Recientemente ETA anunció en un vídeo-comunicado el fin de su actividad armada. En él podía verse a tres individuos encapuchados y con boina, entre banderas, con el anagrama de la banda detrás y terminando su lectura con el puño en alto, en la estampa habitual de ridiculez y fanatismo. Echando un vistazo al texto, cínico y esquizofrénico hasta lo indecible, vemos que no hay en él ni una sola palabra de arrepentimiento, de reconocimiento a las víctimas; sí hay, en cambio, un alarde orgulloso de sus acciones, una exaltación a sus víctimas, y un homenaje y reconocimiento a sí misma (entre otras cosas, se permite hacer un llamamiento a los gobiernos de España y Francia).

El poder y el lenguaje

El individuo que aspire a ser libre (sobre todo en cuanto a pensamientos y sentimientos: la libertad más valiosa y la única que puede conquistarse en sociedad) habrá de dominar un a su vez libre y desprejuiciado lenguaje, que pueda someter a su voluntad para dar con él forma a su mundo. Por eso, toda forma de totalitarismo o poder empieza por la adecuación del lenguaje y la creación de palabras y expresiones que sirvan a sus propósitos. Así, en lugar de individuos que utilicen el lenguaje con propiedad para expresarse, lo que hay son una serie de expresiones y frases preestablecidas que, de tanto bombardearnos con ellas, se nos introducen en la mente y terminan moldeando nuestra forma de ser y de pensar. Lo estamos padeciendo a diario con la corrección política, los nacionalismos (que buscan fomentar un amor a la patria —palabra que sirve para evitar nombrar a las personas— corrompido y enfermo, cimentado en los complejos de inferioridad, el odio, la ignorancia, la mentira y la exclusión) o la ideología de género; y una cosa que llama la atención al leer los diversos medios es la labor de manipulación del lenguaje que se percibe detrás; labor de alguien que sabe perfectamente lo que hace, sibilino y cauto, y que jamás comete errores. Todo esto lo explicó muy bien Orwell en su ensayito La política y el idioma inglés, cuya lectura recomendamos.

La Conferencia Internacional

El comunicado del final de la violencia ha venido auspiciado por una impúdica Conferencia Internacional de Paz, celebrada en San Sebastián, ciudad con nuevo y flamante alcalde de Bildu, formación cuyos dos de sus principales representantes acogieron el evento, y este no es detalle sin importancia, con corbata. Aquí algunas frases de la declaración que se leyó: “Hemos venido al País Vasco hoy porque creemos que ha llegado la hora y la posibilidad de finalizar la ultima confrontación armada en Europa”, “Llamamos a ETA a hacer una declaración pública de cese definitivo de la actividad armada y solicitar diálogo con los Gobiernos de España y Francia para tratar exclusivamente las consecuencias del conflicto”, “Si dicha declaración fuese realizada instamos a los Gobiernos de España y Francia a darle la bienvenida y a aceptar iniciar conversaciones para tratar exclusivamente las consecuencias del conflicto”, “Instamos a que se adopten pasos profundos para avanzar en la reconciliación, reconocer, compensar y asistir a todas las víctimas, reconocer el dolor causado y ayudar a sanar las heridas personales y sociales”. Viendo la similitud entre las expresiones utilizadas (adoptadas sin rubor también por la prensa) y entre las chulescas y bajunas instancias realizadas por la Conferencia Internacional de Paz y ETA en su comunicado, cabe preguntarse quién engendró a quien, si la Conferencia al comunicado de ETA, o viceversa, como cabe preguntarse cuál de los dos textos es más vil.

Antes de seguir, pongamos nombre a las seis ratas —con perdón de estos animales— que se prestaron a esta pantomima: Kofi Annan, Gerry Adams, Bertie Ahern, Pierre Joxe, Gro Harlem y Jonathan Powell.

Una percepción

El anuncio del fin de la violencia de ETA no se produce por una evolución moral (por tanto, no es sincero). Forma parte, sencillamente, de la última estrategia: se produce en un momento de máxima debilidad, después del éxito de Bildu y a pocas semanas de unas elecciones generales a las que se presenta Amaiur, con presumible éxito. (Por otra parte, ETA ni se disuelve ni se desarma, factor que por sí solo revela sobradamente el fondo del asunto.) Llevan años comprobando que la violencia no hace sino lastrar la consecución de sus objetivos (“Este no es el camino”, que decía el lunático Ibarretxe), y que pueden luchar por ellos de forma mucho más eficaz por las vías políticas, habiéndose consagrado la grotesca falacia de que todas las ideas son respetables, y con la ayuda ahora además del recuerdo vigente de décadas de terror, la amenaza de un posible retorno a las andadas, prestos a ser utilizados para imponer lo que haga falta.

