, cada una provista con catres tipo marinero, de hierro y cuero, para doscientas cincuenta personas. En ocasiones, la constante llegada de inmigrantes hizo que se colocaran camas en los pasillos.

En cada piso había baños y duchas con servicio de agua caliente y fría.

Museo de la Inmigración

El Hotel de Inmigrantes dejó de funcionar en 1953 y en 1995 fue declarado monumento histórico nacional.

En la actualidad, el predio pertenece a la Dirección Nacional de Migraciones y el antiguo Hotel fue convertido en el Museo Nacional de la Inmigración. Este es visitado por gran cantidad de personas que pueden observar el lugar por el que pasaron millones de personas en busca de un porvenir y que dieron sus hijos a la Argentina.