A la hora de ver una exposición de pintura, realizada por un pintor contemporáneo, no es difícil que a uno se le vaya la mente a maestros consagrados de otros tiempos.

En el caso de la pintura de Pérez Espinosa, no es difícil que el espectador imagine a Vincent Van Gogh paseándose por la sala de exposiciones, como si hubiera sido invitado a la presentación de su obra, con la que quiere instaurar un nuevo estilo que ha bautizado con el nombre de emocionismo.

El emocionismo

Desde el lugar donde Van Gogh habita, ha viajado y se ha parado delante de cada cuadro para ratificar la propuesta de Pérez Espinosa de que el emocionismo, que ahora nace, es un estilo definido como un sentimiento que va de dentro a fuera, transmite y manda emociones.

Se puede agrupar en este movimiento a todos los que tienen buen gusto por la pintura, unos creando y otros viendo el arte, tanto los que entienden que el arte somos nosotros mismos y los que pintan como si soñaran despiertos, recuperando ante todo el buen gusto y el amor por las cosas bien hechas.

A Pérez Espinosa le salen sus obras partiendo de las emociones, que son humanas. Sin ellas no puede concebir ni la pintura ni el arte. Sus emociones son la mucha gente que le quiere, que le sigue y que le rodea, y a la que debe la inspiración de su obra.

Por ello, su pintura tiene un sentido de una expresividad plena, creada a partir de tomar el óleo y el acrílico con las manos, -como pintó el primer hombre-, y mezclarlo y trasladarlo a sus lienzos, haciendo de sus dedos pinceles.

Logra producir unos efectos que al ser contemplados con diferentes luces, muestran paisajes totalmente diferenciados, como si de distintas estaciones del año o momentos de luminosidad del día se tratara, puesto que saca colores, tonalidades y matices del cuadro que no se aprecian a simple vista, dotándole de vida y de movimiento, que llega con facilidad al público.

Eso es emoción. Eso son sentimientos que se producen en el interior del ser humano y que han tomado ese nombre para dar estilo a una forma de hacer arte.

La presencia de la naturaleza

Generalmente paisajista, sus cuadros encierran muchos temas, de tal forma que cada obra está compuesta por múltiples escenas que por separado, podrían constituir un único cuadro. La luz tenue que le ayuda en sus creaciones, la cercanía al lienzo que le produce el escaso uso del pincel o la paleta, da como resultado una íntima relación entre el artista y el cuadro, que se transmite recíprocamente y con fuerza entre el cuadro y el público, puesto que, en palabras del artista, “el lienzo es una carta de amor entre el artista y el espectador”.

La figura humana pierde presencia, se empequeñece ante la globalidad del cuadro, que aparece cargado de pintura para buscar en este exceso, las diversas profundidades de la masa que se mezcla en el lienzo.

El resultado es un conjunto mágico de colores hermanados y fundidos donde el blanco o el color azul de las marítimas, y los amarillos y rojos de los paisajes se vuelven, se presentan circunflejos, indicando la dirección de la mirada, unas veces a la figura del sol como origen de la expresión de los cuadros y el símil de vida, y otras al cielo, al fondo de una calle o a una flor, o a donde el espectador intuya el mensaje codificado de esta relación amorosa.

La naturaleza se hace presente en las emociones que vibran dentro del ser humano, que entran por la vista, que anidan en el corazón.

El Van Gogh del siglo XIX autoriza el emocionismo de Pérez Espinosa del siglo XXI, pues representa la reivindicación de la injusticia que sufriera el artista del impresionismo.

Hoy ese sentimiento es emoción, inquietud de alma y espíritu, a la vez que tranquilidad y sosiego, todo lo que da contemplar un cuadro.