La cuestión es: en tanto aumenta el rechazo social hacia la violencia etarra, también lo hace el apoyo y la aceptación de sus tesis totalitarias, y así lo da a entender la propia banda en su comunicado. En tanto la facción armada estaba más debilitada que nunca, la facción política que ha amparado, justificado y celebrado las acciones de aquella goza de excelente salud. Basta descargar las conciencias de sangre para que la gente apoye las mayores aberraciones (aunque para muchos, si hay sangre de por medio mucho mejor). Porque no se trata de la independencia. Eso puede ser un medio, pero no el objetivo. No se puede explicar de otra manera, cuando en el País Vasco uno tiene plena libertad para sentirse tan únicamente vasco como desee, poner las banderas que se le antojen en su coche o en el balcón de su casa, expresarse en el idioma que le venga en gana y profesar las ideas que guste. De hecho, son otros quienes ven cercenadas sus libertades. Si, por poner un ejemplo, no se ve una sola bandera española en ningún balcón o coche, y ni tan siquiera en muchos ayuntamientos y edificios públicos, no es porque nadie quisiera tenerlas allí, sino por imposición de un sector de la sociedad sobre otro y por miedo a las represalias. En Euskadi ha sido la oposición la que invariablemente ha necesitado ser protegida y se han dado demasiadas características comunes con los lugares dominados por una mafia o las dictaduras: la red de chivatos, los espías, los amedrentadores, los profesores doctrinarios, los policías del pensamiento, los recaudadores de impuestos y un brazo militar encargado de ejecutar los castigos designados. Todo esto ha dado lugar a una sociedad atemorizada, envilecida, podrida y cauta en extremo en relación a ciertas cuestiones, donde la política ha alcanzado un peso inusitado pero, a la vez, es un tema a evitar, al menos para los herejes.

A los nacionalistas radicales no son sus sentimientos y pensamientos los que les preocupan (son gente de pocas dudas y escaso recorrido), sino los de los demás. Es a esa esfera a la que les gustaría acceder, para moldearla a su gusto o, en caso de no poder hacerlo, eliminarla o expulsarla de su entorno. Esa independencia de pulsión étnica y racista no sería más que otro paso para seguir llevando a cabo el repugnante proyecto totalitario que sueñan para Euskadi desde hace décadas, y para el que la labor más crucial es adueñarse de los medios que les permiten el adoctrinamiento de los chavales desde niños, como son las escuelas e institutos, de los que se apoderan cuanto pueden y en cuanto pueden, lo mismo que tratan de hacer con todo espacio que tengan al alcance.

El olvido de las víctimas

No hay, en la infinidad de puntos en Euskadi manchados por la ignominia de la violencia etarra, ni un solo recordatorio de lo acontecido, a excepción del lugar donde fue asesinado Inaxio Uria. Todo lo olvidamos; no queremos recordar, no queremos saber, no queremos que nada nos diga lo que somos, como personas y como sociedad. El horror que hemos permitido, que hemos asimilado, al que nos hemos acostumbrado. Prevalecen, donde corrió la sangre, las anodinas aceras, los jardincillos, los anónimos negocios, que generalmente han cambiado de nombre y hasta de actividad cuando en su interior o a sus puertas asesinaron a alguien.

Con todo, de vez en cuando vemos que hay pueblos que quieren recibir a etarras como héroes, hacerles homenajes, declararlos hijos predilectos.

Amaiur

Tras esta formación se encuentran sujetos como Martín Garitano o Rufi Etxeberria. El primero, periodista que ha sido redactor jefe del diario Egin y subdirector del Gara, preparativos para conseguir luego el puestico de Diputado General de Guipúzcoa, y al que hace poco pudimos ver en una rueda de prensa mirando nervioso hacia los lados y anunciando que tras la finalización del “conflicto político” habría que reconocer y compensar a las víctimas de “uno y otro bando”. Estamos seguros de que el señor Garitano no descuidará ninguno de los dos bandos, y decir que coincidimos con él en considerar a los etarras, y más en general a quienes se encuentran bajo la mezquina y espiritualmente empobrecedora losa nacionalista, como trágicas víctimas, sólo que no de quienes ellos se piensan.

Y Rufi Etxeberria, alias el Holandés, fue quien a mediados de los noventa abogó en una ponencia por la escalofriante “socialización del sufrimiento”, o por qué además de a policías y guardias civiles había que matar a políticos, concejales, periodistas, profesores, jueces y, en general, a cualquiera que pasara por allí, puesto que las bombas, por mucha sana intención con que hayan sido colocadas, siegan, en su ciega inocencia, las almas de cualquiera que pillen de por medio, sin importarles si son patriotas abertzales o fascistas españoles. Por lo demás, la iniciativa del honorable Holandés sobraba, pues ETA ya venía aplicando el concepto de antes.

Y a esta formación con semejantes individuos moviendo los hilos le han votado 330.000 personas. Al final, parece que el monstruo podría incluso llegar a anteponerse al pernicioso, criminal, cómplice y miserable PNV, partido clave de este desastre, de excesivo éxito en la política tarea de azuzar los rencores y las bajas pasiones del populacho, que en todos estos años, mientras rastrera e hipócritamente se lavaba la conciencia diciendo que la violencia etarra le parecía muy mal, se ha dedicado a hacer la vista gorda mientras la violencia, la extorsión y el exilio se cebaban en tantísimas personas de la patria de sus amores, en oscura sintonía con los verdugos.

Resaca electoral

Para concluir, comentar que ganaron las elecciones, como no podía ser de otra manera, los de siempre: una chusma que empezó en política en el parlamento de Atapuerca y cuyos logros y méritos de sobra conocemos, gracias a los cuales ahí continúan, para seguir abochornándonos, robándonos, asfixiándonos la vida y destrozándonos el paisaje. En cuanto a las alternativas, si las hay, quién sabe si de tener más poder alcanzarían la proeza de ser peores que los de siempre.

Y todo esto en un sistema electoral tan igualitario que cada voto vale distinto, aunque al menos no debido a disparates como, pongamos, los méritos o aportaciones de cada cual, sino a factores razonables como el pueblo en el que cada uno vote, el partido que escoja, o cómo se dé la distribución de votos.