Los psicoanalistas Arminda Aberastury y Mauricio Knobel postularon, en su obra La adolescencia normal (1971), el pasaje por diversos duelos durante la adolescencia. En el transcurso de dicho período el adolescente debería atravesar, entre otros, el duelo por los padres idealizados de la infancia, por el rol y la identidad infantiles, y por la bisexualidad perdida. Estos duelos han sido puestos en tela de juicio en la actualidad, cuestionándose su vigencia.

El duelo por los padres de la infancia

La imagen de los padres se ha modificado borrando las diferencias entre los adolescentes y los adultos, desdibujando roles, lo cual se vincula de forma directa con el fenómeno “adolescentización” de la sociedad.

El cambio se refleja en actitudes que incluyen un esfuerzo por parecerse a sus hijos: tomarlos como amigos o compinches; vestir con los mismos atuendos; realizar actividades similares, como es el caso de madres que salen a bailar con sus hijas; imitar las conductas adolescentes; e incluso incorporar sus valores y hasta los conflictos propios de ese período.

Si el duelo por los padres de la infancia implicaba “desidealizarlos”, reconstruir la figura de estos asumiendo sus limitaciones humanas y reconociendo una brecha generacional, en la actualidad los adolescentes no necesariamente deben realizar esta tarea.

El modelo de adulto no se encuentra ya diferenciado, al contrario, se asemeja más que nunca al del propio adolescente, por lo tanto la elaboración de la pérdida de la figura de los padres de la infancia ya no constituiría un requisito en el pasaje a la adultez.

El duelo por el rol y la identidad infantiles

Por otra parte, el duelo por el rol y la identidad infantiles se encuentra estrechamente vinculado a lo que Sigmund Freud y el psicoanálisis denominan como la introyección del ideal del yo. Durante la infancia, el predominio del yo ideal se identifica con valores como la omnipotencia, la intolerancia a la espera para satisfacer los propios deseos, la incapacidad de considerar a los demás, la fantasía como refugio ante la realidad, la dependencia, entre otros.

Tanto los padres y los docentes, como así también la sociedad misma, son quienes provocan la introyección del ideal del yo, el cual detenta valores completamente opuestos, como el esfuerzo, el respeto hacia los otros y la postergación de los logros. Al llegar a la adolescencia el individuo se encuentra en el momento de consolidación de dicho ideal.

Con el advenimiento de la posmodernidad han sido los valores del yo ideal los consagrados como modelo por la sociedad, y divulgados a diario por los medios masivos de comunicación. Algunas manifestaciones de este fenómeno son: la prolongada dependencia económica de los padres, permaneciendo en el mismo hogar, a veces hasta ser incluso muy mayores; el “facilismo” o rechazo a realizar cualquier esfuerzo; la competitividad y el triunfo “a como dé lugar”, por citar algunos.

De este modo, la vigencia ininterrumpida de los valores primitivos de la infancia no implicaría ninguna pérdida para el adolescente quien, al igual que cualquier otro individuo, puede seguir comportándose de acuerdo con unas pautas que no solo no necesita abandonar, sino que la misma sociedad le presenta como válidas.

La construcción de ideologías en la adolescencia

Es posible hallar otro aspecto vinculado al duelo por la identidad infantil en la propuesta de Aberastury y Knobel, en tanto la pérdida de dicha identidad sienta las bases del proceso por medio del cual el adolescente construye la ideología que le permite incorporarse al mundo adulto.

Si bien ese proceso caracterizado por la rebeldía y el enfrentamiento se veía claramente reflejado en los jóvenes que vivieron hacia finales de la década de los '60, es decir, aquellos a quienes los autores refirieron sus conceptualizaciones, ya no podríamos considerar a la conformación de una ideología como una tarea estructurante de la adolescencia posmoderna.

Actualmente los adolescentes no tienen algo claro a qué oponerse, como consecuencia de la falta de ideologías fuertes a partir de las cuales contrastarse. El conflicto entre generaciones y la brecha generacional se han desdibujado, la rebeldía ha sido desplazada para que la indiferencia y la incomunicación adquieran protagonismo, y el modelo social apunta al hedonismo permanente.

El “pastiche” en la identidad adolescente

El modo de ser adolescente ha cambiado radicalmente, lo cual se plasma en una identidad conformada a partir de los que Guillermo Obiols y Silvia Di Segni, denominan “pastiche”: “…la identidad individual era considerada una síntesis producto de identificaciones parciales y elaboración propia. El pastiche, en cambio, significa ‘ser como si fuera otro’, la imitación directa sin elaboración propia, sin estilo personal”. Este fenómeno resulta preocupante ya que, como afirmara Erik Erickson, la tarea central de la adolescencia consiste en la búsqueda de la propia identidad.

El duelo por la bisexualidad infantil

Por último, el duelo por la bisexualidad perdida de la infancia tampoco se encontraría vigente en la posmodernidad, dado que, tal como manifiesta Patricia Weissmann, “la ambigüedad sexual no solo no es desdeñada, sino, por el contrario, es una característica apreciada de nuestra época, en que ir a los boliches ‘gay’ y tener relaciones homosexuales además de heterosexuales, forma parte de las aspiraciones de muchos adolescentes, que, a lo único que escapan, es al real compromiso con su pareja”.

La resignificación del concepto de adolescencia

Tal como afirma Peter Blos, la adolescencia no consiste solo de un proceso intrapsíquico, sino también interpersonal y socio-cultural, por lo tanto es necesario que el entorno permita al adolescente aceptar y elaborar los cambios que supone dicha etapa.

En la sociedad posmoderna nos encontramos ante nuevas circunstancias que necesariamente alteran el curso del desarrollo evolutivo: la pubertad y la iniciación sexual se han adelantado, sin embargo la dependencia se prolonga, posponiéndose el ingreso a la adultez, con la consecuente imposición de una suerte de “adolescencia forzada” en la que muchos jóvenes quedan suspendidos indefinidamente. Por lo tanto, más allá de la revisión de cada duelo particular, será la adolescencia misma, como pasaje de la niñez a la adultez, la que habrá de ser resignificada.