El tiempo, como el espacio, es una de las coordenadas por las que discurre la vida humana, pero no se ha percibido igual en todas las etapas de la historia del hombre.

Desde la Prehistoria, donde sólo la observación de la naturaleza ayudaba a medir el tiempo, hasta nuestros días, en que sofisticados mecanismos nos muestra medidas de tiempo casi imposibles de comprender, la raza humana ha recorrido un largo viaje en su empeño por controlar el tiempo.

El tiempo en la sociedad medieval

En la Europa medieval europea el tiempo se concebía de una forma diferente a la actual. La vida transcurría entre un presente inmediato, el día y la noche, y un futuro intemporal, marcado por la Iglesia, que establecía un final eterno para el alma humana.

No era una preocupación social la exactitud de las horas, los minutos y segundos que nosotros nos empeñamos en calcular con precisión. Los espacios muy cortos de tiempo no formaban parte de su vida cotidiana, porque no se podían calcular, de ahí que rigieran sus actividades por espacios de tiempo más largos, como las estaciones que afectaban a sus labores agrícolas.

Los hombres y mujeres de esa época vivían dentro de dos coordenadas temporales que afectaban a su día a día. Por un lado, tenían una referencia física, la salida del sol y el ocaso, por el otro, una cultural, las horas canónicas. Pero existía, según Le Goff (La civilización del Occidente medieval, 1982) otro eje temporal que afectaba a toda la sociedad de la Edad Media: el tiempo señorial, por el que se rigen las campañas militares.

Todos ellos, el tiempo de los campesinos, el de los clérigos y el de los señores militares, eran imprecisos pues se regían por la naturaleza. La duración del día y la noche variaba con las estaciones del año ya que durante el invierno, cuando las noches son más largas, el día podía tener de 6 a 8 horas, mientras en verano el período de luz diurna se alargaba hasta las 16 o 18.

El tiempo de los campesinos

La jornada laboral en los campos tenía límites muy imprecisos. Un labrador se levantaba al despuntar el alba y se acostaba al anochecer. Su actividad se desarrollaba desde las 8 o las 9 de cada mañana, con el “canto del gallo”, hasta las 5 o las 6 de la tarde en invierno, mientras en verano podía comenzar a las 5 de la mañana y extenderse hasta las 7 o las 8 de la tarde.

Los límites temporales relacionados con el trabajo no estaban determinados, como no lo estaban en el resto de las actividades diarias, cuya duración variaba ostensiblemente durante las distintas épocas del año.

Es común encontrar en las crónicas castellanas referencias muy vagas como “era ya gran rato del dia” o “e otro día de mañana” a la hora de narrar un acontecimiento.

El tiempo de la Iglesia: las campanas

Tampoco el ritmo del tiempo establecido por la Iglesia y aceptado por toda una sociedad profundamente cristianizada, era muy exacto.

Los relojes de agua, arena y sol no marcaban tampoco de una manera fiel el paso de tiempo, siendo los que se regían por sombras, como los de sol, altamente imprecisos e inútiles en algunas zonas del Norte europeo. Se utilizaron, no obstante, con mucha frecuencia, sobre todo los llamados "relojes de misa", situados en las iglesias y monasterios y que ayudaban a marcar las horas canónicas. Éstas no sólo regían la vida interior de los centros religiosos, sino también la de los fieles que vivían en el exterior.

En la Alta Edad Media (siglos V al X), el tiempo pertenecía a la Iglesia y se expresaba a través del sonido de las campanas. Ellas eran las que organizaban de una forma más regular la jornada diaria de los habitantes del campo o de las ciudades antes de la aparición de relojes, más precisos, ya en la Baja Edad Media (siglos XIII al XV).

Las campanas no sólo regulaban la vida laboral sino que también advertían de los peligros e informaban de los acontecimientos religiosos importantes que afectaban a toda la comunidad, con su repicar. Trasmitían un lenguaje vital, que nosotros hoy, ciudadanos del siglo XXI, no siempre comprendemos.

Es claro para nosotros, sin embargo, la importancia que tenía el campanario de las iglesias, que destacaban con su altura del resto de las edificaciones cercanas. No sólo eran un referente espacial, sino también espiritual y temporal, ya que sus campanas eran las únicas medidas de tiempo que tenían.

La noche en la Edad Media: las velas

La actividad del hombre medieval se concentraba durante las horas del día. La oscuridad de la noche, obligaba al campesino a encerrarse en su casa ante el fuego del hogar. Los sistemas para alargar las horas de luz basados en la iluminación artificial eran escasos y caros.

La noche representaba el peligro, y la oscuridad, lo desconocido y siniestro. Las ideas religiosas encaminaban al hombre a no fiarse de la noche, campo abonado para el demonio en contraposición con Dios que era la luz.

La única forma de combatir la oscuridad era la vela, cuya elaboración se convirtió en todo un arte durante esta época. Los campesinos se iluminaban con antorchas impregnadas de resina o fabricaban velas con sebo de oveja. Sin embargo, estas últimas no debían proporcionar un ambiente muy agradable dentro de las casas campesinas, pues producían gran cantidad de humo y un desagradable olor. Las de cera eran muy caras, por lo que tan sólo eran utilizadas por la gente con más recursos o dentro de los recintos eclesiásticos.

Pero las velas de cera, tampoco daban mucha autonomía ante la oscuridad de la noche, durando entre 3 o 4 horas como mucho, según los estudios de R. Delort (La vie au Moyen Âge, París, 1982), aunque si ofrecían una luz más limpia y un mejor aroma.

En ocasiones también sirvieron las velas para medir el tiempo, ya que según nos cuenta John Asser en la crónica que escribió sobre la vida de Alfredo el Grande, este rey inglés del siglo IX viajaba con unas velas de igual longitud en donde había marcado las horas, intentando con ello controlar el paso del tiempo. Pero como ya hemos dicho, la precisión no llegaría hasta la Baja Edad Media con la aparición de los relojes en las ciudades, que trajeron consigo la medida del tiempo de trabajo.