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El estrés es una respuesta de nuestro organismo ante una situación conflictiva, permite que podamos estar preparados para poder afrontarla de la forma más adecuada. Cuando esta situación se prolonga en el tiempo decimos que existe estrés crónico, el cual deja de ser una adaptación y se convierte en una situación perjudicial.
Las estadísticas señalan que en Estados Unidos el 43% de los adultos sufren los efectos del estrés y que tanto su aparición como su falta de adaptación están directamente relacionados con algunas enfermedades de elevada mortalidad (cáncer, enfermedades cardiacas, accidentes de tráfico…).
El estrés provoca cambios metabólicos importantes
El cortisol es considerado la hormona del estrés, puesto que en situaciones de emergencia nuestro cerebro envía una señal a las glándulas suprarrenales para que aumenten su liberación. Los niveles elevados de cortisol en sangre favorecen la liberación de glucosa a la sangre, de forma que esté disponible para ser utilizada por nuestros músculos. Simultáneamente se suspenden todas las funciones de nuestro organismo relacionadas con la creación y reparación de tejidos, ya que es una forma de favorecer el ahorro energético.
Si esta situación se mantiene en el tiempo (estrés crónico) empiezan a aparecer los primeros síntomas: cambios en el comportamiento, cansancio, irritabilidad, falta de sentido del humor, cefalea, hipertensión arterial, dolores musculares y alteraciones del sistema inmunológico.
El estrés daña el cerebro
El hipocampo es una estructura del sistema nervioso central que se caracteriza por estar muy vascularizada y tener neuronas de tipo CA1, que son especialmente sensibles a las situaciones de estrés y al cortisol. La parte anterior del hipocampo se denomina cabeza y tiene conexiones nerviosas con una parte del cerebro (corteza prefrontal) encargada de la memoria. El volumen del hipocampo está directamente relacionado con el coeficiente intelectual de una persona, cuanto mayor es su volumen mayor es el coeficiente intelectual.
Se ha comprobado que en aquellos casos en los que se lesiona el hipocampo se produce un funcionamiento inadecuado de la corteza prefrontal. Por otra parte, cuando nuestro organismo tiene niveles elevados y mantenidos de cortisol se puede dañar el hipocampo, especialmente la zona que está más relacionada con la memoria. En definitiva, el estrés crónico produce alteraciones de la memoria.
Además el estrés crónico tiene un impacto negativo sobre una región próxima al hipotálamo llamada amígdala, la cual está involucrada en nuestras respuestas neurológicas a situaciones que generan miedo. Se ha observado que en situaciones de estrés crónico se crean nuevas neuronas en esta región y esto se traduce en un incremento de los niveles de ansiedad.
El estrés crónico acorta la vida
Los genes están contenidos en unas estructuras filamentosas conocidas como cromosomas. Cuando la célula se divide el extremo de los cromosomas (telómero) se acorta progresivamente, hasta un punto en que es imposible que se pueda reducir más, en ese momento la célula deja de dividirse y muere. Afortunadamente tenemos una enzima (telomerasa) que se encarga de restaurar los telómeros acortados y, por tanto, prolongar la vida de nuestras células. Varios estudios han demostrado que cuando una persona está sometida a estrés de forma continuada los telómeros son más cortos y la actividad de la telomerasa es menor, en definitiva la célula envejece más rápido y se muere antes.
En conclusión, el estrés crónico es perjudicial a varios niveles: afecta a nuestra memoria, aumenta la ansiedad, provoca cambios importantes en nuestro organismo, acelera nuestro envejecimiento y, a la larga, acorta nuestra vida.
