Le envenenaron, golpearon y dispararon, pero la autopsia aclaró que, finalmente, había muerto ahogado. Tras su asesinato se le extrajo el corazón y fue castrado; sus genitales se exhiben, aún hoy en día, en el Museo Erótico de San Petersburgo.

Los asesinos de Rasputín

Grigori Yefimovich Rapustín sufrió varios intentos de asesinato, antes de que la noche del 28 al 29 de diciembre de 1916 acabaran con su vida, esto había dado lugar a una leyenda popular que le consideraba como un ser inmortal; pero ¿quién urdió el plan definitivo? Lo hicieron tres nobles, no obstante cada uno de ellos tenía sus razones particulares.

Félix Yusúpov, noble e hijo del gobernador de Moscú, casado con la bella y rica Princesa Irina, estaba convencido de que su homosexualidad era una enfermedad y pidió ayuda para curarse a Rasputín, este intentó seducirle provocando un profundo odio en Félix que se sintió muy ofendido.

Dmitri Pávlovich Rómanov, Gran Duque de Rusia y primo del Zar, también era gay y estaba enamorado del «monje loco», pero Rasputín solo estaba interesado en escarceos (con mujeres u hombres) que le aportaran ventajas sociales y políticas, además Dmitri, también estaba muy preocupado, al nivel de decisiones políticas, por la influencia que el moje ejercía sobre el Zar. Vladimir Purishkévich, un importante político y convencido monárquico, alarmado por el poder que Rasputín estaba acumulando.

Un plan para asesinar a Rasputín

No fue difícil convencer al monje para que acudiera a una fiesta, que tendría lugar en los sótanos del castillo de Yusúpov, puesto que le prometieron la presencia de la Princesa Irina; dada la fortuna, la belleza y la posición política de esta mujer, Rasputín estaba muy interesado en ella. Por otra parte, era bien conocida la predisposición desmedida del monje a las orgías y grandes banquetes, a tal efecto se prepararon, en abundancia, alimentos y bebidas que contenían veneno. Con la excusa de que la Princesa acudiría en breve, Rasputín y Yusúpov charlaron mientras que el primero ingería gran cantidad de pastas y vino, sin dar señales importantes de que el veneno le estuviera haciendo efecto.

Cambio de planes

Yusúpov empezó a ponerse nervioso y a creer que, realmente, el monje era inmortal. Subió al piso superior (con el pretexto de apremiar a su mujer) para hablar con Dmitri que se encontraba allí, esperando acontecimientos. Visiblemente preocupado le trasladó a su cómplice la necesidad de abortar el plan, pero este le convenció para ejecutarlo con una pistola. Yusúpov tomó un arma y se dirigió de nuevo al sótano, allí disparó a Rasputín a la altura del corazón que se desplomó con la casaca manchada de sangre. El homicida subió de nuevo al piso en el que se encontraba Dmitri para informarle y decidieron esperar hasta la madrugada, para deshacerse del cadáver; pero cuando Yusúpov se acercó al lugar donde yacía Rasputín, este abrió los ojos y con gesto alocado y una fuerza desbordada se deshizo de él e intentó huir por una de las puertas del sótano. En ese momento Dmitri, que había acudido al lugar, alertado por los gritos de terror de Yusúpov, le disparó de nuevo y el monje cayó al suelo, allí le remató de un tiro en la cabeza. Le envolvieron en una alfombra, cavaron un hoyo en el río Neva, que se encontraba helado, y le enterraron en él. Cuando apareció su cadáver, los médicos realizaron una autopsia y dictaminaron que Rasputín había ingerido cianuro suficiente para matar a varias personas y que presentaba dos heridas de bala (en el pecho y en la cabeza) mortales de necesidad, sin embargo, había muerto ahogado.

Rasputín, un hombre amado y odiado

«El monje loco» nació en Tobolsk (Siberia), se cree que en 1869. Hijo de campesinos, desde muy joven dejó patente su carácter indómito y licencioso; con 18 años se unió a una secta (los flagelantes) que predicaba que solo mediante el dolor se podía llegar a Dios. Su fama de hombre santo y sanador le predecía junto con la de su participación en orgías de todo tipo y la capacidad para aprovecharse «de sus amistades»; los que le conocieron destacaban de él su impresionante aspecto siberiano, su capacidad de convicción, un fuerte carácter dominante y un gran carisma.

Sin embargo, hay historiadores que sospechan que Rasputín dominaba la hipnosis y usó estos conocimientos para convencer de que tenía el poder de curar, aunque realmente lo que hacía era mitigar los síntomas mediante el hipnotismo. Ya Moscú, su fama de curandero llegó hasta la mismísima Zarina (Alejandra Fiodorovna); el Zaverich (hijo del Zar) padecía de hemofilia y Rasputín consiguió lo que no habían logrado los médicos reales, el Zaverich Alexis mejoró considerablemente, bajo sus cuidados.

La influencia del monje sobre la Zarina, que fue total y absoluta, se extendió al Zar Nicolás II hasta el punto de que no se tomaba, en su gobierno, una decisión importante que no se sometiera a la opinión de Rasputín y fue esto, unido a los celos y algunas derivaciones de carácter sexual, lo que provocó el asesinato del «monje loco». Después de su muerte, curiosamente, el mito de su inmortalidad creció, pues quedó patente que solo la naturaleza podía matarlo.

El día anterior a su homicidio, Rasputín confesó a la zarina que temía ser asesinado y le avisó que si esto sucedía, la familia real no duraría más de dos años. Pues bien, pasado ese lapso de tiempo, se produjo la revolución bolchevique y el Zar y su familia fueron ejecutados. Muchos historiadores reflexionan a cerca de cómo se hubiera desarrollado la revolución comunista, si Rasputín no hubiera muerto.