La ansiedad es una experiencia corriente que toda persona experimenta en su vida cotidiana. Por lo tanto sería inexacto entender que siempre se trata de un trastorno o de una vivencia que debería ser evitada. En ocasiones la llamada "ansiedad buena" es la activación que se necesita para acometer un reto, para resolver una situación crítica (piénsese en la familiar descarga de adrenalina). Pero en ocasiones esa sobreactivación tiene una duración o una intensidad excesivas, o bien se presenta sin que haya una demanda real. Si concurren circunstancias ansiógenas o se utilizan estrategias de afrontamiento inadecuadas, la ansiedad puede cronificarse y convertirse en estrés. Y este trastorno puede rebasar el ámbito donde se ha generado y extenderse a otros. Esta contaminación es conocida como desbordamiento de estrés.

El cambio en los roles sexuales

A finales del siglo XX los cambios sociales en materia de igualdad entre hombres y mujeres provocaron cambios de alcance en la organización familiar. Hasta entonces el hombre asumía la responsabilidad de trabajar fuera de casa y aportar la mayor parte de los ingresos económicos, mientras que la mujer se ocupaba de las tareas domésticas y llevaba el peso de la crianza. Cuando la mujer se incorpora masivamente al mundo laboral, la especialización tradicional de roles asignados a cada sexo sufre una conmoción. La anterior especialización, al margen de la valoración que merezca, tenía el efecto de mantener separadas las tareas domésticas y laborales, de manera que podían desempeñarse sin temor a las interferencias negativas ajenas a ese rol. Es decir: supuestamente la mujer no estaba sometida a la presión de un trabajo extradoméstico y el hombre se liberaba del peso de la crianza y del hogar.

Conflicto de roles y reajuste

Con la incorporación de la mujer al mundo laboral se rompen las antiguas barreras y se confunden los ámbitos familiar y laboral. Ya no hay dedicación exclusiva, especializada. Se abre un proceso no siempre explícito de negociación de funciones, y en cualquier caso desaparece la complementariedad de la familia tradicional. La mujer trabajadora no tiene tiempo ni energías para hacerse cargo de la casa después de su jornada laboral. Esta incompatibilidad de roles ha dado lugar a lo que se conoce como conflicto trabajo-familia, que se caracteriza por la existencia de niveles elevados de estrés en muchas parejas (el 84 % según un estudio de Apostal y Helland), al tener que satisfacer a la vez las demandas provenientes del trabajo y de la familia. El sujeto que se encuentra en tal situación, sin recursos para resolverla, puede desarrollar percepciones de incapacidad y de frustración, pues no puede atender las responsabilidades que le corresponden de manera satisfactoria.

Generalización de estrés o spillover

Cuando los conflictos que ocurren en el ámbito del trabajo no quedan contenidos en ese entorno, sino que por su naturaleza o por su intensidad lo rebasan, y sus efectos se trasladan al ámbito familiar, o viceversa, se habla de desbordamiento o spillover. Los sentimientos generados en un entorno y proyectados en otro interfieren en las interacciones que tienen lugar en éste, generando emociones de carácter negativo, como puedan ser preocupación, tensión u hostilidad.

El estrés laboral empobrece la implicación del trabajador en las tareas o responsabilidades familiares. Las relaciones del padre/ madre con sus hijos parecen especialmente sensibles a los procesos de estrés, pues tienden a empobrecerse como consecuencia de disminuir el nivel de interacción. Este deterioro, a su vez, provoca un efecto de retroalimentación en virtud del cual el sentimiento de inadecuación del sujeto estresado puede incrementarse, pues se percibe incompetente en un rango mayor de situaciones. Con facilidad los conflictos intrapersonales, dependiendo de factores tanto de personalidad como ambientales, pueden ocasionar trastornos de ansiedad o del estado de ánimo.

Superpadres en apuros

El legítimo afán de realizarse en el ejercicio de una labor profesional, o la simple necesidad de aumentar los ingresos de la unidad familiar, ponen actualmente a muchos hombres y mujeres en el trance de convertirse en supermadres y superpadres. Las exigencias laborales no se adaptan a las circunstancias personales; la conciliación sigue siendo en la práctica privilegio de unos pocos. El compromiso con los hijos y con la pareja es, debe serlo, exigente. A menudo los recursos propios no son suficientes para resolver las tensiones que deterioran la convivencia y el rendimiento, o, ya en una dinámica de amenaza a la salud psicológica, se tienen percepciones distorsionadas de las propias capacidades resolutivas.

El diálogo con la pareja, el reconocimiento de las dificultades, dejarse ayudar son algunos de los primeros pasos para tratar de reconducir esta consecuencia de los procesos de cambio social, a veces tan dinámicos que superan la capacidad de asimilación de las personas que los protagonizan.